PARTE 6
La hermana que quiso su vida
Renata los esperaba en el quirófano tres.
No estaba sola.
Tenía a Amalia Montiel junto a ella.
La madre de Gabriel mantenía la espalda recta, el cabello perfecto y el rostro frío. Incluso en un hospital abandonado, parecía sentada en un consejo de administración.
—Hijo —dijo—. Baja el arma.
Gabriel no obedeció.
Por primera vez en su vida, no obedeció.
—No vuelvas a llamarme hijo como si eso limpiara lo que hiciste.
Amalia apretó los labios.
Renata sonrió.
—Mira, Sofía. Por fin aprendió a hablar.
Sofía levantó la pistola hacia su hermana.
—Yo no vine a hablar contigo.
—Claro que sí. Siempre quisiste que yo confesara.
—No. Quiero que dejes de existir en la vida de mis hijos.
Renata dio un paso.
—Tus hijos. Tus hijos. Siempre tú. Desde niñas era igual. Todo lo bueno era para Sofía. La hija responsable. La inteligente. La que no necesitaba pedir porque todos le daban.
—Yo te cuidaba.
Renata rio.
—Me cuidabas desde arriba.
La frase reveló más que todas sus mentiras.
Renata no quería justicia.
Quería ocupar un lugar que nunca fue suyo.
Amalia habló:
—Esto se puede resolver. Los niños pueden ser reconocidos, con condiciones. Sofía puede recibir dinero. Renata puede retirarse un tiempo. Gabriel, piensa en la empresa.
Gabriel la miró con asco.
—La empresa?
—Tu padre construyó un imperio.
—Y tú lo usaste para robarme a mis hijos.
Amalia perdió la paciencia.
—Te salvé de una mujer que iba a dividirlo todo!
Sofía sintió que esa frase era la verdad pura.
Sin adorno.
Sin excusa.
—Ahí está —dijo—. No fue moral. No fue familia. Fue dinero.
Amalia la miró.
—Una mujer como tú no entiende el peso de un apellido.
Sofía sonrió.
—No. Pero entiendo el peso de dos bebés escondidos contra mi pecho mientras corría sangrando por una escalera de emergencia.
Renata levantó un control remoto.
—Qué conmovedor.
Gabriel tensó el arma.
—Qué es eso?
Renata miró a Sofía.
—Seguro de vida.
En la pantalla apareció una cámara en directo.
Tomás y Leo estaban en una habitación de hotel.
Dormidos.
Pero un hombre estaba en la puerta.
Sofía dejó de respirar.
Renata susurró:
—Los niños siguen vivos porque yo lo permito.
Gabriel dio un paso hacia ella.
Amalia gritó:
—Renata, no!
Demasiado tarde.
Sofía disparó.
No al pecho.
A la mano.
El control cayó al suelo.
Gabriel se lanzó hacia él y lo rompió con el tacón.
Renata gritó, con la mano sangrando.
Amalia intentó escapar.
Clara, aunque herida, le bloqueó la puerta.
—Usted no sale primero otra vez.
Amalia la empujó.
Gabriel la sujetó.
—Se acabó, madre.
Renata, sangrando, se lanzó hacia Sofía con un bisturí que había escondido en la mesa.
Sofía esquivó por poco. La hoja le abrió el brazo. Respondió sujetándole la muñeca y golpeándola contra la camilla metálica.
Renata gritó.
—Me quitaste todo!
Sofía la miró.
—No, Renata. Tú pasaste la vida queriendo lo que no sabías sostener.
Le arrebató el bisturí.
No la mató.
Aunque una parte de ella lo deseaba.
—Mis hijos van a saber que exististe —dijo Sofía—. Pero no como tía.
Se acercó a su oído.
—Como advertencia.
Gabriel llamó a sus hombres.
Los niños seguían seguros.
El hombre de la puerta fue detenido antes de entrar.
Por primera vez en seis años, Sofía sintió que el aire no le cortaba la garganta.
Pero al mirar a Gabriel, recordó algo:
Ganar la verdad no devolvía el tiempo.
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