PARTE 4
La habitación bajo la escalera
La mansión quedó a oscuras.
Renata gritó.
Catalina tomó a Mariela del brazo y la empujó hacia detrás del escritorio.
—Agáchate.
Un disparo rompió el cristal de la biblioteca.
No fue al azar.
Alguien apuntaba a la caja fuerte.
Los documentos volaron por el aire.
Mariela se lanzó al suelo, sujetando la foto y el ADN contra el pecho.
Octavio gritó desde la puerta:
—¡No disparen! ¡Está mi nieta aquí!
Mariela escuchó esa palabra.
Nieta.
La dijo sin pensar.
Demasiado tarde.
Renata también la escuchó.
—¿Tu nieta? —susurró.
El dolor en su voz no era fingido.
Por primera vez, Renata no parecía cruel.
Parecía una niña a la que acababan de quitarle el suelo.
Otro disparo.
Catalina abrió una puerta secreta detrás de los libros.
—Por aquí.
Mariela la siguió.
—¿Qué es esto?
—La señorita Beatriz usaba pasadizos cuando quería escapar de los guardias de su padre.
Bajaron por una escalera estrecha. El aire olía a humedad y piedra vieja. Renata, sorprendentemente, las siguió.
—No pienso quedarme arriba para que me maten.
Mariela no discutió.
No había tiempo.
El pasadizo las llevó a una habitación bajo la escalera principal. No era bodega. Era una celda elegante: cama estrecha, escritorio, velas gastadas, una manta vieja y paredes llenas de marcas.
Mariela tocó una de las marcas.
Fechas.
Años.
Frases escritas con uñas, carbón y lápiz.
“Mariela vive.”
“Daniel no murió por accidente.”
“Catalina, si algún día la encuentras, dile que no la abandoné.”
“Renata no tiene la culpa, pero Octavio sí.”
Mariela dejó de respirar.
—Mi madre estuvo aquí.
Catalina lloraba en silencio.
—Yo no sabía que la encerraron aquí después. Juro que no lo sabía. Don Octavio me dijo que Beatriz se había escapado.
Renata leyó una frase en la pared.
“Renata no tiene la culpa.”
Se quedó inmóvil.
—Ella escribió mi nombre.
Mariela la miró.
Renata tocó las letras con los dedos.
—Yo pensé que era una loca.
La frase salió rota.
No como excusa.
Como descubrimiento horrible.
Mariela encontró un cajón en el escritorio.
Dentro había una cinta de audio antigua y una llave.
Catalina tomó la cinta.
—Hay un reproductor en la sala de música.
Renata miró hacia el techo.
Arriba se escuchaban pasos.
Hombres moviéndose por la mansión.
—No vamos a llegar.
Mariela tomó una barra de hierro apoyada junto a la pared.
Renata la miró.
—¿Sabes usar eso?
Mariela respondió:
—He limpiado esta mansión durante seis años. Sé dónde duele cada esquina.
Salieron por otro pasadizo hacia la cocina.
Allí encontraron a uno de los hombres armados revisando cajones.
Mariela no esperó.
Le golpeó la mano con la barra. El arma cayó. Renata, impulsiva, le lanzó una olla hirviendo que estaba sobre la estufa apagada pero aún caliente. El hombre gritó. Catalina tomó el arma y apuntó con manos temblorosas.
—No se mueva.
Mariela miró a Renata.
—Buena puntería.
Renata respiraba rápido.
—No fue por ti.
—Claro.
Pero las dos entendieron que algo había cambiado.
Llegaron a la sala de música.
Catalina puso la cinta.
Primero, ruido.
Luego una voz.
Débil.
Pero viva en la grabación.
Beatriz Valcárcel.
“Si alguien escucha esto, mi padre me quitó a mi hija. La niña que está en la cuna no es mía, pero tampoco es culpable. Se llama Renata. Mi hija verdadera tiene una marca de luna en la muñeca. La llamé Mariela antes de que me la arrancaran.”
Mariela se cubrió la boca.
La voz continuó:
“Daniel está muerto. No fue un asalto. Fue Lorenzo Ibarra, el abogado de mi padre. Él organizó todo. Si desaparezco, búsquenme donde los Valcárcel esconden lo que no pueden vender.”
La cinta terminó con un golpe.
Luego silencio.
Catalina susurró:
—Lorenzo Ibarra viene mañana a tasar la biblioteca.
Renata levantó la vista.
—No viene a tasar.
Mariela apretó la llave encontrada.
—Viene a borrar lo que queda.
Entonces Octavio apareció en la puerta, herido en la frente.
—Lorenzo ya está aquí.
Y detrás de él, una voz de hombre mayor dijo:
—Qué conmovedor. Las niñas intercambiadas por fin se conocieron.
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