PART 5
La carnada en el puerto
El puerto olía a sal, humo y metal mojado.
Dante no quería llevar a Ariana.
Ariana no le pidió permiso.
—Si no voy, no aparece mi padre —dijo ella.
—Si vas, Massimo intentará usarte.
—Ya lo intentaron todos. Al menos esta vez voy consciente.
Dante la miró en silencio.
—Eres desesperante.
—Y tú mandón. Estamos empatados.
El plan era sencillo, lo cual significaba que probablemente saldría mal.
Dante enviaría una señal falsa diciendo que entregaría a Ariana a cambio de Esteban y la memoria. Sus hombres cubrirían los accesos. Ariana llevaría un micrófono oculto y una copia falsa de la clave. La real seguía en el medallón.
—Si algo sale mal —dijo Dante—, corres hacia mi coche.
—Si algo sale mal, improviso.
—Eso no es un plan.
—Pero es lo que llevo haciendo desde que mi padre me vendió.
No discutió más.
El intercambio fue en un almacén cerca del muelle doce. La luz era baja. El sonido del agua golpeaba contra los pilotes. Contenedores enormes formaban pasillos oscuros.
Massimo estaba allí.
Rafael también.
Y Esteban Vega, atado a una silla, con el rostro golpeado y los ojos llenos de miedo.
Ariana sintió algo extraño al verlo.
No compasión.
No amor.
Una tristeza fría por descubrir que el hombre que debía protegerla era más pequeño que todos sus pecados.
—Ariana —susurró Esteban—. Hija…
Ella lo miró.
—No uses esa palabra como refugio.
Rafael se rió.
—Siempre tan dramática.
Ariana giró hacia él.
—Tú corriste mientras me tomaban como carnada.
—Y tú sobreviviste. De nada.
Dante dio un paso.
Rafael levantó las manos.
—Tranquilo, Moretti. No vine a morir por una discusión familiar.
Massimo habló:
—La memoria.
Dante mostró un dispositivo.
—Primero Esteban.
Massimo sonrió.
—No. Primero la chica.
Ariana dio un paso adelante.
Dante la sujetó del brazo.
—No.
Ella no lo miró.
—Confía.
—No me gusta esa palabra.
—A mí tampoco. Pero úsala.
Ariana avanzó hasta quedar a mitad del almacén.
Massimo la observó.
—Tu madre tenía la misma mirada antes de arruinarlo todo.
Ariana sostuvo su voz firme.
—Mi madre no arruinó nada. Ustedes solo llaman ruina a la verdad.
Massimo hizo una señal.
Dos hombres se acercaron a Ariana.
Dante tensó la mandíbula.
—Un paso más y se acaba el trato.
Massimo sonrió.
—El trato ya se acabó.
Las luces del almacén se encendieron de golpe.
Hombres de Massimo aparecieron desde los contenedores.
Pero Dante también había preparado el terreno.
Sus hombres salieron desde las sombras.
El puerto explotó en movimiento.
Gritos.
Puños contra metal.
Cajas cayendo.
Pasos sobre charcos.
El sonido seco de una guerra que todos habían esperado demasiado.
Ariana se agachó cuando uno intentó sujetarla. Le golpeó la rodilla con una barra pequeña que llevaba oculta en la manga. Dante llegó hasta ella derribando a dos hombres en el camino.
—¿Improvisando?
—Funcionó.
—Por ahora.
Rafael intentó escapar con la memoria.
Ariana lo vio.
Corrió tras él entre contenedores.
—¡Rafael!
Él giró.
—Déjame ir.
—Dame la memoria.
—¿Para qué? ¿Para salvar el honor de mamá? Ella está muerta.
Ariana lo abofeteó.
El golpe resonó contra el metal.
—Y tú sigues vivo desperdiciando su apellido.
Rafael la empujó. Ariana cayó contra un contenedor, pero se levantó rápido. Él sacó un cuchillo pequeño.
—No quería llegar a esto.
Ariana respiró hondo.
—Yo sí.
No peleó como Dante. No tenía su fuerza. Pero tenía rabia, rapidez y años de aguantar a una familia que la subestimó. Esquivó el primer ataque, golpeó la muñeca de Rafael contra el contenedor y le arrebató la memoria.
Rafael cayó de rodillas, furioso.
—Papá tenía razón. Siempre fuiste el problema.
Ariana lo miró.
—No. Yo fui la consecuencia.
Cuando volvió al almacén, vio a Dante enfrentando a Massimo.
Tío y sobrino.
Sangre contra sangre.
Massimo peleaba sucio. Dante peleaba con una calma helada, pero Ariana vio que estaba cansado. Un hombre de Massimo se acercaba por detrás.
Ariana gritó:
—¡Dante!
Él se giró a tiempo, pero Massimo aprovechó para golpearlo contra una mesa metálica.
Ariana no pensó.
Tomó una cadena del suelo y la lanzó hacia las luces. El golpe hizo que una lámpara cayera, separando a Massimo de Dante con una lluvia de chispas.
Dante la miró.
—Eso fue peligroso.
—Fue útil.
Massimo retrocedió, furioso.
Entonces Esteban gritó:
—¡Basta! ¡Yo sé dónde está la copia original!
Todos se detuvieron.
Ariana miró a su padre.
—¿Qué copia?
Esteban respiraba con dificultad.
—Elisa hizo dos. Una en la memoria. Otra en papel. La escondió antes de morir.
Massimo se volvió hacia él.
—Cállate.
Ariana se acercó a Esteban.
—¿Dónde?
Su padre lloraba.
—En tu casa de infancia. Bajo el piano.
Ariana sintió el golpe de un recuerdo.
Su madre tocando piano.
La canción.
La frase.
La luna guarda lo que el sol no debe ver.
Massimo levantó el arma.
—Nadie irá a ninguna parte.
Pero entonces la policía portuaria irrumpió.
No por casualidad.
Dante había enviado las coordenadas con pruebas suficientes para que nadie pudiera ignorarlas.
Massimo intentó huir.
Rafael ya había desaparecido.
Esteban gritaba que podía negociar.
Ariana miró a Dante.
—Mi hermano escapó.
Dante asintió.
—Entonces la última traición sigue viva.
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