PART 3
La madre que no estaba muerta
Valeria no podía respirar.
Durante diez años, visitó una tumba con el nombre de su madre: Leonor Santoro.
Diez años dejando flores.
Diez años hablando con una lápida.
Diez años creyendo que la única persona que pudo protegerla había muerto de una enfermedad repentina.
Y ahora Adrián, el hombre que la traicionó, decía que estaba viva.
Iván no le dio tiempo al colapso.
—Nos movemos.
—No puedo.
—Sí puedes.
—Mi madre…
—Si está viva, la encontraremos. Si es mentira, lo haremos pagar igual.
Valeria lo miró.
No había consuelo en su voz.
Eso ayudó.
No necesitaba suavidad. Necesitaba dirección.
Iván llevó a Adrián al taller y lo ató a una silla. No lo golpeó sin necesidad. Solo lo miró con una calma que asustaba más.
—Ubicación.
Adrián rió.
—No vas a tocarme.
Iván se inclinó.
—No necesito tocarte. Ya tenemos tu teléfono.
Valeria revisó los mensajes. Encontró uno enviado por Marcelo:
“La madre será trasladada antes de la firma. Bodega 9.”
Bodega 9.
El antiguo almacén de la familia Santoro.
Valeria sintió que el pasado volvía con dientes.
—Vamos.
Iván la detuvo.
—No entrarás sin plan.
—Es mi madre.
—Y por eso eres impulsiva.
Valeria lo empujó.
—No me hables como si fuera una niña.
Iván sostuvo su mirada.
—Entonces no corras como una.
La frase la enfureció.
Y la centró.
Prepararon el rescate con dos hombres leales al abuelo de Valeria. Pocos, pero confiables. La bodega estaba vigilada por seis guardias. Iván trazó rutas. Valeria memorizó salidas.
—Si algo sale mal —dijo él—, sales por la puerta este.
—Si algo sale mal, no dejo a mi madre.
—Valeria.
—No.
Él respiró hondo.
—Entonces no dejes que algo salga mal.
Entraron antes del amanecer.
La bodega olía a madera vieja y humedad. En el centro había una habitación de cristal opaco, usada antes para guardar obras de arte.
Dentro estaba una mujer.
Delgada. Cabello gris. Rostro cansado.
Pero Valeria la reconoció antes de verla bien.
—Mamá…
Leonor levantó la cabeza.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Valeria.
El mundo desapareció.
Valeria corrió hacia la puerta, pero Iván la sujetó.
—Espera.
Demasiado tarde.
Las luces se encendieron.
Marcelo Santoro apareció en una pasarela superior, aplaudiendo lentamente.
—Qué escena tan conmovedora.
Valeria levantó la mirada.
—¿Qué le hiciste?
Marcelo sonrió.
—La mantuve viva. Deberías agradecerme.
—¿Por qué?
—Porque tu madre descubrió que yo falsifiqué el testamento anterior de tu abuelo. Iba a denunciarme. Tu abuelo la escondió para protegerla, pero luego murió antes de sacarla. Yo solo terminé de cerrar la jaula.
Leonor gritó desde la habitación:
—¡No firmes nada, hija!
Marcelo hizo una señal.
Los guardias atacaron.
La pelea en la bodega fue dura. Iván se movía con precisión, bloqueando golpes, derribando hombres contra cajas, evitando que llegaran a Valeria. Ella no se quedó detrás. Usó una cadena de carga para cerrar el paso a dos guardias y rompió el panel de control de la puerta de cristal con una barra metálica.
—¡Mamá, atrás!
La puerta se abrió.
Leonor salió tambaleándose.
Valeria la abrazó apenas un segundo.
—Luego lloramos —dijo Leonor—. Primero sobrevivimos.
Valeria soltó una risa rota.
—Definitivamente eres mi madre.
Marcelo bajó con un arma.
—Se acabó.
Iván se puso frente a Valeria y Leonor.
Marcelo sonrió.
—Siempre el perro fiel. ¿Sabes, Valeria? Tu abuelo lo eligió porque creyó que jamás mezclaría trabajo con sentimientos.
Valeria miró a Iván.
Marcelo continuó:
—Qué lástima que tu guardaespaldas se enamorara de ti.
Iván no se movió.
Valeria sintió que la frase la atravesaba.
—¿Es verdad?
Iván no apartó la mirada de Marcelo.
—Ahora no.
—Iván.
—Ahora sobrevivimos.
Marcelo disparó contra una cadena del techo. Varias cajas cayeron, separándolos. El caos permitió que Marcelo huyera con varios documentos.
Pero Valeria tenía a su madre.
Y tenía la prueba de que su tío no solo quería robarle la empresa.
Quería borrar a toda mujer que tuviera derecho a dirigirla.
Al salir de la bodega, Leonor tomó el rostro de Valeria entre sus manos.
—Tu abuelo dejó una segunda sucesión.
—¿Dónde?
—En la cámara privada del banco Santoro. Solo tú puedes abrirla.
Iván miró hacia la carretera.
—Marcelo también lo sabe ahora.
Valeria ayudó a su madre a subir al coche.
—Entonces llegaremos antes.
Pero cuando arrancaron, tres vehículos aparecieron detrás.
Marcelo no había huido.
Los estaba cazando.
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