PARTE 4
La hermana de Camila
La realidad de Camila no desapareció porque trabajara unos días en una oficina cara.
Su hermana menor, Luna, seguía esperándola cada noche con tarea de matemáticas y preguntas imposibles.
—¿El CEO es guapo?
Camila casi se atragantó con la sopa.
—¿Qué clase de pregunta es esa?
—Una normal.
—Tiene cara de factura vencida.
Luna rió.
—Eso significa sí.
—Eso significa que hagas tu tarea.
Luna tenía quince años, ojos vivos y una enfermedad cardíaca leve que requería controles constantes. No era grave si se trataba bien. Pero “si se trataba bien” costaba dinero.
Camila no le había contado a Adrián.
No quería compasión.
Ni ayuda.
Ni ese tipo de deuda invisible que luego se convierte en jaula.
Pero Adrián lo descubrió.
No revisando papeles.
La vio una tarde en la clínica, sentada junto a Luna, sujetándole la mano mientras esperaban resultados.
Él había ido a visitar a un socio enfermo.
Camila lo vio en el pasillo y se puso de pie de inmediato.
—Esto no es lo que parece.
Adrián arqueó una ceja.
—Parece que está en una clínica con su hermana.
—Entonces sí es lo que parece.
Luna miró a Adrián.
—¿Usted es el CEO?
Camila cerró los ojos.
—Luna.
Adrián se acercó.
—Depende de quién pregunte.
—Yo pregunto.
—Entonces sí.
Luna lo examinó con descaro.
—Mi hermana dijo que tenía cara de factura vencida.
Camila quiso que la tierra la tragara.
Adrián la miró.
—Interesante descripción.
—Yo no dije exactamente…
—Sí lo dijo —interrumpió Luna.
Adrián sonrió.
Una sonrisa completa.
Camila lo vio y perdió por un segundo la capacidad de defenderse.
Después de la consulta, Adrián pidió hablar con ella.
—Puedo ayudar.
Camila respondió demasiado rápido:
—No.
—No sabe qué iba a ofrecer.
—Dinero, médicos, contactos. Todo lo que la gente rica ofrece cuando no sabe quedarse quieta.
Él guardó silencio.
—No quiero deberle la salud de mi hermana.
—No sería deuda.
—Para usted quizá no. Para mí sí.
Adrián la miró con seriedad.
—Entonces dígame cómo ayudar sin comprar.
Camila no esperaba esa pregunta.
—No sé.
—Puedo llevarlas a casa.
—Eso también es ayuda.
—Pero no compra nada.
Ella quiso decir que no.
Luna gritó desde la puerta:
—¡Aceptamos!
Camila la fulminó con la mirada.
Luna sonrió inocentemente.
Esa noche, Adrián las llevó a su apartamento.
No hizo comentarios sobre el edificio viejo.
No preguntó cómo vivían.
No puso cara de lástima.
Solo cargó una bolsa de medicinas y esperó mientras Camila abría la puerta.
Luna entró primero.
—¿Quiere sopa? Mi hermana cocina horrible, pero con amor.
—Luna.
Adrián respondió:
—Acepto.
Camila se quedó inmóvil.
—¿Usted come sopa?
—Soy CEO, no vampiro.
Luna rió.
Camila también.
La cena fue sencilla.
Sopa, pan, vasos desiguales, una mesa pequeña.
Adrián parecía demasiado grande para ese apartamento, demasiado elegante para esa silla, demasiado ajeno a esa vida.
Pero no incómodo.
Esa fue la parte peligrosa.
Cuando Luna se fue a dormir, Camila lavó platos.
Adrián se acercó.
—Déjeme ayudar.
—¿Sabe lavar platos?
—Aprendo rápido.
—Eso dicen todos los hombres antes de romper una taza.
Él tomó una.
No la rompió.
Durante unos minutos, lavaron en silencio.
Luego Adrián dijo:
—Su casa se siente más viva que la mía.
Camila no lo miró.
—Porque aquí no hay espacio para fingir.
Él asintió.
—Debe ser eso.
Cuando se fue, Camila cerró la puerta y apoyó la frente contra la madera.
Luna apareció detrás.
—Te gusta.
—Duérmete.
—Le gustas.
—Luna.
—Tiene cara de factura vencida enamorada.
Camila no pudo evitar reír.
Pero esa noche durmió mal.
Porque su hermana tenía razón.
Y eso era un problema.
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