PARTE 7
El verdadero enemigo
Darío Santoro no quería matar a Mateo.
Quería presentarlo.
Esa fue la parte más perversa.
El niño no era solo heredero biológico de Alejandro. También era la prueba viva de que Valentina no huyó, no traicionó y no robó. Si Mateo aparecía bajo control de Darío, podía usarlo para destruir a los Salvatore y quedarse con el imperio completo.
Mauro llevó al niño al viejo teatro Santoro, donde antiguamente las familias firmaban pactos.
Valentina llegó con Alejandro, Gabriel y Bianca.
Sí.
Bianca.
Valentina no confiaba en ella.
Pero Bianca conocía a Mauro.
Y una mujer traicionada por su propio monstruo podía ser útil.
El teatro estaba oscuro.
Butacas rotas.
Telones viejos.
Lámparas oxidadas.
Olor a polvo y sangre reciente.
En el escenario, Mateo estaba sentado en una silla.
No atado.
Eso era peor.
Darío Santoro estaba detrás de él, con una mano sobre su hombro.
Hombre elegante, cabello gris, sonrisa de depredador educado.
—Valentina Cruz —dijo—. La muerta más incómoda de la ciudad.
Valentina levantó el arma.
—Quita la mano de mi hijo.
Darío sonrió.
—Tu hijo? Qué palabra tan pequeña para un activo tan grande.
Alejandro dio un paso.
—Santoro.
—Alejandro. Siempre tan lento. Tu esposa vuelve de la tumba, tu madre te traiciona, tu prometida duerme con tu jefe de seguridad y aún así llegas después de todos.
Valentina no pudo evitarlo.
—En eso tiene razón.
Alejandro la miró.
—No ayuda.
—No intentaba.
Darío rio.
—Me gusta ella. Debiste creerle.
Alejandro no respondió.
Porque no podía.
Darío levantó una carpeta.
—Tengo acciones compradas durante tu caída. Tengo contratos firmados por Marcela. Tengo pruebas del fraude de Valentina. Falsas, claro, pero legalmente útiles. Y ahora tengo al niño.
Mateo habló:
—No me tiene. Estoy sentado.
Valentina casi sonrió.
Darío miró al niño.
—Valiente.
—Mi mamá más.
Darío volvió a mirar a Valentina.
—Eso parece.
Mauro apareció en un balcón lateral con un rifle.
Bianca tembló.
Valentina susurró:
—Tu turno.
Bianca tragó saliva.
Luego gritó hacia arriba:
—Mauro!
Él la miró.
Ese segundo bastó.
Gabriel disparó al reflector sobre el balcón. El vidrio cayó. Mauro retrocedió. Alejandro disparó hacia su posición.
El teatro explotó en caos.
Hombres de Santoro salieron desde los pasillos. Valentina corrió hacia Mateo. Dos atacantes la interceptaron. Ella disparó al primero en la pierna. El segundo la golpeó contra una butaca. Sintió la costilla arder, pero le clavó el cuchillo en el brazo y lo derribó.
Alejandro peleaba en el pasillo central, sangrando por la ceja.
Bianca, contra todo pronóstico, tomó un arma del suelo y disparó a un hombre que iba hacia Mateo.
—No soy buena —gritó—, pero tampoco soy tuya, Mauro!
Mauro, furioso, bajó del balcón.
Darío intentó arrastrar a Mateo hacia una puerta trasera.
Valentina se lanzó sobre él.
Cayeron al escenario.
Darío era viejo, pero fuerte. Le golpeó el rostro. Ella sintió sangre en la boca. Respondió clavándole los dedos en la herida del cuello que Gabriel le había hecho antes de llegar.
Darío gritó.
Mateo corrió hacia Alejandro.
Por primera vez, el niño eligió correr hacia él.
Alejandro lo tomó en brazos y lo cubrió con su cuerpo mientras una bala golpeaba la madera cerca.
Valentina lo vio.
Un segundo.
No perdón.
Pero sí registro.
Alejandro protegió a Mateo antes que a sí mismo.
Mauro apareció detrás de Bianca.
Le puso un arma en la cabeza.
—Suelta la pistola o le abro la garganta.
Bianca lloró.
Valentina apuntó.
Mauro sonrió.
—Tú no disparas tan bien.
Valentina respondió:
—No.
Y disparó al suelo.
La bala rebotó en una placa metálica rota y golpeó a Mauro en la pierna.
Él cayó gritando.
Bianca se apartó y le golpeó la cara con la culata.
—Eso fue por mi hijo.
Silencio.
Incluso Valentina la miró.
Darío, en el suelo, empezó a reír.
—Esto no termina aquí.
Valentina se acercó.
—No.
Le puso el arma en la frente.
—Termina cuando mi hijo duerma sin aprender nombres de enemigos.
Darío dejó de reír.
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