EL GUARDAESPALDAS QUE SE ENAMORÓ DE LA HEREDERA PROHIBIDA Lo contrataron para vigilarla… pero terminó enfrentándose a todos para salvarl – PARTE 2

PART 2

El video que podía destruirla

Iván llevó a Valeria a un taller mecánico abandonado.

No era un escondite elegante. No tenía ventanas blindadas ni camas cómodas. Solo herramientas viejas, un sofá de cuero roto y olor a gasolina. Pero tenía una ventaja: nadie de la familia Santoro buscaría a una heredera allí.

Valeria se sentó en el sofá, temblando de rabia más que de miedo.

Iván cerró la puerta metálica.

—El video.

Ella no lo miró.

—No es asunto tuyo.

—Si pueden usarlo para obligarte a firmar, sí lo es.

Valeria soltó una risa amarga.

—Hablas como guardaespaldas incluso cuando no cobras.

—Es un defecto.

Ella se levantó.

—Hace tres años tuve un accidente.

—Lo sé.

—No. Sabes la versión pública. Que conducía borracha, que choqué contra otro auto y que mi abuelo pagó para esconderlo.

Iván se quedó quieto.

—¿Y la verdad?

—Yo no conducía.

Silencio.

Valeria cerró los ojos.

—Adrián conducía. Había bebido. Discutimos. Yo quería terminar la relación. Perdió el control del coche. Cuando desperté en el hospital, mi familia ya había cambiado todo. Dijeron que si la verdad salía, destruiría mi imagen, la empresa, el apellido.

Iván apretó la mandíbula.

—Te culparon.

—Me convencieron de aceptar la culpa en privado. Mi abuelo me protegió de la prensa, pero el video de la cámara del auto quedó en manos de Marcelo.

—Y ahora lo usarán para decir que eres inestable.

—Exacto.

Iván caminó hacia la mesa de herramientas.

—¿Dónde guardan el original?

—En la oficina legal de la mansión o en el club privado de Marcelo.

—Entonces iremos por él.

Valeria lo miró.

—¿Por qué estás haciendo esto?

Iván no respondió.

—No me digas que es por trabajo.

Él tardó demasiado.

—Tu abuelo me contrató antes de morir.

Valeria se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—No fue Marcelo. Fue tu abuelo. Me pidió que te protegiera si algo le pasaba. Sospechaba que intentarían quitarte la sucesión.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque no confiabas en nadie.

—Tenías razón.

—Lo sé.

Ella se acercó.

—¿Y por qué debería confiar ahora?

Iván la miró.

—No deberías. Pero deberías usarme.

La respuesta la desarmó.

No pidió fe. No pidió gratitud. Solo le ofreció una herramienta.

—Bien —dijo ella—. Entonces te usaré.

Entraron al club privado de Marcelo a las tres de la mañana.

Valeria llevaba una chaqueta de cuero y el cabello recogido. Iván caminaba a su lado como si el mundo todavía le perteneciera a ella.

En la entrada, dos guardias intentaron detenerlos.

Iván mostró una tarjeta.

—Orden del señor Marcelo.

Uno de los guardias dudó.

Valeria sonrió con frialdad.

—¿Quieres llamarlo y decirle que perdiste tiempo mientras su sobrina escapaba?

Los dejaron pasar.

La oficina de Marcelo estaba en el segundo piso. Iván abrió la cerradura en menos de veinte segundos.

—¿También robas cajas fuertes? —preguntó Valeria.

—Solo como pasatiempo.

Dentro encontraron carpetas, discos duros y una caja con grabaciones.

Valeria buscó el video del accidente.

Lo encontró.

Pero también encontró otra carpeta.

“PROYECTO HEREDERA.”

La abrió.

Dentro había fotos suyas, reportes médicos falsos, pagos a periodistas, firmas imitadas y una lista de personas sobornadas para declararla incapaz.

Al final había una hoja con una fecha.

La de esa misma mañana.

Plan: desaparición temporal de Valeria Santoro. Control total de acciones mediante renuncia grabada. Si se resiste, activar accidente.

Valeria sintió que la habitación se movía.

—Querían matarme.

Iván tomó la carpeta.

—Querían hacer que pareciera tu culpa.

La alarma sonó.

—Nos vieron —dijo él.

Hombres subieron por las escaleras.

Iván tomó a Valeria de la mano.

—Corre.

La persecución dentro del club fue un caos de luces rojas, mesas volcadas y música apagándose de golpe. Iván golpeó a un hombre contra la barra. Valeria tomó una botella y la rompió contra el borde de una mesa para obligar a otro a retroceder.

—No sabía que sabías pelear —dijo Iván.

—Crecí en una familia de buitres. Algo se aprende.

Salieron por la cocina.

Pero Adrián los esperaba en el callejón.

—Valeria —dijo, apuntándola con un arma—. Dame la grabación.

Ella levantó el disco duro.

—¿Este?

—No entiendes lo que está en juego.

—Claro que sí. Tu futuro robado.

Adrián apretó la mandíbula.

—Yo te amé.

Valeria sintió asco.

—Me drogaste para quitarme una herencia.

—Quise salvarte de ti misma.

Iván dio un paso.

Adrián apuntó hacia él.

—Tú no te metas, perro guardián.

Valeria se movió antes que Iván.

Lanzó el disco duro falso contra Adrián. Él lo atrapó por reflejo. Iván aprovechó para desarmarlo y derribarlo contra la pared.

Valeria se acercó a su prometido caído.

—Hace tres años me hiciste cargar con tu culpa. Esta vez carga con la tuya.

Adrián sonrió con el labio partido.

—Marcelo ya tiene a tu madre.

Valeria se congeló.

—Mi madre está muerta.

Adrián soltó una risa débil.

—Eso te dijeron.

El mundo se rompió otra vez.

Iván sujetó a Adrián por la chaqueta.

—¿Dónde está?

Adrián escupió al suelo.

—Firma la renuncia y quizá lo sepas.

Valeria sintió el odio convertirse en hielo.

Su madre, supuestamente muerta desde hacía diez años, podía estar viva.

Y Marcelo la tenía.

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