CHAP 2
El testamento que cayó como una bomba
El funeral de Ernesto Arce fue tan elegante que casi parecía una reunión de negocios.
Nada fuera de lugar.
Nada demasiado emocional.
Ningún llanto descontrolado.
Los Arce no lloraban en público.
Patricia decía que el dolor verdadero era discreto.
Clara pensaba que en esa familia el dolor era discreto porque casi nadie lo sentía.
Damián permaneció de pie junto al ataúd con el rostro de piedra. Recibió condolencias de ministros, empresarios, banqueros y socios internacionales. Todos le hablaban como si ya fuera el dueño absoluto del Grupo Arce.
—Tu abuelo estaría orgulloso.
—Ahora empieza tu verdadera etapa.
—El imperio queda en buenas manos.
Damián asentía.
Clara observaba desde unos pasos atrás, vestida de negro, sin saber exactamente qué papel debía interpretar. Viuda falsa de un matrimonio falso. Nieta política de un viejo que quizá fue asesinado. Intrusa en una familia que la despreciaba.
Valeria se acercó con una copa de agua.
—Debes estar aliviada.
Clara la miró.
—¿Por qué?
—El viejo murió, el contrato termina pronto y podrás irte con tu cheque. Es lo que querías, ¿no?
Clara sostuvo su mirada.
—Quería que mi hermana viviera.
—Qué noble. Las historias pobres siempre suenan mejor cuando tienen una enfermedad de por medio.
Clara respiró despacio.
No iba a darle el gusto de verla romperse.
—Al menos mi historia tiene a alguien a quien quiero salvar.
Valeria sonrió.
—Cuidado. En esta casa, quienes quieren salvar a otros suelen terminar enterrados.
Antes de que Clara respondiera, Damián apareció.
—Valeria.
Su hermana levantó las manos.
—Solo conversábamos.
—Entonces conversa en otro lugar.
Valeria se fue con una sonrisa venenosa.
Clara miró a Damián.
—No necesito defensa.
—Lo sé.
—Entonces no finjas que me estás protegiendo.
Él la miró con cansancio.
—Mi abuelo acaba de morir.
—Y tu hermana acaba de amenazarme.
—Valeria amenaza hasta cuando pide café.
—Qué familia tan encantadora.
Damián no respondió.
Había sombras bajo sus ojos. Clara se preguntó si no dormir era su única forma de llorar.
La lectura del testamento fue esa noche en la mansión.
La biblioteca de Ernesto estaba llena.
Patricia en la silla principal.
Damián junto a la chimenea.
Valeria con los brazos cruzados.
Varios tíos, primos, abogados y consejeros.
Clara al fondo, lista para escuchar que su contrato había terminado.
El abogado principal, Esteban Rivas, abrió el sobre sellado.
—Por instrucción expresa del señor Ernesto Arce, la lectura se realizará sin interrupciones.
Patricia levantó la barbilla.
—Proceda.
Esteban leyó primero pequeñas donaciones.
Fundaciones.
Empleados antiguos.
Becas.
Obras benéficas.
Luego llegó al Grupo Arce.
La sala se tensó.
Damián miró al frente.
Patricia sonrió apenas.
Valeria acomodó su collar.
Esteban respiró hondo.
—Dejo el 20% de mis acciones personales a mi nieto Damián Arce.
Damián frunció el ceño.
Patricia se incorporó.
—¿Veinte?
Esteban continuó:
—Dejo el 5% a mi nieta Valeria Arce.
Valeria se puso pálida.
—¿Cinco?
—Dejo el 5% restante a un fondo irrevocable para empleados veteranos del Grupo Arce.
Patricia se levantó.
—Esto es absurdo. Falta la mayoría.
Esteban levantó la voz.
—Y dejo el 70% de mis acciones personales, junto con los derechos de voto correspondientes, a Clara Montes, legalmente Clara Montes de Arce, mi nieta política.
La sala murió.
No hubo otra palabra.
Solo silencio.
Luego la copa de Patricia cayó al suelo.
Valeria gritó:
—¡Es una estafa!
Damián miró a Clara.
No con sorpresa.
Con algo peor.
Sospecha.
Clara estaba inmóvil.
—No —susurró.
Esteban se acercó a ella con otra carpeta.
—El señor Ernesto dejó instrucciones adicionales para usted.
Patricia avanzó.
—¡No le entregues nada!
Damián habló por primera vez:
—Madre, siéntate.
Patricia lo miró, furiosa.
—¿No ves lo que hizo? ¡Se metió en la cama de tu abuelo!
Clara sintió asco.
—Cuidado con lo que dice.
Patricia la señaló.
—Tú no eras nadie. Una camarera barata. Una esposa alquilada. ¿Y ahora quieres quedarte con nuestro imperio?
Clara tomó la carpeta de Esteban.
Su voz salió baja.
—Yo no pedí esto.
Valeria rió.
—Claro. Las ladronas siempre se sorprenden cuando las descubren con las joyas en la mano.
Damián caminó hacia Clara.
—¿Qué le dijiste a mi abuelo?
Ella sostuvo su mirada.
—Nada que tú no hubieras podido escuchar si hubieras entrado a su biblioteca para hablar y no solo para firmar papeles.
Él apretó la mandíbula.
—No juegues conmigo.
Clara abrió la carpeta.
Dentro había una carta de Ernesto.
Y una memoria USB.
La primera línea decía:
“Clara, si estás leyendo esto, significa que no logré sobrevivir a mi propia familia.”
Clara sintió que el corazón se le detuvo.
Damián vio su expresión.
—¿Qué dice?
Ella levantó la mirada.
—Tu abuelo sabía quién intentó matarlo.
La sala se quedó muda otra vez.
Patricia palideció.
Valeria retrocedió medio paso.
Clara sostuvo la carpeta contra el pecho.
—Y por eso me dejó el imperio.
Damián miró a su madre.
Por primera vez esa noche, la sospecha ya no estaba solo dirigida a Clara.
La familia Arce acababa de descubrir que el testamento no era una herencia.
Era una acusación.
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