PARTE 2
La emboscada del puente norte
Veinticuatro horas antes, Elena había estado dentro de un coche en llamas.
No era metáfora.
La habían metido en el asiento trasero de un vehículo negro, atada de manos, con la boca cortada por un golpe y la cabeza latiéndole como si alguien hubiera dejado un martillo dentro de su cráneo.
A su lado, Don Aurelio Bellini sangraba por el pecho.
El viejo capo no estaba muerto.
Pero respiraba mal.
Muy mal.
La emboscada ocurrió en el puente norte, justo cuando Elena y Aurelio regresaban de una reunión secreta con los Salerno. Marco debía ir con ellos, pero canceló a último minuto.
—Demasiado trabajo —dijo.
Elena le creyó.
Esa fue la última vez.
Tres camionetas cerraron el paso sobre el puente. Hombres con máscaras bajaron disparando. El conductor murió antes de tocar el freno. Aurelio sacó su arma, pero recibió un disparo en el pecho. Elena intentó arrastrarlo, pero alguien abrió la puerta y la golpeó en el rostro.
Cayó al suelo.
La lluvia le llenó la boca de sangre.
Escuchó una voz conocida.
Dario.
—Rápido. Marco quiere que parezca ataque Salerno.
Elena sintió que el mundo se detenía.
Dario Bellini, hermano de su esposo.
Aurelio también lo escuchó.
El viejo abrió los ojos, lleno de dolor.
—Dario…
Dario se inclinó sobre él.
—Lo siento, padre. Pero estás viejo. Y Marco ya no quiere esperar.
Elena intentó gritar.
Un hombre le pisó la mano.
Sintió dos dedos crujir.
No gritó.
Se mordió el labio hasta sangrar más.
Dario miró a los hombres.
—Elena también. Si vive, Marco no hereda limpio.
Uno de los hombres dudó.
—¿Quemamos el coche?
—Sí.
Metieron a Aurelio y a Elena en el vehículo. Rociaron gasolina. Dejaron una bala dentro, como firma falsa de los Salerno.
Pero cometieron un error.
Aurelio todavía llevaba una pequeña navaja en el puño de la camisa.
Elena, con las manos atadas, logró arrastrarse hasta él mientras el olor a gasolina llenaba el coche.
—Don Aurelio —susurró.
El viejo apenas podía hablar.
—Elena… escucha…
—No hable.
—Marco… no debe… tomar el anillo…
Ella tomó la navaja con los dedos entumecidos.
Afuera, Dario gritó:
—¡Ahora!
La llama tocó el borde del coche.
Elena cortó la cuerda.
Primero una fibra.
Luego otra.
Luego otra.
El fuego empezó a entrar por el capó.
El calor le quemó la piel del brazo.
Aurelio tosió sangre.
—Déjame.
Elena lo miró.
—No.
—Soy viejo.
—Y yo estoy demasiado enojada para cargar otro muerto.
Cortó la cuerda por fin.
Abrió la puerta de una patada.
El fuego ya subía por el costado del coche.
Arrastró a Aurelio fuera justo antes de que el vehículo explotara parcialmente detrás de ellos. La onda los tiró al barro bajo el puente. Elena sintió que la espalda se le abría contra piedras. El mundo se volvió rojo y negro.
Cuando despertó, Aurelio seguía vivo.
Apenas.
Elena le presionó la herida del pecho con ambas manos.
—No se muera.
Aurelio soltó una risa rota.
—Qué orden tan mala para darle a un hombre de mi edad.
—Obedezca por una vez.
El viejo sacó una llave pequeña de su bolsillo y la puso en la mano ensangrentada de Elena.
—Cripta familiar. Bajo la iglesia. Hay pruebas… de Marco… de Dario… de Lucía Moretti…
Elena apretó la llave.
—¿Por qué no las usó antes?
Aurelio cerró los ojos.
—Porque un padre siempre cree demasiado tarde que su hijo no será capaz de matarlo.
Elena miró el coche ardiendo.
Luego el puente.
Luego la bala falsa que había salido disparada y quedó cerca de su mano.
La recogió.
—Entonces hagamos que llegue a tiempo al funeral.
Aurelio la miró, confundido.
Elena sonrió con sangre en la boca.
—Si ellos quieren un muerto, vamos a darles uno.
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