PARTE 6
La estación fantasma
El Expreso 309 avanzó dentro del túnel hacia una vía secundaria.
Lucía conocía esa ruta.
No figuraba en los mapas comerciales.
Se llamaba Estación Santa Bruma.
Una plataforma abandonada usada durante décadas para mantenimiento.
Y, según los archivos que había encontrado, para bajar personas que oficialmente nunca viajaron.
Rojas sonrió.
—Si llegamos a Santa Bruma, esto termina.
Lucía respondió:
—Si llegamos a Santa Bruma, empieza.
El tren salió del túnel hacia una estación subterránea cubierta de polvo. Luces amarillas iluminaron una plataforma vieja. Había hombres esperando junto a una furgoneta.
Más maletas.
Más documentos.
Más vidas listas para ser borradas.
Lucía abrió las puertas manualmente antes de que Rojas pudiera ordenar lo contrario.
Los agentes federales que iban infiltrados entre pasajeros salieron primero.
Se armó una pelea en la plataforma.
Rojas intentó escapar hacia la furgoneta.
Violeta apareció desde la cabina con una llave inglesa en la mano y lo golpeó en la muñeca. La pistola cayó.
—Eso es por mi hermana —dijo.
Rojas la empujó contra una columna.
Lucía corrió hacia él.
Él la golpeó en el rostro.
La cicatriz junto al ojo se abrió un poco.
Sangre.
Vieja y nueva.
Lucía escupió al suelo.
—Siete años y pega igual de cobarde.
Rojas sacó un cuchillo pequeño de la bota.
Nicolás gritó:
—Lucía!
Ella no miró.
Rojas atacó.
Lucía esquivó por poco. La hoja le abrió el abrigo. Ella tomó su brazo, giró y lo golpeó contra el borde metálico de la plataforma. El cuchillo cayó a las vías.
Rojas intentó lanzarla al suelo.
La misma sensación de la noche en que cayó del tren volvió a su cuerpo.
Viento.
Metal.
Oscuridad.
Pero esta vez no estaba sedada.
Esta vez no estaba sola.
Violeta golpeó a Rojas por detrás.
Lucía lo derribó y le puso la rodilla sobre el pecho.
—Mire bien, capitán.
Le mostró su viejo boleto.
—La próxima vez que registre a alguien como muerta, asegúrese de que no vuelva con jurisdicción federal.
Los agentes lo esposaron.
En la plataforma, encontraron más mujeres escondidas en un cuarto de servicio. Algunas no hablaban español. Otras no recordaban el nombre falso que les habían dado. Una sostenía un pasaporte con la foto de Lucía.
Alma vio ese pasaporte y se quebró.
—Yo usé uno igual.
Lucía la miró.
—Lo sé.
Alma empezó a llorar.
—No fui la primera.
—No.
—Ni la última.
—Por eso estás viva. Para declarar.
Nicolás se acercó a Lucía.
—Yo también declararé.
Ella lo miró.
—No por mí.
—No.
Él observó a las mujeres rescatadas.
—Por ellas.
Lucía no respondió.
Pero no lo contradijo.
La estación fantasma, por primera vez en años, estaba llena de testigos vivos.
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