PARTE 7
Hermano contra hermana
El estacionamiento de la clínica se convirtió en un campo de guerra.
El primer disparo vino de Adriano.
La bala golpeó la columna junto a Valentina. Fragmentos de concreto le cortaron el cuello. Ella rodó detrás de un coche y respondió con dos disparos que obligaron a su hermano a cubrirse.
Elías se movía hacia la derecha, cojeando por una herida vieja que la persecución había abierto. Aun así, derribó a un hombre de Borgia con un disparo en la pierna y a otro con un golpe de codo en la garganta.
Valentina no perdió de vista a Adriano.
Nunca lo había visto así.
Su hermano, el niño que de pequeño le quitaba los juguetes y luego lloraba si ella se defendía, ahora intentaba matarla con una calma entrenada.
—¡Esto pudo ser fácil! —gritó él desde detrás de una camioneta.
—¡Me enterraste viva!
—¡Porque no entendías tu lugar!
Valentina soltó una risa furiosa.
—Mi lugar no está debajo de tierra, Adriano.
Él salió disparando.
Ella se agachó, corrió entre dos coches y se lanzó contra él antes de que pudiera recargar. Ambos chocaron contra el suelo. La pistola de Adriano salió volando.
Él le dio un puñetazo en la mejilla.
El mundo se le volvió blanco un segundo.
Valentina respondió con un golpe en la herida de la frente. Adriano gritó y la empujó contra una columna. El impacto le arrancó el aire.
—Mamá siempre te miraba como si fueras especial —escupió él—. Como si tú fueras la heredera.
Valentina le clavó la rodilla en el estómago.
—Quizá porque tú siempre confundiste fuerza con crueldad.
Adriano sacó un cuchillo.
Valentina retrocedió justo cuando la hoja le rozó el brazo, abriéndole una línea roja. Él volvió a atacar. Ella bloqueó con la navaja. El metal chocó contra metal.
Elías intentó acercarse, pero dos hombres lo interceptaron.
Valentina y Adriano quedaron solos entre coches, sangre y luces parpadeantes.
—Padre nunca te habría dado el mando —dijo Adriano.
—No quiero que me lo dé.
—Entonces qué quieres.
Ella se acercó, respirando fuerte.
—Quitártelo.
Adriano atacó de nuevo.
Valentina esquivó, le atrapó la muñeca y la giró hasta que el cuchillo cayó al suelo. Él la golpeó con la cabeza en la ceja herida. La sangre le nubló la vista.
Pero Valentina no cayó.
Le escupió sangre en la cara.
—Eso fue por Marcelo.
Luego le rompió la nariz con el puño.
Adriano cayó de rodillas.
Ella tomó su arma del suelo y le apuntó.
Durante un segundo, todo se detuvo.
Podía matarlo.
Quería hacerlo.
Adriano la miró desde abajo.
—Hazlo.
Valentina respiró con violencia.
—No.
Él sonrió con burla.
—Débil.
Ella bajó el arma y le disparó en la mano.
Adriano gritó.
La bala le atravesó la palma contra el suelo.
—No soy débil —dijo ella—. Solo no quiero que mueras antes de ver cómo te quedas sin nada.
Elías apareció detrás de ella, con sangre en el labio y la camisa rota.
—Vienen más.
Valentina miró a su hermano retorciéndose de dolor.
—Que vengan.
—Valentina.
Ella cerró los ojos un segundo.
La rabia quería quedarse allí y quemarlo todo.
Pero el libro rojo seguía esperando.
Su madre seguía esperando.
—Vamos a la capilla —dijo.
Elías tomó las llaves de uno de los coches.
—¿Puedes caminar?
Valentina pasó junto a Adriano sin mirarlo.
—Puedo terminar una guerra.
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