LA MUJER QUE VOLVIÓ AL FUNERAL DEL CAPO CON LAS MANOS ENSANGRENTADAS La dieron por muerta para robarle el imperio… pero volvió justo cuando su esposo iba a heredar la mafia de su padre – PARTE 7

PARTE 7

El consejo bajo la lluvia

El consejo Bellini se reunió bajo la lluvia.

No en una sala elegante.

No en la mansión.

No en una iglesia.

Se reunieron en el patio exterior mientras la casa ardía detrás, porque nadie se atrevió a esperar al día siguiente. Demasiados hombres habían visto a Aurelio vivo. Demasiados habían visto a Marco activar el incendio. Demasiados habían visto a Elena salir del fuego con un niño en brazos y sangre en la cara.

Aurelio llegó en una ambulancia privada, pálido, vendado, casi temblando de dolor.

Pero vivo.

Bruno quiso impedirle bajar.

—Don Aurelio, debería estar acostado.

El viejo lo miró.

—He dirigido reuniones con tres balas en el cuerpo. No me insultes por una.

Elena, sentada sobre el escalón de piedra, se vendaba la mano rota con dificultad. Tenía el vestido quemado en un costado, sangre seca en el cuello y hollín en el rostro.

Aurelio la miró.

—Te dije que me dejaras morir.

—Y yo decidí ignorarlo. Otra vez.

—Eres insoportable.

—Usted también.

El viejo sonrió apenas.

Luego levantó la mano.

El patio quedó en silencio.

Los capitanes Bellini estaban reunidos. Algunos leales a Aurelio. Otros a Marco. Algunos a nadie, esperando ver quién sangraba menos al final.

Lucía Moretti fue llevada esposada.

Dario fue arrastrado con la pierna vendada y el rostro hinchado.

Marco apareció último, sostenido por dos hombres, con la pierna herida, el hombro sangrando y los ojos llenos de odio.

Aurelio lo miró durante largo rato.

—Mi hijo.

Marco levantó la barbilla.

—Padre.

—Intentaste matarme.

—Intenté heredar.

Elena soltó una risa amarga.

Aurelio no rió.

—Eso dijiste como si fuera diferente.

Marco miró a los capitanes.

—El viejo está débil. Ella lo manipula. Elena no es Bellini. Es una Vargas metida en nuestra sangre.

Elena se levantó.

Le dolió todo.

Pero se levantó.

—Tienes razón. No nací Bellini.

Sacó el anillo negro del bolsillo.

Todos miraron la joya.

—Pero Aurelio me dio algo que tú nunca tuviste.

Marco rio.

—¿Amor?

Elena negó.

—Confianza.

Aurelio habló:

—Elena Vargas Bellini será testigo principal contra mis hijos Marco y Dario. Hasta que el consejo decida sucesión, el anillo queda fuera de sus manos.

Un capitán llamado Renato dio un paso.

—Con respeto, Don Aurelio, la familia necesita jefe. Si usted muere esta noche…

Elena se giró hacia él.

—No murió cuando lo dispararon, lo metieron en un ataúd y le incendiaron la casa. Quizá espera hasta mañana.

Algunos hombres bajaron la mirada para ocultar una sonrisa.

Aurelio tosió.

—Elena.

—Qué?

—Estoy intentando parecer solemne.

—Le sale fatal.

Por primera vez, algunos capitanes rieron de verdad.

Eso enfureció a Marco.

—¡No ven lo que hace! ¡Los debilita! ¡Los hace reír mientras la familia se quema!

Elena lo miró.

—No, Marco. La familia se quemó porque tú preferiste cenizas antes que aceptar que tu padre no te eligió.

Marco gritó y se lanzó hacia ella.

No llegó.

Bruno lo golpeó en el estómago y lo puso de rodillas.

Aurelio cerró los ojos.

Ese golpe le dolió más al padre que al capo.

—Marco Bellini queda detenido bajo custodia del consejo por intento de parricidio, conspiración de sucesión y asesinato planificado de Elena Vargas Bellini.

Dario gritó:

—Padre!

Aurelio lo miró.

—Tú también.

Dario se quedó mudo.

Lucía intentó hablar.

Elena la interrumpió.

—Tú puedes llorar después. Se te da bien fingir.

Aurelio tomó aire.

—El consejo se reunirá mañana con pruebas completas. Esta noche nadie sale de la propiedad.

Renato preguntó:

—Y el anillo?

Aurelio miró a Elena.

Ella extendió la mano.

El viejo puso el anillo negro sobre su palma ensangrentada.

Los murmullos volvieron.

Elena lo miró, sorprendida.

—Qué hace?

Aurelio respondió:

—Dárselo a la única persona que hoy no intentó usarlo para matar a alguien de mi sangre.

Elena sostuvo el anillo.

No se lo puso.

No todavía.

Porque entendió el peso.

La lluvia caía sobre todos.

La mansión ardía detrás.

Y Marco Bellini, de rodillas en el barro, miró la mano ensangrentada de la mujer que había intentado matar.

El anillo familiar descansaba allí.

No como premio.

Como amenaza.

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