PARTE 4
El anillo negro
Cuando Don Aurelio se incorporó dentro del ataúd, la iglesia perdió toda apariencia de funeral.
Una mujer se desmayó.
Un hombre sacó un arma y luego la bajó, confundido.
El sacerdote cayó de rodillas murmurando oraciones que ya nadie escuchaba.
Lucía Moretti gritó como si hubiera visto al diablo.
Marco no gritó.
Eso delató su culpa.
Los inocentes corren hacia los vivos que creían muertos.
Marco retrocedió.
Aurelio respiraba con dificultad. Elena se movió rápido hacia él, ayudándolo a salir del ataúd. El viejo capo estaba pálido, sudado, con la venda del pecho manchada de rojo.
Pero sus ojos estaban vivos.
Y llenos de furia.
—Marco —dijo.
Su voz apenas salió.
Pero bastó.
Marco tragó saliva.
—Padre… esto… esto es un milagro.
Elena soltó una risa seca.
—Curioso. Anoche lo llamabas problema.
Los murmullos crecieron.
Aurelio levantó una mano temblorosa hacia Dario.
—El anillo.
Dario apretó el puño donde sostenía la joya familiar.
—Padre, estás débil. No sabes lo que haces.
Aurelio lo miró.
—Dame… el anillo.
Dario no se movió.
Marco habló:
—Nadie entregará nada hasta que sepamos quién organizó esta farsa.
Elena abrió la carpeta.
—Perfecto. Empecemos por tu voz.
Sacó una pequeña grabadora.
La voz de Marco llenó la iglesia:
“Mi padre no soltará la silla. Entonces habrá que cerrarle los ojos.”
El silencio posterior fue brutal.
Dario dio un paso hacia la salida.
Elena lo apuntó con la pistola que escondía bajo el abrigo.
—No te vayas. Tú tienes tu parte.
Lucía intentó acercarse a Marco.
—No digas nada.
Elena la miró.
—Demasiado tarde.
Reprodujo otra grabación.
La voz de Lucía:
“Si Elena sobrevive, Marco no podrá casarse conmigo sin perder legitimidad. Asegúrate de que el coche arda.”
Marco cerró los ojos.
Lucía quedó blanca.
Aurelio miró a su hijo.
—Tu madre… estaría avergonzada.
Marco apretó la mandíbula.
—Mi madre murió esperando que tú me dieras algo más que migajas.
Aurelio tosió sangre.
Elena lo sostuvo.
—No uses a los muertos para justificar tu ambición.
Marco la miró por primera vez con odio abierto.
—Tú no eres Bellini.
Elena sonrió.
—No. Por eso sigo viva.
Dario hizo una señal.
Tres hombres del fondo sacaron armas.
Elena disparó primero.
Le dio a uno en el hombro. Los otros dos se cubrieron. La iglesia estalló en caos. Marco tomó a Lucía y retrocedió hacia la sacristía. Dario corrió hacia la cripta.
Elena gritó a Bruno Leoni:
—¡Saca a Aurelio!
—No —dijo el viejo.
—No discuta!
Aurelio intentó levantarse por su cuenta y casi cayó.
Bruno lo cargó hacia un lateral.
Elena fue tras Dario.
Bajó las escaleras de la cripta con la pistola en mano. El dolor de la pierna golpeada le subía hasta la cadera. Pero siguió.
Dario la esperaba abajo.
Con un cuchillo.
—Siempre fuiste demasiado ruidosa —dijo.
Elena apuntó.
—Y tú demasiado cobarde para matar de frente.
Dario se lanzó contra ella.
Elena disparó, pero la bala golpeó la pared. Dario le cortó el brazo con el cuchillo. Ella sintió el ardor y el calor inmediato de la sangre. Lo golpeó con la carpeta metálica en la cara. Él retrocedió, sangrando por la nariz.
Dario atacó otra vez.
Ella esquivó por poco y le clavó la rodilla en el estómago. Ambos cayeron contra una tumba antigua. El cuchillo salió rodando. Elena intentó alcanzarlo, pero Dario le agarró el cabello y le golpeó la cabeza contra la piedra.
El mundo se le llenó de luces blancas.
Dario susurró:
—Marco debió matarte él mismo.
Elena, con la boca llena de sangre, sonrió.
—Dile que baje.
Le clavó los dedos en la herida del cuello que él tenía por un corte anterior. Dario gritó. Ella tomó el cuchillo y se lo hundió en el muslo.
Dario cayó al suelo.
Elena se levantó tambaleándose.
Tomó el anillo negro de su mano.
—Esto no era tuyo.
Subió de nuevo a la iglesia con el anillo ensangrentado entre los dedos.
Arriba, Marco ya no estaba.
Lucía tampoco.
La guerra Bellini acababa de salir de la iglesia.
Y Elena sabía exactamente hacia dónde iban.
A la mansión.
Al lugar donde Marco todavía creía que podía coronarse si mataba lo que quedaba de su padre.
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