PARTE 2
Las reglas del contrato
El contrato tenía dieciséis páginas.
Valeria lo leyó completo.
Dos veces.
Leonardo la observaba desde el otro lado de una mesa de cristal en su oficina privada.
Era un despacho enorme, con ventanales sobre la ciudad, muebles oscuros y una limpieza tan perfecta que parecía imposible que alguien viviera allí de verdad.
—Punto siete —dijo Valeria.
Leonardo levantó la vista.
—¿Qué pasa con el punto siete?
—Dice que debo acompañarlo a eventos familiares, corporativos y sociales cuando usted lo considere necesario.
—Correcto.
—Cambie “cuando usted lo considere necesario” por “con aviso mínimo de cuarenta y ocho horas”.
—No funciona así.
—Entonces busque otra esposa.
Leonardo la miró en silencio.
Su abogado, sentado a un lado, casi tosió.
—Señorita Cruz —dijo el abogado—, el señor Santamaría ofrece una compensación muy generosa.
Valeria lo miró.
—Y yo ofrezco un año de mi vida. También es generoso.
Leonardo levantó una mano para que el abogado callara.
—Cuarenta y ocho horas —aceptó.
Valeria siguió leyendo.
—Punto doce. “La señora Cruz no podrá hablar públicamente de la naturaleza contractual del matrimonio.” Bien. Pero agregue que usted tampoco podrá usar información personal mía o de mi madre para presionarme.
Leonardo inclinó la cabeza.
—¿Cree que haría eso?
—No lo conozco.
—Justo.
—Y los hombres ricos no suelen estar acostumbrados a no usar lo que saben.
El abogado miró a Leonardo, incómodo.
Leonardo no se ofendió.
Eso irritó a Valeria.
Era difícil pelear con alguien que parecía encontrarla interesante cada vez que ella intentaba marcar distancia.
—Punto quince —continuó ella—. Habitaciones separadas.
—Eso ya está incluido.
—Quiero cerraduras separadas.
El abogado abrió los ojos.
Leonardo preguntó:
—¿Piensa que voy a entrar en su habitación?
—Pienso que si no lo pienso ahora, después será tarde.
Leonardo sostuvo su mirada.
—Cerraduras separadas.
Valeria dejó el contrato sobre la mesa.
—Y una regla mía.
—Escucho.
—Mi madre no debe saber que es un matrimonio por contrato. Está enferma. No quiero que sufra pensando que me vendí por ella.
Leonardo bajó un poco la mirada.
—De acuerdo.
—Y no quiero que la traten como caridad.
—No será caridad.
—Será dinero suyo.
—Será parte del contrato.
—No. Será la razón por la que acepto, no la razón por la que puede humillarme.
Leonardo se quedó callado.
Valeria tomó la pluma.
—Y una última cosa.
—Tiene muchas últimas cosas.
—Acostúmbrese si quiere esposa.
El abogado tragó saliva.
Leonardo, esta vez, sonrió de verdad.
Apenas.
Pero Valeria lo vio.
Y no le gustó haberlo provocado.
—¿Cuál es la última cosa? —preguntó él.
Valeria lo miró directamente.
—Usted dijo en el hospital que necesitaba una esposa. No una amante, no una muñeca, no una empleada. Si firmo, frente al mundo seré su esposa. Aunque sea mentira. Así que su familia no me humilla delante de mí sin que usted responda.
La sonrisa de Leonardo desapareció.
—Mi familia puede ser difícil.
—La mía también. Por eso sé reconocer veneno servido en copas finas.
Leonardo tomó el contrato, escribió una cláusula adicional y se lo entregó.
Valeria leyó:
“El señor Santamaría se compromete a proteger la dignidad pública de la señora Cruz durante la vigencia del contrato.”
Ella levantó los ojos.
—Qué formal.
—Soy formal.
—También frío.
—Eso no está en el contrato.
—Debería.
Leonardo apoyó los brazos sobre la mesa.
—Y mi regla principal.
Valeria esperó.
—No se enamore de mí.
Ella lo miró.
Luego soltó una risa corta.
—Tranquilo, señor Santamaría. No es tan encantador.
El abogado bajó la mirada para ocultar una sonrisa.
Leonardo no dijo nada.
Pero algo en sus ojos cambió.
Esa tarde, Valeria firmó.
Una semana después, se casó con Leonardo Santamaría en una ceremonia privada.
Su madre lloró de felicidad desde una silla de ruedas.
Leonardo sostuvo la mano de Valeria con una delicadeza inesperada mientras decían “sí”.
Fue mentira.
Pero cuando él deslizó el anillo en su dedo, Valeria sintió un temblor absurdo.
Se dijo que era miedo.
Tenía que ser miedo.
Porque ella había leído el contrato.
Había entendido las reglas.
Y la primera era clara:
no enamorarse.
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