PARTE 4
Primera partida: el padre
De vuelta en La Dama Roja, Valeria mezcló las cartas con calma.
—Primera partida —dijo—. Don Esteban Luna.
Su padre no se movió.
Seguía sentado con el bastón entre ambas manos, intentando parecer indignado y no aterrorizado.
—Esto es un teatro ridículo —dijo—. Si querías dinero, pudiste pedirlo.
Valeria lo miró.
—Padre, usted me vendió antes de que yo aprendiera a pedir.
La mesa quedó helada.
Ella repartió tres cartas boca abajo frente a él.
—Levante una.
—No voy a participar en esta locura.
Valeria tocó un botón bajo la mesa.
En la pantalla apareció un contrato.
Garantía de deuda.
Acciones Luna.
Beneficiario: Octavio Rivas.
Condición de activación: muerte civil de Valeria Luna antes de la unión matrimonial.
Mateo miró a Don Esteban.
—Usted vendió sus acciones?
Esteban respondió:
—Era una reestructuración temporal.
Valeria rio.
—Curiosa palabra para vender a una hija.
Octavio levantó las manos.
—Yo solo soy prestamista.
Valeria giró hacia él.
—Su turno llegará.
Don Esteban golpeó la mesa.
—Tú no entiendes lo que hice por la familia.
—Sí entiendo. Debía dinero. Yo valía más muerta que casada.
El silencio fue brutal.
Inés bajó la mirada.
Valeria lo vio.
—Ah. Mi hermana ya lo sabía.
Inés susurró:
—No todo.
Valeria levantó una ceja.
—Jugaremos eso después.
Don Esteban intentó levantarse.
Dos guardias del casino lo obligaron a sentarse.
Él miró a Valeria con odio.
—No eres una reina. Eres una niña resentida jugando con cartas.
Valeria se inclinó.
—No, padre. La niña murió en la iglesia.
Sacó una ficha roja y la puso sobre la mesa.
—La mujer que volvió compró el casino con el dinero que usted perdió.
El rostro de Esteban cambió.
—Qué?
Valeria sonrió.
—Octavio no fue el único prestamista de esta ciudad.
Miró a todos.
—Durante cinco años aprendí algo: si quieres destruir a hombres que aman apostar, no les apuntes al corazón.
Puso otra ficha roja.
—Cómprales la mesa.
La pantalla mostró cuentas bancarias.
Valeria Luna, bajo empresas fantasma, había comprado parte de la deuda de Esteban y del propio casino donde Octavio lavaba dinero.
Octavio se levantó de golpe.
—Imposible.
Valeria giró hacia él.
—Segunda partida.
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