PARTE 5
La noche del compromiso falso
La madre de Mateo, Graciela Ibarra, decidió actuar.
No gritó.
No amenazó.
Hizo algo más elegante y más cruel:
organizó una cena familiar y puso a Luna en la lista de personal.
Mateo no lo supo hasta llegar.
Entró al comedor de la mansión Ibarra y vio a Luna sirviendo agua en una mesa donde estaban su madre, Renata, dos socios y varios familiares.
El rostro de Luna estaba sereno.
Demasiado sereno.
Mateo sintió una furia fría.
—¿Qué significa esto? —preguntó.
Graciela sonrió.
—Pediste que la chica trabajara en eventos internos. Este es uno.
Luna no lo miró.
Eso fue lo que más le dolió.
Renata levantó su copa.
—Luna parece muy eficiente. Quizá por fin encontró su lugar.
Mateo dejó la servilleta sobre la mesa.
—Luna, por favor, deja la jarra.
Ella lo miró entonces.
—Estoy trabajando.
—No así.
—El trabajo no siempre viene con condiciones cómodas.
Graciela intervino:
—Qué chica tan razonable.
Mateo miró a su madre.
—No confundas necesidad con permiso para humillar.
La cena se volvió tensa.
Luna intentó continuar, pero un primo de Mateo, borracho y estúpido, hizo un comentario:
—Si todas las camareras fueran así, yo también me enamoraría de la pobreza.
La jarra en la mano de Luna tembló.
Mateo se levantó tan rápido que la silla cayó hacia atrás.
—Repite eso.
El primo palideció.
—Era una broma.
Mateo avanzó.
—Repite la broma.
Graciela se levantó.
—Mateo, basta.
—No. Basta fue hace rato.
Renata intentó tocar su brazo.
—Estás exagerando.
Él la miró.
—No vuelvas a tocarme.
El salón quedó en silencio.
Luna dejó la jarra en la mesa.
—Me voy.
Mateo giró hacia ella.
—Luna…
—No. No voy a quedarme para que usted aprenda a defenderme mientras todos me miran como entretenimiento.
Salió por el pasillo de servicio.
Mateo la siguió.
Esta vez no pidió permiso a nadie.
La alcanzó en el jardín.
—Lo siento.
Luna se giró.
—Siempre lo siente después.
La frase fue justa.
Y dolió.
—No sabía que mi madre haría esto.
—Pero sabe quién es su madre.
Mateo guardó silencio.
—Sabe quién es Renata. Sabe cómo mira su familia a la gente que trabaja. Sabe todo. Pero parece sorprenderse cada vez que el mundo que usted habita actúa como lo que es.
—Tienes razón.
Luna se quedó callada.
No esperaba que aceptara tan rápido.
—No quiero ser otra mujer a la que tengas que rescatar de tu propia vida —dijo.
Mateo dio un paso más.
—Entonces déjame cambiar mi vida.
—Eso suena bonito. Pero las personas como tú no cambian de mundo por una mujer como yo.
—No digas “una mujer como yo” como si fuera poco.
Luna bajó la mirada.
—Estoy cansada.
Mateo quiso abrazarla.
No lo hizo.
—¿De mí?
Ella respiró con dificultad.
—De querer creer en ti.
La frase lo dejó sin aire.
En ese momento, desde el interior, se escuchó una discusión.
Renata salió furiosa al jardín.
—Perfecto. Aquí están.
Luna cerró los ojos.
—No otra vez.
Renata sostenía un sobre.
—Dime, Luna. ¿Mateo sabe que tu ex novio tiene denuncias? ¿Sabe que tu hermana necesita tratamientos? ¿Sabe que aceptaste turnos extras aunque tenías otra oferta de trabajo? Qué romántico. Una víctima perfecta.
Mateo se endureció.
—¿Me investigaste?
Renata sonrió.
—Investigué un riesgo.
Luna se quedó helada.
—¿Un riesgo?
—Para él. Para su apellido. Para su imagen.
Mateo caminó hacia Renata.
—Vete.
—No.
—Vete de mi casa.
Renata perdió color.
—Tu casa también necesita mi apellido.
—Mi casa necesita silencio ahora mismo.
Renata lo miró con rabia.
—Vas a destruirte por una camarera.
Mateo respondió sin dudar:
—No. Me estoy destruyendo por seguir sentado en mesas donde alguien cree que decir “camarera” es un insulto.
Renata tiró el sobre al suelo.
—Te vas a arrepentir.
—Probablemente. Pero no de ella.
Luna lo miró.
Y por primera vez, no vio al CEO que la salvó en un estacionamiento.
Vio a un hombre empezando a salvarse a sí mismo.
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