PARTE 2
La mina Santa Aurora
Una semana antes, Camila entró a la mina Santa Aurora sin permiso.
No era la primera vez.
Durante meses había investigado los accidentes de la mina. Obreros intoxicados. Derrumbes sin informe. Pagos atrasados. Familias amenazadas. Testigos que cambiaban su versión después de recibir visitas de hombres desconocidos.
La empresa decía que todo era mentira.
El alcalde decía que Camila exageraba para ganar fama.
Diego le decía que tuviera cuidado.
—No puedes pelear contra todos al mismo tiempo —le dijo una noche.
Camila le respondió:
—No estoy peleando contra todos. Solo contra los que tienen algo que esconder.
Él no sonrió.
Eso debió decirle algo.
La pista final llegó por un mensaje anónimo:
“Si quieres saber por qué murieron veinte hombres, entra al túnel 6 antes de que lo cierren para siempre.”
Camila fue sola.
Error.
El túnel 6 olía a humedad, óxido y pólvora vieja. Llevaba una cámara pequeña escondida bajo la chaqueta y otra colgada al cuello para que la vieran.
A mitad del túnel, escuchó golpes.
No maquinaria.
Golpes humanos.
Corrió.
Detrás de una puerta metálica, varios hombres gritaban.
—¡Ayuda! ¡Nos encerraron!
Camila encendió la cámara.
—Soy Camila Torres. Estoy en el túnel 6 de la mina Santa Aurora. Hay hombres vivos detrás de una puerta sellada.
Un obrero del otro lado gritó:
—¡No fue derrumbe! ¡Nos encerraron porque vimos los barriles!
—¿Qué barriles?
—Químicos. Los estaban enterrando bajo la mina.
Camila sintió que el estómago se le cerraba.
Entonces escuchó pasos.
Se escondió detrás de una columna.
El alcalde Medina apareció con Víctor Aranda y dos hombres de seguridad.
Víctor estaba furioso.
—Si esos obreros salen, hablarán.
Medina respondió:
—Por eso no van a salir.
Camila siguió grabando.
Víctor miró hacia la puerta metálica.
—Son veinte hombres.
—Son veinte bocas —dijo Medina—. Y cada boca puede hundirnos.
Uno de los guardias preguntó:
—¿Y la periodista?
Medina respondió:
—Si aparece, también se cierra el caso.
Camila retrocedió.
Un pedazo de madera crujió bajo su bota.
Todos giraron.
Corrió.
Los guardias la persiguieron por el túnel.
Le golpearon la espalda. Cayó sobre grava. La cámara colgada al cuello se rompió, pero la pequeña, escondida bajo la chaqueta, siguió grabando.
Camila golpeó a uno con una piedra y siguió corriendo.
Llegó a una salida lateral.
Casi lo logra.
Entonces alguien la esperaba en la boca del túnel.
Diego.
Su prometido.
Fiscal de la ciudad.
El hombre que ella amaba.
—Dame la cámara —dijo él.
Camila se quedó inmóvil.
—Tú sabías.
Diego tenía los ojos llenos de dolor.
—Dame la cámara y puedo sacarte viva.
—¿Y a ellos?
Él no respondió.
Detrás, los guardias se acercaban.
Camila dio un paso atrás.
—Entonces no viniste a salvarme.
Diego bajó la mirada.
—Vine tarde.
Ella corrió hacia el bosque.
El primer disparo golpeó un árbol.
El segundo le rozó la frente.
La sangre le cayó sobre los ojos.
Camila cayó por una pendiente y rodó hasta un río oscuro.
La corriente la arrastró.
Los hombres la buscaron durante horas.
Encontraron su cámara rota.
Su abrigo ensangrentado.
Y suficiente silencio para declararla muerta.
Pero no encontraron la segunda cámara.
La que seguía grabando
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