PARTE 3
La noche del intercambio
Catalina no contó la historia en la biblioteca.
Octavio intentó detenerla.
—Catalina, no.
Ella lo miró con una rabia vieja.
—Callé veintidós años por esta casa. Esta noche no.
Renata retrocedió hasta el escritorio.
Mariela seguía de pie, con la mano sangrando.
No pidió una venda.
No sentía el corte.
Catalina respiró hondo.
—La señorita Beatriz era la única hija de Don Octavio. Inteligente, terca, demasiado buena para esta familia. Se enamoró de un músico pobre, Daniel Santos.
Mariela sintió el apellido como un golpe.
Santos.
—¿Mi padre?
Catalina asintió.
—Tu padre real.
Octavio apretó la mandíbula.
—Ese hombre quería aprovecharse.
Catalina se giró hacia él.
—Ese hombre la amaba. Usted no soportó que ella eligiera algo que no podía comprar.
Octavio no respondió.
Catalina continuó:
—Beatriz quedó embarazada. Don Octavio la encerró en esta mansión durante los últimos meses. Dijo que era por su salud. Era mentira. Era para evitar que Daniel la sacara de aquí.
Mariela miró el retrato.
La mujer de ojos tristes.
Su madre.
—¿Qué pasó cuando nací?
Catalina tragó saliva.
—Naciste de madrugada, en esta casa. No en un hospital. Don Octavio no quería registros públicos. La partera trajo dos bebés esa noche.
Renata dejó escapar un sonido.
Mariela la miró.
Catalina siguió:
—Una era tú. Hija de Beatriz. La otra era una niña recién nacida de una mujer que murió en el parto en un barrio pobre. La partera dijo que la bebé no tenía familia.
Renata gritó:
—¡Cállate!
Catalina lloró, pero siguió:
—Don Octavio ordenó el intercambio.
Mariela sintió que el aire desaparecía.
—¿Por qué?
Octavio habló al fin.
—Porque Beatriz estaba inestable. Quería huir con ese hombre, llevarse el apellido, las acciones, todo. Si se iba contigo, Daniel Santos tendría acceso a la herencia.
—Era mi padre.
—Era un peligro.
Mariela dio un paso hacia él.
—Yo era una bebé.
Octavio no la miró.
—Precisamente.
Catalina se limpió las lágrimas.
—A ti te enviaron al orfanato Santa Clara con el apellido Santos. A Renata la pusieron en la cuna de Beatriz.
Renata empezó a respirar con dificultad.
—No. No. Yo soy una Valcárcel.
Mariela la miró.
—No lo sabías?
Renata tembló.
Pero no respondió.
Catalina bajó la mirada.
—Beatriz lo supo.
La habitación quedó en silencio.
—¿Cómo? —preguntó Mariela.
—Una madre sabe. Vio que la bebé no tenía tu marca. Preguntó. Gritó. Intentó salir de la mansión para buscarte. Don Octavio llamó a médicos, abogados, guardias. Dijeron que estaba delirando después del parto.
Mariela sintió náuseas.
El patrón era viejo.
Llamar loca a una mujer que dice la verdad.
—¿Y mi madre?
Catalina miró hacia la ventana.
—Desapareció tres meses después.
Octavio golpeó el bastón contra el suelo.
—Se fue.
Catalina negó.
—No. Usted dijo que se fue. Pero la señorita Beatriz dejó esa caja fuerte. Dejó pruebas. Dejó sangre en la escalera trasera. Y Daniel Santos apareció muerto una semana después en un supuesto asalto.
Mariela cerró los ojos.
Padre muerto.
Madre desaparecida.
Ella en un orfanato.
Renata en su casa.
Octavio seguía hablando como si todo hubiera sido administración.
—Yo salvé el apellido.
Mariela abrió los ojos.
—No. Usted robó una vida.
Renata, con lágrimas de rabia, señaló a Mariela.
—¿Y qué quieres ahora? ¿Mi habitación? ¿Mi ropa? ¿Mi nombre?
Mariela la miró con una calma que la asustó.
—No.
Recogió la prueba de ADN del suelo.
—Quiero saber dónde está mi madre.
Octavio se quedó inmóvil.
Demasiado inmóvil.
Mariela lo notó.
—Está viva.
Catalina se llevó una mano al pecho.
—¿Qué?
Octavio no respondió.
Mariela avanzó hacia él.
—¿Dónde está Beatriz Valcárcel?
En ese momento, las luces de la mansión se apagaron.
Desde el pasillo, alguien gritó.
Un golpe.
Cristal roto.
Y luego una voz masculina desde la oscuridad:
—Nadie abre tumbas que esta familia pagó para cerrar.
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