EL CEO QUE CANCELÓ SU BODA CUANDO LA PERFUMISTA QUE TODOS HUMILLABAN LE ENTREGÓ EL FRASCO QUE SU MADRE MURIÓ PROTEGIENDO – PARTE 3

PARTE 3

El archivo de los aromas muertos

Adrián no llevó a Alma a la policía esa misma noche.

Tampoco la echó de la propiedad, como habría hecho cualquier hombre orgulloso intentando proteger su apellido.

La llevó al lugar más íntimo de toda la casa Salvat:

el archivo de aromas privados de su madre.

Era una habitación al fondo de la mansión principal, forrada de madera oscura, vidrio ahumado y estantes llenos de pequeños frascos etiquetados a mano. No era un laboratorio. Era casi un santuario. Un lugar donde Isabel Salvat guardaba muestras, pruebas y esencias que nunca llegaron al mercado.

Adrián abrió con una llave personal.

—Nadie entra aquí desde que ella murió —dijo.

Alma dudó un segundo antes de cruzar el umbral.

—Entonces ¿por qué yo sí?

Él cerró la puerta detrás de ambos.

—Porque si lo que trajiste es falso, quiero saberlo sin testigos. Y si es verdad… tampoco quiero testigos.

La respuesta fue tan fría como honesta.

A Alma, extrañamente, le gustó más así.

No necesitaba un salvador sentimental.

Necesitaba un hombre capaz de sostener la verdad aunque le destrozara el apellido.

Adrián puso el casete en un reproductor antiguo que seguía sobre una mesa.

La voz de Isabel volvió a llenar la sala.

Esta vez, más nítida.

“Enrique dice que la empresa necesita un lanzamiento más agresivo. Lucía se niega a firmar. Tiene miedo. Yo también. Si algo me pasa o si intentan decir que Lucía saboteó el laboratorio, no lo crean. La fórmula es de ella. Y Helena Ferrés ya sabía del acuerdo con Enrique antes de acercarse a Adrián.”

Alma se quedó helada.

Adrián apretó la mandíbula.

Helena.

No solo la novia perfecta.

También parte de la trama desde antes.

El casete siguió.

“Lucía me pidió que protegiera a Alma. Si ya es tarde para mí, ojalá alguien escuche esto antes de que mi hijo se case con la mujer equivocada.”

Cuando la grabación terminó, el silencio en la habitación pesó más que el cristal.

Adrián no habló durante varios segundos.

Alma tampoco.

El primer sonido vino de él, al abrir el cuaderno.

Era un cuaderno técnico, lleno de correcciones químicas, porcentajes, notas olfativas, fechas y márgenes con observaciones personales. Las primeras páginas estaban en la letra de Lucía Duarte. Las últimas, en la de Isabel Salvat.

La transición era clara.

Dos mujeres trabajando juntas.

No una robando a la otra.

Alma tocó una línea con la punta de los dedos.

—Esta letra es de mi madre.

—Y esta —dijo Adrián, señalando otra página— es de la mía.

Se quedó quieto.

—¿Sabías que tu madre trabajó codo a codo con la mía?

Alma negó con la cabeza.

—Solo sabía que admiraba a Isabel Salvat. Nunca me contó que eran aliadas.

Adrián soltó una risa amarga.

—Mi familia pasó años diciendo que Lucía era una empleada ambiciosa que intentó destruirnos.

—Mi barrio pasó años diciendo que tu familia la dejó morir y después compró silencio.

—Parece que, por una vez, el barrio fue más exacto.

La frase salió seca, casi rota.

Alma lo miró de perfil.

Por primera vez desde que lo conocía de lejos, dejó de ver al CEO perfecto de portadas.

Vio a un hombre al que le estaban desmontando la infancia, la boda y la memoria de su madre en una sola noche.

Adrián siguió revisando páginas.

De repente, se detuvo.

—Esto… —murmuró.

Mostró una hoja arrancada parcialmente y luego pegada con cinta envejecida. Debajo había un número de cuenta y la anotación:

“Transferencia de Helena Ferrés a E.S. Holdings. Verificar con Isabel. Enrique lo niega.”

Alma frunció el ceño.

—E.S. Holdings.

—Es una sociedad paralela de mi tío —respondió Adrián—. Oficialmente se dedica a distribución externa. Extraoficialmente, mi madre siempre decía que era un pozo donde desaparecía dinero.

Alma levantó la vista.

—Entonces Helena no se acercó a ti por amor.

Adrián la miró por fin.

—Nunca he sido tan ingenuo.

Ella sostuvo la mirada.

—Acabas de cancelar una boda en el altar. Yo diría que un poco sí.

Por un segundo, él casi sonrió.

Pero el gesto murió rápido.

Se apoyó en la mesa y respiró hondo.

—No basta con un casete y un cuaderno. Necesito más.

—Yo también.

—¿Por qué entraste a trabajar aquí?

Alma no dudó.

—Porque si la verdad vivía en algún lado, vivía donde todos fingían que mi madre fue culpable.

Adrián asintió lentamente.

—Entonces vamos a buscar lo demás.

—¿Juntos?

Él bajó la mirada al frasco de perfume todavía abierto.

—Mi madre te dejó a ti la llave de una verdad. A mí me dejó el desastre de no haber mirado antes. Sí, Alma. Juntos.

Y por primera vez en años, Alma sintió que no estaba entrando sola al lugar donde habían enterrado a su madre.

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