PARTE 5
Los que brindaron con su muerte
Elena mostró la póliza de seguro.
Cinco millones cobrados por Gabriel.
Tres transferidos a cuentas de Amalia.
Dos usados para comprar terrenos a nombre de Marina.
Después mostró la venta de acciones.
Su 40% de Vargas Textiles vendido por debajo del valor real a una sociedad pantalla.
La sociedad pertenecía a Gabriel y Héctor.
Héctor Vargas se levantó.
—¡La empresa iba a quebrar!
Elena lo miró sin parpadear.
—La empresa quebró porque tú la vaciaste.
—Yo intentaba salvar a la familia.
—¿Qué familia? ¿La hija que enterraste o la hija que te ayudó a venderla?
Marina gritó:
—¡Yo no sabía todo!
Elena giró hacia ella.
—Sabías suficiente para probarte mi vestido de aniversario una semana después de mi funeral.
La pantalla mostró una foto.
Marina en la habitación de Elena, frente al espejo, usando su vestido rojo.
El salón entero murmuró.
Marina se cubrió la boca.
—Gabriel me dijo que tú…
—¿Que yo no merecía nada? ¿Que era fría? ¿Que no entendía el negocio? ¿Que tú sí lo amabas de verdad?
Marina lloró.
—Yo lo amaba.
Elena se acercó.
—No. Tú amabas lo que yo tenía cuando creías que mi sangre ya no podía reclamarlo.
Gabriel intentó recuperar control.
—Elena, estás herida. Entiendo tu rabia. Pero no puedes probar que yo corté esos frenos.
Elena esperó esa frase.
—Tienes razón.
Gabriel respiró.
Error.
—Yo no puedo probar que tú los cortaste.
La pantalla cambió.
Video de un taller mecánico clandestino.
Un hombre recibiendo dinero.
La voz de Amalia Aranda:
—Hazlo limpio. Que parezca accidente.
Elena miró a su ex suegra.
—Pero sí puedo probar quién pagó.
Amalia se quedó inmóvil.
—Yo hice lo necesario para proteger a mi hijo.
Elena la miró con frialdad.
—No. Hiciste lo necesario para convertirlo en asesino sin que se manchara las manos.
Gabriel gritó:
—¡Madre!
Amalia lo miró.
Y en ese gesto se quebró la alianza.
Porque el miedo siempre separa a los cómplices.
Gabriel empezó a negar.
Amalia empezó a culpar.
Marina empezó a llorar.
Héctor empezó a hablar de deudas.
Esteban habló de “procedimientos”.
Elena observó a todos.
Durante cinco años imaginó ese momento.
Pensó que sentiría placer.
Pero no fue placer.
Fue alivio.
El alivio frío de abrir una habitación podrida y dejar que, por fin, entrara aire.
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