LA ESPOSA DEL MAFIOSO QUE VOLVIÓ CON EL HEREDERO ESCONDIDO Él creyó que su esposa lo traicionó… hasta que ella regresó con un niño que llevaba su misma sangre – PARTE 2

PARTE 2

El hijo de la tumba vacía

Alessandro se movió antes que todos.

Saltó sobre la mesa, derribó a un hombre armado que intentaba apuntar hacia Bianca y le rompió la muñeca contra el borde de mármol. El arma cayó. Alessandro la tomó y apuntó directamente a Marco.

—Nadie toca al niño.

Marco levantó las manos, pero su rostro seguía lleno de rabia.

—Hermano, estás actuando por emoción. Esa mujer aparece justo cuando vas a firmar alianza con los Borgia. ¿No ves que es un montaje?

Bianca se puso de pie lentamente.

—Hablas mucho para alguien que dejó a una mujer embarazada dentro de un coche en llamas.

Irina dio un paso hacia Alessandro.

—Amor, escúchame. Si ese niño fuera tuyo, ¿por qué apareció ahora? ¿Por qué justo esta noche?

Bianca la miró.

—Porque esta noche iban a repartirse el último territorio de mi padre.

Alessandro giró hacia Irina.

—¿Qué?

Bianca sacó una carpeta de debajo del abrigo mojado y la arrojó sobre la mesa.

—Contratos. Pagos. Nombres. El pacto entre Marco, Irina Borgia y el viejo consejo Vieri para eliminarme antes de que naciera Luca.

Marco soltó una carcajada.

—¿Una carpeta mojada? ¿Eso traes después de cinco años? ¿Papeles?

Bianca caminó hacia él.

Cada paso era doloroso, pero no lo mostró.

—No. También traje testigos muertos, cuentas vivas y una grabación de tu voz.

Marco dejó de sonreír.

Eso bastó.

Alessandro lo vio.

Por primera vez, la duda se volvió furia.

—Marco.

Su hermano retrocedió apenas.

—No vas a creerle.

Alessandro bajó la voz.

—Dime que no sabías que estaba embarazada.

Marco no respondió.

Bianca cerró los ojos un segundo.

Aunque había vivido cinco años sabiendo la verdad, escuchar ese silencio aún dolió.

Luca tiró de su vestido.

—Mamá…

Ella se agachó.

—No mires la sangre.

—Ya la vi.

La frase hizo que Alessandro sintiera una punzada en el pecho.

Ese niño hablaba como alguien que había visto demasiado.

Como alguien que aprendió a sobrevivir antes de entender por qué lo perseguían.

Elías, uno de los capitanes leales a Alessandro, entró corriendo al salón.

—Jefe, hay hombres en el jardín. No son nuestros.

Irina palideció.

Bianca miró hacia las ventanas.

—Rosetti.

Marco gritó:

—¡Eso es mentira!

Entonces los cristales del salón estallaron hacia dentro.

Hombres con máscaras negras entraron disparando.

La cena se convirtió en guerra.

Alessandro tomó a Luca en brazos sin pedir permiso. El niño se tensó, asustado, pero no lloró. Bianca se puso junto a ellos, navaja en mano.

—Por la cocina —ordenó Alessandro.

—No —dijo Bianca—. La cocina tiene salida cerrada. Van a esperarnos allí.

Alessandro la miró.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque yo habría hecho lo mismo.

Sin discutir, giró hacia el pasillo lateral.

Los hombres Vieri respondieron el ataque. El salón se llenó de humo, platos rotos, sangre y gritos. Bianca se movió sorprendentemente rápido pese a su herida. Cuando un atacante la alcanzó, ella le abrió la mano con la navaja y lo empujó contra una vitrina.

Alessandro la vio.

No era la Bianca que recordaba.

La mujer que amó cinco años atrás era dulce, orgullosa, fuerte pero aún capaz de creer en promesas.

Esta Bianca era otra cosa.

Una madre que había sobrevivido a una ejecución.

Una mujer que ya no esperaba ser salvada.

Lograron llegar al pasillo de servicio.

Luca se aferraba al cuello de Alessandro.

—¿Tú eres mi papá? —preguntó el niño en voz baja.

Alessandro sintió que esa pregunta le rompía más que cualquier bala.

—Sí.

Bianca lo miró de inmediato.

—Todavía no tienes derecho a responder eso.

Él aceptó el golpe.

—Tienes razón.

Pero Luca no apartó los ojos de él.

—Mamá dijo que mi papá estaba vivo, pero que no sabía mirar.

Alessandro cerró los ojos un segundo.

Bianca tomó una pistola del suelo.

—Y sigo pensándolo.

Antes de que pudieran salir, Marco apareció al final del pasillo con tres hombres.

—Entrega al niño, Alessandro.

El mundo se detuvo.

Alessandro levantó el arma.

—Repite eso.

Marco sonrió.

—Ese niño no es solo tu hijo. Es el último heredero legítimo de la línea Serrano. Con él vivo, Irina no puede tomar el control del puerto sur. Con Bianca viva, tampoco.

Bianca apuntó también.

—Gracias por confesar tan rápido.

Marco abrió los ojos.

Demasiado tarde.

Luca sacó de su bolsillo un pequeño grabador.

Bianca sonrió.

—Mi hijo aprendió a sobrevivir escuchando.

Alessandro miró al niño.

Y por primera vez sintió orgullo.

Luego empezó el tiroteo.

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