PARTE 3
La prometida que conocía la foto
Miranda soltó la fotografía apenas se dio cuenta de que todos la miraban.
Demasiado tarde.
Leonardo la había visto.
También vio la sangre en su mano.
—¿Por qué tienes esa foto?
Miranda respiró rápido.
—Yo… la tomé de la mesa cuando las luces se apagaron. Alguien me cortó.
Elena miró su mano.
—Qué curioso. Siempre sangras justo cuando necesitas parecer víctima.
Beatriz golpeó la mesa.
—Basta. Esta mujer aparece después de cinco años con documentos falsos y un niño que nadie conoce. Leonardo, llama a seguridad.
Leonardo no miró a su madre.
Seguía mirando a Elena.
—¿Dónde está el niño?
Elena cerró la carpeta.
—Seguro.
—Elena.
—No tienes derecho a exigirme eso.
La frase lo golpeó.
Miranda intentó acercarse a él.
—Leonardo, escúchame. Esto es una trampa. Si de verdad tuvo un hijo, ¿por qué no vino antes?
Elena respondió:
—Porque la última vez que confié en esta familia, desperté con una cicatriz y un certificado de defunción preparado.
Los invitados murmuraban cada vez más fuerte.
Algunos grababan con teléfonos.
Beatriz lo notó y palideció.
—Esto se acabó.
Hizo otra señal.
Esta vez, cuatro hombres avanzaron.
Elena no se movió.
Leonardo levantó la mano.
—Nadie la toca.
Los hombres se detuvieron.
Beatriz lo miró con furia.
—¿Vas a protegerla después de todo lo que hizo?
Leonardo habló bajo:
—Voy a escucharla.
Elena lo observó con una mezcla de dolor y desprecio.
—Cinco años tarde.
Él aceptó el golpe.
—Sí.
Esa respuesta la desarmó más de lo que esperaba.
Prefería que discutiera.
Prefería que la llamara mentirosa.
Prefería odiarlo sin fisuras.
Pero Leonardo parecía tan destruido como ella.
Eso no lo absolvía.
Solo lo hacía más difícil.
De pronto, una camarera real corrió hacia Elena y le susurró algo al oído.
Elena se quedó rígida.
—¿Qué pasó?
La joven miró a Leonardo con miedo.
—El coche donde estaba el niño… no responde.
Elena sintió que el suelo desaparecía.
—Mateo.
Leonardo se movió de inmediato.
—¿Dónde está?
Elena lo miró con odio.
—No.
—Elena, si mi hijo está en peligro…
—Tu hijo estuvo en peligro desde antes de nacer y tú firmaste comunicados llamándome ladrona.
Él cerró los ojos, pero no retrocedió.
—Entonces ódiame en el coche. Ahora dime dónde está.
La alarma de incendios del hotel empezó a sonar.
No había fuego.
Era distracción.
Elena miró hacia Miranda.
La prometida ya no estaba.
Beatriz tampoco.
La carpeta seguía sobre la mesa.
Pero faltaba una hoja.
La dirección de la casa segura.
Elena sintió que la rabia le llenaba la garganta.
Leonardo también lo entendió.
—Miranda.
Elena tomó la pistola pequeña escondida bajo la bandeja de servicio.
Leonardo la vio.
—¿Sabes usar eso?
Ella lo miró.
—Cinco años sin ti me enseñaron muchas cosas.
Y salió corriendo del salón.
Leonardo fue detrás.
Por primera vez en cinco años, corrían hacia el mismo lugar.
Pero no como esposos.
Como dos padres que quizás ya llegaban demasiado tarde.
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