PARTE 2
El CEO que desconfiaba del champán
Alejandro Ferrer llegó al Hotel Dorado a las 2:05 de la madrugada.
No le gustaban las fiestas de venta.
Siempre había demasiada gente feliz alrededor de documentos que destruían a otros.
Su empresa había comprado un porcentaje minoritario del hotel como inversión estratégica. No controlaba la venta, pero sí tenía derecho a auditar activos antes de cualquier transferencia.
Beatriz Dorado lo recibió con una copa.
—Señor Ferrer, llegó justo para brindar.
Alejandro miró el salón.
Miranda sonreía demasiado.
Tomás sudaba demasiado.
El abogado familiar tenía demasiados papeles cerrados.
—No bebo mientras reviso contratos —dijo Alejandro.
Beatriz rió.
—Qué disciplinado.
—Qué nerviosa.
La sonrisa de ella se congeló.
Alejandro notó un detalle más.
La cocina estaba vacía.
A esa hora, en una gala hotelera, la cocina nunca estaba vacía.
—¿Dónde está Clara Montes? —preguntó.
Tomás respondió demasiado rápido:
—Se fue.
—¿En mitad del servicio?
Miranda intervino:
—La descubrimos robando una receta familiar. Huyó.
Alejandro miró el reloj.
—Y aun así siguen celebrando.
—No vamos a detener una venta por una empleada.
Él no dijo nada.
Tomó la tableta de seguridad.
—Muéstreme cámaras.
El abogado intentó detenerlo.
—Hay zonas privadas.
—Acabo de comprar acceso a ellas.
Las cámaras del pasillo del sótano estaban borradas.
No falladas.
Borradas.
Alejandro pidió lectura térmica del edificio. El técnico dudó. Alejandro lo miró una sola vez.
El mapa apareció.
Una silueta humana brillaba débilmente dentro de la cámara frigorífica.
Alejandro giró hacia Beatriz.
—Pensé que se había ido.
Beatriz palideció.
Tomás intentó hablar.
—Quizá es un error del sistema.
Alejandro ya caminaba hacia el sótano.
—Entonces bajemos a felicitar al error por seguir respirando.
El frío salía por debajo de la puerta.
Desde dentro se escuchaban golpes cada vez más débiles.
Alejandro tomó una barra de acero de mantenimiento y rompió el cierre.
Cuando abrió, Clara cayó hacia él.
Sus labios estaban morados. Sus dedos sangraban. Sus pestañas tenían escarcha.
Pero seguía abrazando la carpeta.
—No… vendan…
Alejandro se quitó el saco y la envolvió.
—Primero respire.
—No… mi madre…
Él bajó la mirada a los documentos.
Y por primera vez en años, Alejandro Ferrer sintió algo parecido a furia.
No porque le hubieran mentido en una venta.
Sino porque habían usado el frío para callar a una mujer que solo quería leer su nombre.
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