EL CEO QUE CANCELÓ SU BODA CUANDO LA PERFUMISTA QUE TODOS HUMILLABAN LE ENTREGÓ EL FRASCO QUE SU MADRE MURIÓ PROTEGIENDO – PARTE 2

PARTE 2

La hija de la mujer a la que todos llamaron traidora

—Habla —dijo Adrián, todavía sin apartar los ojos del frasco.

La voz del CEO no sonó furiosa.

Sonó peligrosa.

Helena se adelantó, apretando el ramo con tanta fuerza que algunas flores se doblaron.

—Adrián, esto es ridículo. La seguridad tiene que sacar a esta persona.

Alma no la miró.

Había esperado demasiado tiempo para perder valor por una mujer vestida de blanco.

—Mi nombre es Alma Duarte —dijo con la voz tensa, pero firme—. Soy hija de Lucía Duarte.

Un murmullo recorrió la capilla.

Los más viejos reconocieron el apellido de inmediato. Algunos se miraron como si hubieran visto entrar a un fantasma. Otros fruncieron el ceño, incómodos, como si el simple sonido de ese nombre les recordara algo que preferían haber olvidado.

El tío de Adrián, Enrique Salvat, dio un paso adelante.

Era un hombre elegante, de cabello plateado, sonrisa administrativa y ojos demasiado vacíos.

—Eso explica la escena. Está resentida.

Alma lo señaló sin temblar.

—Y usted está nervioso.

Helena soltó una risa seca.

—Esto es absurdo.

Pero Adrián levantó una mano.

Y el silencio volvió a caer.

—¿Qué quieres? —preguntó él, esta vez mirando directamente a Alma.

Ella sostuvo la mirada del hombre del que toda la ciudad decía que nunca perdía el control.

Era atractivo, sí. Impecable, sí. Frío, sí. Pero en ese instante, más que CEO parecía un hijo escuchando un eco enterrado demasiado tiempo.

—No vengo a pedir dinero —dijo Alma—. No vengo a destruir tu boda por despecho ni a cobrar una deuda sentimental.

Apretó el frasco.

—Vengo a decirte que tu madre dejó una prueba antes de morir. Y que mi madre no incendió ese laboratorio. La culparon para robarle la fórmula de este perfume.

Helena negó con la cabeza.

—Mentira.

Enrique sonrió, demasiado rápido.

—Lucía Duarte fue investigada. El caso se cerró.

—Claro —respondió Alma—. Lo cerraron ustedes.

Adrián bajó lentamente del altar.

La prensa contenía la respiración. Los invitados apenas parpadeaban. El cuarteto de cuerdas había dejado de tocar hacía rato.

—Muéstrame la prueba —dijo él.

Helena lo sujetó del brazo.

—No puedes estar hablando en serio.

Él se soltó sin brusquedad, pero también sin mirarla.

—He dicho que me la muestre.

Alma le entregó el frasco.

Adrián lo tomó como si sostuviera un objeto imposible.

Lo acercó apenas al rostro.

Y algo cambió en él.

No fue teatral.

No fue exagerado.

Fue peor.

Su expresión dejó de pertenecer al presente.

—Mi madre usaba esto —murmuró—. Lo llevaba solo cuando estaba sola en casa.

Alma tragó saliva.

—Porque no quería que lo reconocieran. En el cuaderno que encontré, tu madre dice que Lucía creó Luna de Sangre y que Enrique quería apropiarse de la fórmula usando el incendio como coartada.

Enrique dio un paso adelante.

—Eso es una manipulación. Mi cuñada estaba enferma. Sus recuerdos no eran fiables al final.

Adrián giró la cabeza tan despacio que hasta los invitados se tensaron.

—Mi madre no estaba enferma.

—Adrián… —intervino Helena, ahora menos serena—. Estamos en plena ceremonia.

—Precisamente.

Él alzó la voz por primera vez.

—Y mi prometida está preocupada por la ceremonia mientras alguien entra con un perfume que mi madre llevaba oculto y una acusación directa contra mi familia.

Helena se quedó muda.

Adrián se volvió hacia Alma.

—¿Hay más?

Alma sacó de su bolso el pequeño casete y el cuaderno.

—Sí.

Los ojos de Enrique bajaron apenas un segundo hacia el casete.

Ese pequeño gesto fue suficiente para que Alma supiera que había acertado.

Adrián también lo vio.

Se giró hacia el director legal de la familia.

—Cancela todo.

—¿La boda? —preguntó el hombre, pálido.

—Todo.

Helena retrocedió como si la hubieran abofeteado.

—¿Me estás humillando por una empleada?

Adrián la miró por fin.

—No. Me estoy dando cuenta de que quizá llevo años siendo humillado por gente en la que confié.

Alma pensó que iba a sentir alivio.

Pero sintió miedo.

Porque con aquel gesto, Adrián Salvat no solo estaba deteniendo una boda.

Estaba abriendo una puerta.

Y detrás de esa puerta podía haber una verdad mucho más sucia de lo que ella misma estaba preparada para mirar.

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