PARTE 7
El padre que volvió del fuego
El reencuentro con Ernesto Torres no fue perfecto.
Nada importante lo es.
Camila entró a la habitación del hospital creyendo que iba a correr hacia él, abrazarlo, llorar como niña.
Pero al verlo tan frágil, tan delgado, con cicatrices que el fuego dejó como mapas crueles sobre su piel, se quedó en la puerta.
Ernesto giró lentamente la cabeza.
—Cami.
La palabra la rompió.
No “señorita Torres”.
No “hija”.
No “perdón”.
Cami.
Como cuando era pequeña y se escondía debajo de su escritorio.
Camila caminó hasta la cama.
—Pensé que estabas muerto.
—Yo también algunas veces.
Ella lloró entonces.
No como en prisión.
No como en la boda.
Lloró como una hija que por fin puede soltar una parte del peso.
Ernesto levantó una mano temblorosa.
—Perdóname.
Camila negó.
—No.
Él cerró los ojos.
—Debí protegerte mejor.
—No te estoy diciendo que no te perdono.
Él la miró.
Camila sostuvo su mano.
—Te estoy diciendo que hoy no vamos a hablar de perdones. Hoy estás vivo. Yo estoy libre. Eso basta.
Ernesto lloró en silencio.
La recuperación fue lenta.
También la verdad.
Camila descubrió que su padre había sido mantenido sedado durante años en una clínica privada bajo otro nombre. Rebeca y Clara pagaban para que siguiera vivo pero incapacitado, porque muerto de verdad habría exigido documentos más difíciles de falsificar.
No lo salvaron por compasión.
Lo conservaron como expediente.
Eso hizo que Camila odiara de una forma nueva.
Pero también reforzó su decisión.
No bastaba la cárcel.
Había que recuperar todo.
👉 [Haz clic aquí para leer la siguiente parte] 👈