PARTE 8
La capilla de los Santoro
La capilla Santoro estaba en la parte más antigua de la finca.
Desde niña, Valentina odiaba ese lugar.
No por los santos.
No por las velas.
No por las tumbas familiares detrás del altar.
Lo odiaba porque allí los hombres de su familia hablaban de honor mientras escondían crímenes bajo mármol bendecido.
Llegaron antes del amanecer.
El cielo estaba gris. La lluvia había parado, pero la tierra seguía húmeda. Elías caminaba con dificultad. Valentina tenía sangre seca en la cara, una herida abierta en el brazo y el vendaje del costado teñido de rojo.
Aun así, ninguno dijo que debían detenerse.
Ella sacó la llave plateada.
—Si esto no abre nada, voy a odiarte.
Elías apoyó una mano sobre la puerta.
—Ya me odias un poco.
—No te acostumbres.
Entraron.
La capilla estaba vacía.
Demasiado vacía.
Valentina avanzó hasta el altar. Bajo el crucifijo había una pequeña cerradura escondida entre relieves de madera. Metió la llave.
Giró.
El suelo vibró.
Una losa se abrió lentamente, revelando una escalera de piedra que bajaba hacia un sótano.
El aire que subió olía a humedad, cera vieja y papel encerrado.
Valentina bajó primero.
Elías no discutió.
El sótano era más grande de lo que esperaba. Había archivadores, cajas metálicas, fotografías antiguas, mapas del puerto y una mesa central cubierta con una tela roja.
Sobre ella estaba el libro.
Cuero rojo.
Cierre dorado.
Iniciales de Luciana Santoro.
Valentina lo tomó con manos manchadas de sangre.
Lo abrió.
La letra de su madre apareció ante ella como una voz desde la tumba.
“Si estás leyendo esto, hija, significa que Salvatore dejó de fingir que te quería.”
Valentina apretó los dientes.
Siguió leyendo.
Luciana había documentado todo.
Rutas de armas.
Pactos con Rosetti.
Pagos a jueces.
Asesinatos internos.
Entregas de mujeres usadas como pago político.
Nombres de hombres que sonreían en cenas y firmaban desapariciones al amanecer.
Pero lo peor estaba al final.
Un testamento privado.
“En caso de mi muerte violenta o desaparición provocada, declaro que mi voto interno, mis acciones ocultas y mi derecho de sucesión dentro de la familia Santoro pasan a mi hija Valentina. No a Adriano. No a Salvatore.”
Valentina sintió que el corazón se le detenía.
—Mi madre me dejó el mando.
Elías se acercó.
—No solo eso.
Señaló una página.
Allí estaba la descripción de la noche en que Luciana murió.
Salvatore descubrió que ella iba a denunciar la alianza con Rosetti. Adriano, todavía muy joven, escuchó parte de la discusión. Marcelo actuó como mensajero años después. El coche de Luciana fue interceptado antes del accidente.
No murió en el choque.
Murió porque intentó salvar a su hija de la misma familia que ahora intentaba enterrarla.
Valentina cerró los ojos.
La tristeza llegó tarde.
La rabia estaba delante.
Entonces escucharon pasos arriba.
Elías apagó la linterna.
Una voz resonó desde la entrada de la capilla:
—Sabía que vendrías aquí.
Salvatore.
Valentina abrazó el libro contra el pecho.
—Llegas tarde, padre.
La voz del viejo bajó por la escalera.
—No, hija.
Hizo una pausa.
—Esta vez vine a asegurarme de que no vuelvas a salir.
👉 [Haz clic aquí para leer la siguiente parte] 👈