La Hija De La Sirvienta Que Enamoró Al Heredero Harrington – PARTE 2

Chloe pensó que podía ganar.

Al principio, de verdad lo creyó.

Xavier Harrington era arrogante, provocador, insoportable y demasiado consciente de lo atractivo que era. Pero Chloe llevaba años entrenando contra su peor versión: el recuerdo del chico de la piscina, del heredero que la hizo sentir ridícula, del nombre que se volvió sinónimo de vergüenza.

No iba a caer.

No por sus ojos.
No por sus abdominales.
No por su sonrisa torcida.
No por la forma en que decía “pequeña Mason” como si insultarla fuera una caricia.

El problema era que Xavier no jugaba limpio.

Una mañana, Chloe entró a despertarlo y lo encontró dormido de lado, el cabello oscuro desordenado sobre la frente, el rostro tranquilo por primera vez desde que lo conocía. Sin sarcasmo, sin arrogancia, sin esa coraza de hombre rico que usaba como segunda piel.

Parecía simplemente… hermoso.

—No —susurró Chloe para sí—. No pienses eso.

Xavier abrió un ojo.

—¿Qué no debes pensar?

Ella se sobresaltó.

—Que eres insoportable incluso dormido.

—Mentira. Estabas admirándome.

—Estaba verificando si seguías vivo. Lamentablemente, sí.

Él sonrió.

—Admite que soy guapo.

—Admite que necesitas terapia.

Otra tarde, Xavier salió del baño con una toalla alrededor de la cintura y fingió necesitar ayuda para elegir ropa. Chloe intentó mantener los ojos en cualquier lugar menos en su abdomen perfectamente marcado.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó él.

—Veo un hombre adulto incapaz de vestirse solo.

—Eso no fue un no.

—Definitivamente no.

—Entonces mírame a los ojos.

Chloe lo hizo.

O intentó.

Xavier rio.

—Perdiste el foco.

—Perdí la paciencia.

Pero la verdad era que algo estaba cambiando.

No de golpe.

No de forma dulce.

Más bien como una grieta abriéndose bajo sus pies.

Xavier seguía molestándola, sí. Pero también la observaba con una atención extraña. Cuando una bandeja se le resbaló y ella tropezó, él la sostuvo antes de que cayera. Se cortó la mano con un vaso roto y, en vez de preocuparse por él mismo, preguntó:

—¿Estás herida?

Chloe se quedó mirando la sangre en su mano.

—Tú estás sangrando.

—Eso no fue lo que pregunté.

Le vendó la herida con torpeza, intentando no notar el pulso acelerado en su garganta.

—No tienes que hacer esto —dijo él.

—Cállate. No puedo discutir mientras limpio sangre.

Xavier la miró con una suavidad que ella no supo dónde poner.

—Sí puedes. Lo haces todo el tiempo.

Chloe empezó a odiar que él pudiera hacerla sonreír.

El último día que cubría a su madre, decidió irse sin despedirse.

Era lo mejor.

Volver a su vida.
Conseguir el trabajo en ZCorp.
Cuidar a Elsie.
Olvidar a Xavier antes de que se volviera más difícil.

Pero antes de salir, unas empleadas la rodearon.

—¿Te crees especial porque el señor Harrington te ayudó? —se burló una.

—No soy especial. Solo estoy trabajando.

—Claro. Igual que tu madre. Sirvientas las dos.

Otra soltó una risa.

—Te rociamos antes porque él nos lo pidió.

Chloe se quedó helada.

—¿Qué?

—El accidente. La ropa mojada. Todo. ¿De verdad pensaste que él tenía sentimientos por ti?

La frase le golpeó el pecho.

Otra vez high school.

Otra vez el agua.

Otra vez la risa.

Antes de que pudiera responder, una mano intentó empujarla.

Xavier apareció.

—Basta.

Su voz no fue alta.

Pero hizo que todas retrocedieran.

—Están despedidas. Salgan de mi casa ahora.

Una de ellas palideció.

—Señor Harrington…

—Ahora.

Chloe lo miró.

Lo vio preocupado.

Lo vio furioso.

Y lo vio demasiado tarde.

El dolor ya había entrado.

—No tenías que hacer eso —dijo.

—Sí tenía.

—No finjas.

Xavier frunció el ceño.

—¿Qué?

—Creí que eras diferente. Pero sigues siendo el mismo niño cruel. ¿Te divierte humillarme? ¿Era todo para ganar la apuesta?

—Chloe, no.

—Ya sé lo de la broma.

—¿Qué broma?

—No importa.

Ella se quitó el delantal y lo dejó sobre una mesa.

—De todos modos, hoy era mi último día. Renuncio.

Se fue sin mirar atrás.

Xavier se quedó solo.

Y por primera vez, la victoria no le supo a nada.

Días después, Chloe fue a la entrevista en ZCorp con el corazón vendado y el currículum apretado contra el pecho.

Amber, su amiga, había insistido en arreglarla.

—El CEO dicen que es ridículamente guapo.

—Voy por un trabajo, no por un marido.

—Famosas últimas palabras.

Chloe intentó concentrarse.

Necesitaba ese empleo.

Por Elsie.
Por el tratamiento.
Por una vida donde su madre no tuviera que limpiar las casas de gente que la miraba por encima del hombro.

Entró a la oficina.

Y vio a Xavier detrás del escritorio.

CEO de ZCorp.

Chloe casi se atragantó con el aire.

—Usted.

Xavier apoyó los dedos sobre la mesa.

—Parece que no investigó lo suficiente nuestra compañía, señorita Mason.

Ella recuperó el control.

—Me dijeron que el CEO prefería mantener privacidad. La falta de información pública lo confirma. Mis calificaciones hablarán por sí mismas.

Xavier la entrevistó como si quisiera destruirla.

Preguntas absurdas.
Trampas.
Situaciones imposibles.

—¿Cuántos semáforos hay entre tu casa y este edificio?

—¿Qué?

—Si hay seis clientes y cinco botellas de agua, ¿cómo lo resuelves discretamente?

—Compro más.

—¿Y si notas que un cliente tiene la bragueta abierta en una reunión?

Chloe dejó el portafolio sobre la mesa.

—Basta. Nunca pensó darme una oportunidad real, ¿verdad?

Xavier abrió la boca.

—No quise decir—

—No. Ya entendí. Para usted todo es juego.

Salió de la oficina con la dignidad rota, justo para encontrarse con Troy.

Él la esperaba como si tuviera derecho.

—Sin mí no es tan fácil, ¿verdad?

Chloe lo esquivó.

—Déjame en paz.

—Sé que ese tipo de la tienda era parte de tu show. Pero podemos olvidar eso si vuelves.

—Vuelve con Sierra. Ella sí te quiere.

—No quiero a Sierra.

—Claro. Solo la besaste por deporte.

Troy la agarró del brazo.

—No te hagas la difícil.

Y ese fue su siguiente error.

Porque alguien lo vio.

Xavier.

No dijo nada entonces, pero su mirada prometió consecuencias.

Esa misma noche, Chloe fue capturada.

Su propia prima la entregó.

La llevaron a un lugar subterráneo, oscuro, lleno de hombres que la miraban como mercancía. Cuando la empujaron sobre una plataforma, Chloe sintió que la sangre se le congelaba.

—Nuestro siguiente lote es una belleza especial —anunció un hombre—. Empezamos en cincuenta mil.

Chloe gritó.

Nadie la escuchó.

—Sesenta.

—Ochenta.

—Cien mil.

Sierra sonrió desde la sombra.

—Disfruta tu nueva carrera, prima.

Chloe sintió que el terror le cerraba la garganta.

Entonces una voz cortó la sala.

—Un millón.

El silencio fue inmediato.

Xavier estaba de pie en la entrada.

Traje oscuro. Rostro helado. Ojos encendidos con una furia que Chloe nunca le había visto.

A su lado había hombres que no parecían de oficina.

—Tocas a mi mujer —dijo— y mueres.

El subastador intentó protestar.

—No puede simplemente llevarse la mercancía.

Xavier avanzó.

—Sí puedo. A menos que quieras que todos en esta sala salgan en bolsas.

Alguien susurró:

—Es Xavier Harrington. CEO de ZCorp. Tiene influencia incluso con el rey de la mafia.

El hombre palideció.

Xavier subió a la plataforma, cubrió a Chloe con su chaqueta y la tomó en brazos.

—Llegué tarde —murmuró.

Chloe temblaba.

—Llegaste.

Él la sacó de allí sin soltarla.

Más tarde, en un lugar seguro, ella preguntó:

—¿Cómo me encontraste?

Xavier evitó su mirada.

—Seguí pistas. Y pedí un favor.

—¿Al rey de la mafia?

—Una vez lo ayudé durante una guerra territorial. Al parecer ahora somos casi hermanos.

Chloe lo miró.

—Eso no tiene sentido.

—Mi vida rara vez lo tiene.

Ella quería reír.

Quería llorar.

Quería odiarlo.

Pero solo pudo decir:

—Gracias.

Xavier la observó con una seriedad nueva.

—No hago nada gratis.

Chloe se tensó.

—¿Qué quieres?

—Que seas mi secretaria.

—¿Qué?

—Después de entrevistar a todos, fuiste la más calificada.

—Me rechazaste.

—Porque fui idiota.

La sinceridad la sorprendió.

—¿Eso es una disculpa?

—Es lo más cerca que estoy de una, por ahora.

Chloe aceptó.

Y así empezó la segunda guerra.

Oficina.
Contratos.
Café.
Reuniones.
Miradas demasiado largas.

Amber insistía en que Chloe debía tomar control del juego.

—Él juega ajedrez. Tú estás jugando damas. Sedúcelo.

—Es mi jefe.

—Y tu enemigo.

—Eso no ayuda.

—Ayuda muchísimo.

Chloe intentó provocarlo.

Vestidos ajustados.
Papeles demasiado cerca.
Café derramado “accidentalmente”.
Una visita a una tienda de lencería donde Xavier eligió prendas sin sonrojarse y luego se negó a caer en la trampa.

—¿No quieres verme con lo que elegiste? —preguntó ella desde el probador.

Xavier, del otro lado, respondió con voz baja:

—Si sigo jugando, Chloe, quizá haga algo que no puedas convertir en broma.

Ella se quedó sin aire.

—Entonces hazlo.

Silencio.

Luego él cerró la distancia, la ayudó a abrochar una prenda sobre la camisa y se apartó.

—No vas a ganar así.

Chloe salió furiosa.

Pero su corazón no estaba furioso.

Estaba confundido.

La confusión creció durante un viaje de negocios.

Lydia apareció en la habitación de Xavier, casi desnuda, intentando atraparlo. Chloe llegó por error justo en medio de la escena. Lydia la humilló de inmediato.

—¿Ella? ¿Tu novia? Es una sirvienta. No está a tu nivel.

Xavier se colocó frente a Chloe.

—Se ve bien con cualquier cosa. Tú podrías estar desnuda y aun así no te miraría dos veces.

Chloe sintió que algo se le aflojaba en el pecho.

Sabía que él lo decía para expulsar a Lydia.

Pero aun así dolió bonito.

Después, cuando quedaron solos, Xavier la miró.

—¿Por qué viniste a mi habitación?

Chloe inventó una excusa.

—Confirmar el itinerario.

—A medianoche.

—Soy una secretaria dedicada.

Él sonrió.

—Pésima mentirosa.

Hubo un momento.

Uno real.

Xavier estuvo a punto de decir algo.

Pero Chloe recibió una llamada de Amber y todo se rompió.

—Esto solo era la apuesta, ¿verdad? —dijo ella, con la voz más fría de lo que sentía—. Yo pensé que quizá había algo real, pero era el juego.

Xavier se tensó.

—No. Chloe, no entiendes.

—Entiendo demasiado. Soy tu secretaria. La hija de la sirvienta. Conozco mi lugar.

Se fue.

Y Xavier pasó la noche despierto.

Ben, su asistente, lo encontró a las seis de la mañana mirando café frío.

—Si la ama, debería decirlo.

—No sabes nada del amor.

—Tal vez. Pero sé que si alguien que amas está sufriendo, no te quedas sentado esperando que adivine.

Xavier no respondió.

Porque por primera vez entendía algo obvio:

Había pasado años provocando a Chloe para que lo mirara.

Pero nunca había aprendido a decirle por qué.

Entonces llegó la llamada.

Elsie estaba en el hospital.

Tosía sangre.

Chloe corrió sin saber qué hacer.

Xavier canceló una reunión con el alcalde, llamó a una doctora especialista y puso su jet privado en marcha.

—Nada importa ahora excepto tú —le dijo.

Chloe lo miró con lágrimas.

—Te pagaré cada centavo.

—No quiero tu dinero.

—Entonces ¿qué quieres?

Xavier no contestó.

No todavía.

En el hospital, Elsie sobrevivió a la crisis.

Y le reveló a Chloe algo que ella no sabía.

—Después de la piscina, Xavier mandó cerrar y drenar esa área.

Chloe se quedó inmóvil.

—¿Él hizo eso?

—Ese chico siempre se preocupó más de lo que demostraba.

Chloe pensó en Xavier.

En la forma en que la miraba.
En cómo la defendía.
En cómo se enfureció al verla en peligro.
En cómo nunca parecía feliz cuando ella lloraba.

Tal vez el enemigo de su historia nunca la había odiado.

Tal vez solo había sido un niño tonto, rico, herido y demasiado orgulloso para entender que lo que sentía se parecía al amor.

Cuando Troy reapareció, también apareció Sierra.

Sierra estaba embarazada.

O decía estarlo.

Troy intentó pedir perdón, diciendo que la extrañaba, que Sierra lo había seducido, que todo había sido un error. Chloe lo rechazó.

Sierra, furiosa, la atacó con una jeringa contaminada que había robado del hospital.

Xavier se interpuso.

La aguja le rozó la piel.

El caos fue inmediato.

—Resultados en una hora —dijo la doctora.

Chloe temblaba.

—¿Por qué hiciste eso?

Xavier la tomó de las manos.

—Porque protegerte se volvió instinto.

—Xavier…

—Porque me importas. Porque te quiero. Porque quiero decirlo aunque pierda la apuesta.

Chloe se quedó sin respirar.

—Si lo dices, pierdes.

Él sonrió, cansado y sincero.

—Si eres tú, la apuesta no significa nada.

Luego, mirándola como si hubiera dejado de huir por fin, dijo:

—Te deseo, Chloe. Te quiero. Quizá desde la escuela. Solo fui demasiado estúpido para reconocer qué era.

Los resultados fueron negativos.

Xavier estaba bien.

Chloe lloró de alivio y lo besó.

No como parte de un reto.

No como venganza.

No como una mentira frente a Troy.

Lo besó porque quería.

Y cuando Xavier le preguntó:

—¿Quieres ser mi novia?

Chloe sonrió entre lágrimas.

—Solo porque perdiste la apuesta.

Él rio.

—Perder nunca me había gustado tanto.

 


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