PARTE 3
La cena de los Belmonte
La madre de Adrián, Victoria Belmonte, invitó a Camila a cenar.
No directamente.
Eso habría sido demasiado honesto.
Le dijo a Adrián:
—Si esa chica va a estar tan cerca de ti durante la gala, al menos quiero saber de dónde salió.
Adrián respondió:
—No es asunto tuyo.
Victoria sonrió.
—Todo lo que afecta tu imagen es asunto mío.
Camila no quería ir.
—No soy animal de exposición.
—Lo sé —dijo Adrián.
—Entonces vaya solo.
—Si voy solo, Regina estará allí.
—Qué pena para usted.
—Si viene conmigo, quizá la cena termine antes.
Camila lo miró.
—¿Me está usando como escudo?
—Sí.
—Al menos es sincero.
—Estoy aprendiendo de usted.
Ella quiso no sonreír.
No pudo del todo.
La cena fue en la mansión Belmonte.
Una casa enorme, fría, llena de cuadros antiguos y personas que parecían haber ensayado sus gestos frente a espejos caros.
Regina estaba allí.
Por supuesto.
Vestido rojo.
Una copa en la mano.
Miró a Camila como si alguien hubiera puesto una silla barata en un comedor de museo.
—Qué vestido tan… sencillo.
Camila miró su propio vestido crema, comprado de oferta y arreglado por ella misma.
—Gracias. Puedo sentarme sin necesitar ayuda de ingeniería.
Adrián tosió.
Victoria Belmonte no encontró gracioso el comentario.
—Camila, ¿verdad? Adrián dice que trabajabas en el hotel.
—Trabajo. Sigo trabajando.
—Qué admirable.
La palabra sonó a insulto envuelto en seda.
Camila tomó agua.
—Sí. Madrugar suele ser admirable cuando no se puede heredar.
La mesa quedó quieta.
Adrián la miró.
No con reproche.
Con algo parecido a orgullo.
Regina intervino:
—No todos nacimos para lo mismo.
—Tiene razón —respondió Camila—. Algunos nacen para trabajar. Otros para recordarlo en las cenas.
Victoria dejó los cubiertos.
—Adrián, tu asistente tiene carácter.
—Sí.
—No lo dije como elogio.
—Yo sí lo escuché así.
Camila sintió que el pecho se le calentaba.
No debía.
Definitivamente no debía.
Durante el postre, Regina decidió atacar con más precisión.
—Adrián siempre tuvo debilidad por causas perdidas. De niño recogía perros callejeros.
Camila dejó la cuchara.
—Qué bonito. Yo siempre tuve debilidad por hombres que no dejaban que otros insultaran a sus invitados.
Adrián se puso de pie.
—Nos vamos.
Victoria lo miró.
—No hagas una escena.
—La escena empezó cuando permitiste que Regina confundiera crueldad con elegancia.
Regina palideció.
Camila susurró:
—Adrián, no hace falta.
Él la miró.
—Sí hace falta.
La tomó suavemente del brazo, sin arrastrarla, solo ofreciéndole salida.
Camila se levantó.
Antes de irse, miró a Victoria.
—La cena estaba deliciosa.
Victoria no respondió.
Camila añadió:
—La compañía, no tanto.
En el coche, ninguno habló durante varios minutos.
Luego Adrián dijo:
—Lo siento.
Camila miró por la ventana.
—¿Por qué?
—Por llevarla allí.
—Yo acepté.
—Por permitir que la humillaran.
Ella giró hacia él.
—Usted no lo permitió. Se levantó.
—Demasiado tarde.
Camila se quedó callada.
Esa frase no era de un hombre acostumbrado a disculparse.
—¿Por qué le importa tanto? —preguntó.
Adrián apretó el volante.
—No lo sé.
Mentía.
O empezaba a saberlo y eso le daba miedo.
Camila también tenía miedo.
Porque esa noche, cuando Adrián se levantó por ella, algo dentro de su corazón hizo un ruido peligroso.
Un ruido parecido a esperanza.
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