PARTE 3
La entrevista que empezó con una pelea
El reclutador de seguridad se rió en la cara de Inés.
—¿Tú? ¿Guardia de seguridad?
Ella dejó su currículum sobre la mesa.
—El anuncio no decía que solo contrataran hombres.
El hombre la miró de arriba abajo.
—Con esa piel de niña, lo mejor que puedes hacer es casarte, tener hijos y dejar el trabajo duro a quienes puedan con él.
Inés sonrió.
—¿Eso fue entrevista o funeral de tu inteligencia?
Los otros aspirantes rieron.
El reclutador se puso rojo.
—Oye, campesina…
Inés le torció la muñeca antes de que terminara la frase.
El hombre cayó de rodillas.
—¡Suéltame!
—Claro. Cuando aprendas modales.
Tres guardias intentaron sujetarla.
Error.
Inés venía de un pueblo donde los ladrones no esperaban a que llamaran a la policía. Había corrido detrás de asaltantes, cargado sacos de grano, levantado a su madre cuando estaba débil y derribado borrachos en fiestas patronales.
El primer guardia cayó contra una silla.
El segundo soltó el bastón al sentir que le giraban el brazo.
El tercero decidió que su dignidad valía menos que sus costillas y retrocedió.
Entonces una voz masculina dijo:
—Basta.
Inés se giró.
Sebastián Rivas estaba en la puerta.
Traje negro.
Mirada fría.
La misma boca que ella recordaba demasiado bien.
El corazón le dio un golpe brutal.
Él no la reconoció.
O eso pareció.
Sebastián miró al reclutador en el suelo.
—¿Qué ocurrió?
El hombre intentó salvarse.
—Señor Rivas, esta señorita insistió en aplicar a seguridad y atacó al equipo.
Inés levantó la barbilla.
—Me dijeron que por ser mujer debía irme a casa a tener hijos. Solo mostré que también sé defenderme.
Sebastián la observó.
Había algo familiar en ella.
No el rostro. No de inmediato.
La postura.
La fuerza.
El tono.
—¿Nombre?
—Inés Salazar.
Valeria habría temblado.
Inés no.
Sebastián dio un paso hacia ella.
—Trabajar como guardia sería desperdiciar sus habilidades.
El reclutador sonrió, creyendo que la echarían.
Sebastián continuó:
—Desde hoy será mi guardaespaldas personal.
La sala se quedó muda.
—¿Qué? —preguntó Inés.
—Protección cercana. Directamente conmigo.
Ella casi se atragantó.
—No creo que ese puesto sea adecuado para mí.
—Cien mil al mes.
Inés se enderezó.
—¿A qué hora empiezo?
Sebastián casi sonrió.
Casi.
—Mañana.
El reclutador protestó.
—Señor, yo soy fuerte también.
Sebastián ni siquiera lo miró.
—Seguridad, sáquenlo. Y ninguna empresa asociada a Rivas Group contratará a un hombre que humilla candidatas durante una entrevista.
El reclutador palideció.
—Señor, por favor…
Inés miró a Sebastián con sorpresa.
No parecía el tipo de hombre que defendía a otros por justicia.
Más bien parecía alguien que eliminaba incompetentes porque le molestaban.
Aun así, la defendió.
Al salir, Bruno le entregó papeles de incorporación.
—Señorita Salazar, mañana revisaré personalmente su ingreso.
Inés asintió.
Pero su mente estaba en otra cosa.
“Él no me reconoció.”
Sintió alivio.
Y algo que se parecía peligrosamente a decepción.
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