PARTE 4
El libro de sangre del Club Aurora
Rafael llevó a Celia por un pasillo lateral mientras el salón se hundía en caos.
—Necesitamos el libro —dijo él.
—¿Qué libro?
—El libro de sangre. El registro real de Aurora. Ventas, deudas, matrimonios forzados, asesinatos encargados, votos transferidos.
Celia sintió náuseas.
—¿Mi nombre está ahí?
Rafael la miró.
—Sí. Pero el tuyo no es el único.
Bajaron por escaleras de servicio hasta la cámara baja del club. En el camino encontraron a una mujer joven esposada a una silla. Tenía un vestido azul roto y el rostro golpeado.
—Mi esposo perdió una deuda —susurró ella.
Celia apretó la navaja.
—¿También te iban a vender?
La mujer bajó la mirada.
Rafael rompió las esposas.
—Escalera oeste. Mis hombres están allí.
La mujer miró a Celia.
—¿Tú quién eres?
Celia respiró hondo.
—La última mujer que subieron a ese escenario.
Siguieron hasta una puerta blindada.
Rafael abrió el panel con una herramienta.
—¿También eres ladrón?
—Capo. Es parecido, pero con mejor ropa.
La puerta se abrió.
Dentro había una sala circular. En el centro, sobre una mesa de hierro, descansaba un libro enorme de cuero negro.
Celia lo abrió.
Página tras página, encontró nombres de mujeres, esposas, hijas, viudas, niñas convertidas en pago, hombres convertidos en dueños.
Hasta que vio su nombre.
CELIA RIVERA.
Valor estimado: puerto norte, voto hereditario, matrimonio transferible.
Autorización: Esteban Rivera.
Beneficiaria secundaria: Rebeca Rivera.
Eliminación previa: Bruno Salvatierra.
Celia sintió que la rabia le temblaba en las manos.
Debajo había una línea escrita recientemente:
“Si la heredera resiste, muerte accidental antes del amanecer.”
Rafael cerró el libro.
—Tenemos que irnos.
Celia arrancó la página con su nombre.
—No sin esto.
Entonces la puerta se cerró detrás de ellos.
La voz de Mauro Greco sonó por un altavoz:
—Señorita Rivera, los lotes no revisan la contabilidad.
Gas empezó a salir por las rejillas.
Rafael corrió hacia el panel de la puerta.
Celia tomó una silla de hierro y empezó a golpear la ventilación.
—¿Qué haces? —preguntó él.
—Respirar por otro lado.
—Eso no es un plan.
—Bienvenido a mi noche.
El gas quemaba la garganta.
Rafael logró envolver el libro en su chaqueta y empujarlo por el conducto que Celia abrió.
—Tú primero —dijo.
—El libro primero.
—Bruno dijo que harías esto.
Celia se detuvo.
—No uses su nombre.
—No lo uso. Lo cumplo.
Ella subió al conducto.
Rafael la siguió justo cuando hombres con máscaras entraban disparando.
Una bala rozó la pierna de Celia.
Ella apretó los dientes y siguió arrastrándose.
No pensaba morir allí.
No después de haber visto el precio que le pusieron.
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