EL CEO QUE SALVÓ A LA CHICA DEL ESTACIONAMIENTO… SIN SABER QUE ELLA ERA LA MUJER QUE LO HABÍA RESCATADO A ÉL AÑOS ATRÁS – PARTE 4

PARTE 4

Renata no pierde

Renata Valcárcel no estaba acostumbrada a perder.

No porque siempre ganara limpiamente.

Sino porque su familia, su belleza y su apellido habían acomodado el mundo para que ella llamara destino a lo que otros compraban por ella.

Cuando se enteró de que Bruno había sido sacado por seguridad y de que Mateo había acompañado personalmente a Luna fuera del hotel, rompió una copa contra el lavamanos del baño privado.

—Esa camarera no sabe con quién se metió —dijo.

Su amiga Inés bajó la voz.

—Renata, Mateo la defendió delante de todos. Quizá deberías dejarlo.

Renata la miró con desprecio.

—¿Dejarle el camino libre a una chica de uniforme?

—No es eso.

—Claro que es eso. Mi compromiso con Mateo está prácticamente acordado.

—Él no lo anunció.

—Porque Mateo es difícil. Siempre lo fue.

Renata se miró al espejo.

Seguía perfecta.

Pero por primera vez, la perfección no le garantizaba nada.

—Averigua quién es ella.

—¿Para qué?

Renata sonrió.

—Todo el mundo tiene algo que esconder.

Luna no sabía que al día siguiente ya estaban investigándola.

Su apartamento.
Su hermana.
Bruno.
Sus deudas.
Sus turnos.
Su pasado.
La noche de Santa Elvira.

Mientras tanto, Mateo no pudo dormir.

En su oficina privada, abrió la caja fuerte.

Sacó la cinta roja original.

La puso sobre el escritorio.

La comparó mentalmente con la pulsera de Luna.

El mismo nudo.

La misma textura.

Durante cinco años imaginó encontrar a su salvadora.

A veces pensó que sería médica.
O paramédica.
O una mujer casada con una vida tranquila.
O alguien que olvidó por completo aquella noche.

Nunca imaginó que estaría sirviendo copas en su gala mientras su prometida impuesta intentaba humillarla.

Al día siguiente, citó a Luna en su oficina.

Ella entró con desconfianza.

—Si es por lo de anoche, no quiero dinero.

—Buenos días también.

—Buenos días. No quiero dinero.

Mateo apoyó la cinta roja sobre la mesa.

Luna se quedó inmóvil.

—La guardaste.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque me recordó que una desconocida hizo más por mí que muchas personas que decían ser familia.

Luna bajó la mirada.

—Yo solo hice lo que cualquiera habría hecho.

—No. Mucha gente habría seguido conduciendo.

Ella no respondió.

Mateo continuó:

—Quiero ayudarte.

—No.

—No terminé.

—No hace falta.

—Luna.

—Mateo.

La forma en que dijo su nombre lo detuvo.

—Si me ayudas porque te salvé, vas a convertirme en deuda. Si me ayudas porque te doy pena, peor. Y si me ayudas porque ahora te parezco interesante, entonces no sabes nada de mí.

Él escuchó.

De verdad.

—Entonces dime qué necesitas.

—Trabajo.

—Ya lo tienes.

—No un favor. Trabajo real. Horas reales. Pago real. Sin que nadie pueda decir que soy tu proyecto.

Mateo asintió lentamente.

—Hay un puesto en coordinación de eventos internos.

—No estoy capacitada.

—Aprendes rápido.

—Eso no basta.

—Entonces entrevistas con Recursos Humanos. Prueba de treinta días. Evaluación normal. Si no eres buena, no sigues.

Ella lo miró.

—¿Sin privilegios?

—Sin privilegios.

—¿Sin regalos?

—Sin regalos.

—¿Sin aparecer en mi edificio con flores caras?

Mateo casi sonrió.

—No sé comprar flores.

—Eso ya lo imaginaba.

El acuerdo parecía razonable.

Hasta que Renata apareció en la oficina sin avisar.

Vio la cinta roja sobre la mesa.

Vio a Luna.

Vio algo en el rostro de Mateo que nunca había visto dirigido a ella.

Y entendió que el peligro era más profundo que un capricho.

—Interrumpo algo —dijo.

Mateo guardó la cinta.

—Sí.

Renata sonrió con dureza.

—Qué sincero.

Luna intentó salir.

Renata se interpuso.

—No te vayas por mí.

—No me iba por usted.

—Claro. Ahora trabajas aquí.

Luna sostuvo su mirada.

—Estoy en proceso de entrevista.

—Qué rápido suben algunas cuando tropiezan frente al hombre correcto.

Mateo dio un paso.

—Renata.

Pero Luna levantó una mano.

—Déjela. Si necesita sentirse superior a mí para dormir tranquila, no voy a quitarle su medicina.

Renata se quedó helada.

Mateo miró a Luna.

Otra vez esa mezcla peligrosa de admiración y miedo.

Renata, roja de rabia, se acercó.

—Mateo puede jugar a salvarte. Pero nunca va a elegirte. No frente a su familia.

Luna sintió el golpe.

Pero no lo mostró.

—Quizá. Pero yo tampoco estoy pidiendo que me elijan.

Salió de la oficina.

Mateo quiso seguirla.

Renata lo tomó del brazo.

—Si cruzas esa puerta detrás de ella, todo el mundo sabrá.

Mateo la miró.

—Que sepan.

Renata soltó su brazo.

Pero no se rindió.

No aún.

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