LA HIJA DEL MAFIOSO QUE VOLVIÓ CUBIERTA DE SANGRE Todos creyeron que había muerto… hasta que apareció en la boda de su hermano con una navaja en la mano – PARTE 6

PARTE 6

La clínica Borgia

La clínica Borgia era blanca, limpia y silenciosa.

El tipo de lugar donde los poderosos curaban heridas sin preguntas. Donde los hombres que se disparaban en callejones eran registrados como “accidentes domésticos”. Donde las mujeres desaparecidas podían volver con otro nombre o no volver nunca.

Valentina entró por el estacionamiento subterráneo con la pistola escondida bajo la chaqueta de Elías.

—No dispares primero —dijo él.

—No prometo nada.

—Valentina.

—Bien. No disparo primero si nadie me mira feo.

Él la miró.

—Eso no tranquiliza.

—No quería tranquilizarte.

El primer guardia cayó antes de que pudiera hablar. Elías lo sujetó por detrás y lo dejó inconsciente con una presión limpia en el cuello. Valentina golpeó al segundo con la culata de la pistola y lo arrastró detrás de una camioneta.

Subieron por la escalera de servicio.

En el tercer piso, el olor a desinfectante era más fuerte. Valentina odiaba ese olor. Le recordaba a promesas de curación hechas por gente que luego firmaba certificados falsos.

Marcelo estaba en la habitación 307.

Custodiado por cuatro hombres.

Elías levantó dos dedos.

Dos para él.
Dos para ella.

Valentina asintió.

El pasillo estalló en segundos.

Elías lanzó un cuchillo al brazo del primer guardia, obligándolo a soltar el arma. Lo golpeó contra la pared y luego contra el suelo. El segundo disparó. Valentina se tiró detrás de un carrito médico. El disparo reventó varios frascos.

Ella empujó el carrito con fuerza contra las piernas del hombre. Cuando cayó, le golpeó la cara con una bandeja de metal hasta que dejó de resistirse.

Los otros dos salieron de la habitación. Uno alcanzó a rozarle el hombro con un cuchillo. Ella sintió el corte, pero no se detuvo. Le clavó el tacón en el pie, le arrebató el cuchillo y le abrió la mano para que soltara el arma.

Elías terminó al último con un golpe seco en la sien.

Entraron a la habitación.

Marcelo estaba vivo.

Pálido, vendado, sudando.

Al ver a Valentina, empezó a llorar.

—No…

Ella cerró la puerta.

—Qué curioso. Eso mismo pensé cuando vi tu firma.

Marcelo intentó moverse, pero el dolor del abdomen lo dejó inmóvil.

—Me obligaron.

Valentina se acercó a la cama.

—¿Quién?

—Tu padre. Adriano. Rosetti. Todos.

Ella lo golpeó con el dorso de la mano.

La herida del labio de Marcelo se abrió.

—No me des una lista para esconderte dentro.

Marcelo sollozó.

—Adriano dijo que si no firmaba, me matarían. Camila Borgia organizó la clínica. Tu padre aprobó todo. Yo solo…

Valentina le puso la navaja bajo la barbilla.

—Tú solo elegiste vivir conmigo muerta.

Marcelo cerró los ojos.

—Lo siento.

Ella soltó una risa tan fría que incluso Elías levantó la mirada.

—No. Todavía no.

—¿Qué quieres?

—La verdad sobre mi madre.

Marcelo abrió los ojos.

—No sé nada.

Valentina bajó la navaja hasta el vendaje de su abdomen.

Presionó apenas.

Marcelo gritó.

—¡Espera! ¡Espera!

—Habla.

—Escuché a Salvatore decir que Luciana no murió al chocar. Que el coche explotó después. Que ella ya estaba herida. Que el libro rojo seguía desaparecido.

Valentina sintió que la habitación se estrechaba.

—¿Dónde está el libro?

—Bajo la capilla Santoro. Hay una llave. Tu madre la entregó a alguien antes de morir.

Elías habló desde la pared:

—A mí.

Marcelo lo miró, aterrado.

—Entonces ya lo saben.

Valentina retiró la navaja.

Marcelo respiró, aliviado.

Error.

Ella se inclinó y le habló al oído:

—Vas a declarar todo. Y si cambias una sola palabra, volveré.

Marcelo tembló.

—¿Y si Adriano me mata antes?

Valentina sonrió.

—Entonces intenta sobrevivir mejor que yo.

Salieron de la habitación.

Pero al llegar al estacionamiento, Adriano los estaba esperando.

La frente manchada de sangre.
La pistola en la mano.
Seis hombres detrás.

—Hermana —dijo—. Siempre fuiste demasiado difícil de matar.

Valentina levantó su arma.

—Y tú demasiado fácil de odiar.

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