PARTE 7
La fundación que vendía inocencia
La Fundación Moretti ocupaba un edificio antiguo restaurado con mármol claro, paredes de cristal y fotografías de niños sonriendo.
Valentina había presidido galas allí.
Había donado millones.
Había usado esa fundación como prueba de que su apellido aún podía hacer algo bueno.
Esa noche, al entrar por la puerta trasera con Dante Romano y cuatro de sus hombres, sintió que la vergüenza le quemaba más que el miedo.
Camila Ríos estaba en el archivo principal.
No lloraba ya.
Borraba.
Una pantalla mostraba transferencias eliminándose.
Cuando vio a Valentina, se quedó inmóvil.
—Vale…
Valentina caminó hacia ella y la golpeó.
Camila cayó contra una mesa.
—No uses mi nombre de amiga en un edificio donde vendiste niños.
Camila lloró de verdad entonces.
—No sabía al principio.
—Todos ustedes descubren demasiado tarde cuando ya cobraron.
Dante revisó los servidores.
—Necesitamos los discos físicos.
Camila habló rápido.
—Arturo los tiene en la sala de donantes. Caja fuerte detrás del mural.
Valentina la miró.
—¿Por qué ayudar ahora?
Camila sollozó.
—Porque Sergio iba a culparme de todo.
Valentina rio sin alegría.
—Perfecto. No es moral. Es supervivencia. Eso sí lo creo.
Fueron a la sala de donantes.
En la pared había un mural de su padre, Alessandro Moretti, inaugurando la fundación veinte años atrás. Valentina tocó la imagen de su padre.
—Lo siento —susurró.
Dante escuchó.
No dijo nada.
Eso fue raro.
La caja fuerte estaba detrás del mural.
Camila dio el código.
Dentro había discos duros, carpetas, contratos y fotografías.
Valentina abrió una carpeta.
Familias endeudadas.
Niños usados como garantía.
Adopciones falsas.
Pagos a jueces.
Rutas de traslado.
Su mano tembló.
Dante se acercó.
—No tiene que mirar todo ahora.
Valentina levantó la vista.
—Sí tengo.
—Por qué?
—Porque lleva mi apellido.
Antes de que pudiera tomar los discos, las luces del edificio se apagaron.
Cristales rotos.
Hombres armados entraron por el vestíbulo.
Dante empujó a Valentina detrás de la mesa.
—Arturo?
Camila susurró:
—No.
—Entonces?
Una voz habló desde la entrada.
—Arturo era contador. Yo soy el dueño de la deuda.
Un hombre alto apareció entre sombras.
Rafael Costa.
Banquero.
Filántropo.
Miembro del consejo de varias fundaciones.
Y, según Dante, uno de los pocos hombres a quienes incluso la mafia prefería evitar.
Dante sonrió sin humor.
—Costa.
Rafael miró a Valentina.
—Señorita Moretti, su familia siempre fue excelente escondiendo cosas. Lástima que usted heredó conciencia.
Valentina tomó una carpeta.
—Y usted heredó demasiada confianza.
Rafael dio una orden.
Sus hombres avanzaron.
La fundación se convirtió en campo de batalla.
No de armas visibles en público.
De cuerpos contra mesas, cristales rotos, archivos volando, golpes secos y alarmas.
Dante peleaba con precisión oscura.
Valentina no se quedó mirando.
Tomó una lámpara de mármol y la estrelló contra la mano de un atacante que intentaba llevarse los discos.
—Mis archivos —dijo.
Dante la miró un segundo.
—Eso fue atractivo.
—Concéntrese, Romano.
—Lo intento.
Por primera vez, en medio del caos, Valentina casi sonrió de verdad.
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