PARTE 5
La madre que amó a la hija equivocada
Magdalena caminó hacia Luna como si cada paso le costara veintitrés años.
Luna no se movió.
No sabía si debía abrazar a esa mujer elegante que lloraba como si le faltara aire.
Rosa puso una mano sobre su hombro.
—Ve —susurró.
Luna miró a Rosa.
—Mamá…
Esa palabra atravesó a Magdalena.
Pero no la ofendió.
La destruyó de una forma justa.
Porque Rosa había sido madre.
Ella también.
Las dos.
De formas diferentes.
Magdalena llegó frente a Luna y levantó una mano temblorosa.
No la tocó.
—¿Puedo?
Luna lloró.
Asintió.
Magdalena tocó su rostro.
La marca junto a la oreja.
La misma que recordaba haber visto durante un segundo en el hospital antes de que le dijeran que estaba sedada, confundida, débil.
—Mi niña…
Luna empezó a llorar también.
Camila, al otro lado del salón, sintió que algo dentro de ella se rompía con un sonido silencioso.
La mujer que la crió estaba abrazando a su verdadera hija.
¿Y ella qué era?
¿Mentira?
¿Error?
¿Prueba?
¿Daño colateral?
Rosa se acercó a Camila.
La miró con amor y miedo.
—Tú…
Camila retrocedió.
—No.
Rosa se detuvo.
—Yo no sabía.
—No se acerque.
La voz de Camila temblaba.
—No sé quién soy.
Rosa bajó las manos.
—Yo tampoco supe durante años. Pero te busqué en cada niña que veía.
Camila cerró los ojos.
Ricardo intentó aprovechar el caos para salir.
Lucía lo vio.
—No tan rápido.
Las puertas del salón se abrieron de nuevo.
Entraron fiscales.
Ricardo miró al director del hospital.
—Haz algo.
El director no se movió.
El doctor Roldán padre empezó a llorar.
—Yo no quería…
Lucía giró hacia él.
—Pero lo hizo.
—Me obligaron.
—No. Le pagaron.
El viejo médico bajó la mirada.
Lucía sacó otro documento.
—Transferencias, registros falsificados, informe neonatal alterado y acta de defunción preparada antes de que la bebé muriera.
Magdalena se giró hacia Ricardo.
—¿Preparaste la muerte de nuestra hija?
Ricardo respondió con rabia:
—¡Era una niña! ¡Una niña iba a quedarse con todo lo que yo construí!
Magdalena lo abofeteó.
El sonido resonó en todo el salón.
—Tú no construiste mi apellido. Lo invadiste.
Ricardo levantó la mano.
No llegó a tocarla.
Camila se interpuso.
—No.
Ricardo la miró.
—Tú ni siquiera eres mi hija.
Camila sintió el golpe.
Pero no retrocedió.
—Y aun así fui más leal contigo de lo que merecías.
Ricardo fue detenido minutos después.
Pero el daño no salió esposado con él.
Se quedó en las dos jóvenes que se miraban sin saber si eran hermanas, enemigas, víctimas o reflejos.
Lucía bajó del escenario.
Camila la enfrentó.
—Usted cambió mi vida.
Lucía no se defendió.
—Sí.
—Me robó mi madre.
Rosa lloró detrás.
Lucía sostuvo el golpe.
—Te salvé de morir en una cuna que no era tuya.
Camila respiró con rabia.
—¿Y eso debía bastarme?
Lucía bajó la mirada.
—No.
Luego la miró de nuevo.
—Pero era todo lo que pude hacer en un minuto.
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