LA HEREDERA QUE FINGIÓ SER REPARTIDORA DURANTE TRES AÑOS, HASTA QUE SU EX LA HUMILLÓ EN LA SUBASTA Y SU NUEVO ESPOSO COMPRÓ TODO EL EDIFICIO – PARTE 4

PARTE 4

El anillo que parecía falso

A la mañana siguiente, Elena despertó con resaca emocional y un hombre en la cocina.

Damián estaba preparando café.

O intentándolo.

El olor indicaba delito.

—¿Eso es café o alquitrán?

—Energía líquida.

—Eso explica por qué el perro te ganó la salchicha.

Él sonrió.

Sobre la mesa había una pequeña caja negra.

Elena la vio.

—¿Qué es eso?

—Un anillo.

—¿Robado?

—Heredado.

—Por quién? ¿Un rey de los basureros?

—Algo así.

Abrió la caja.

Dentro había un anillo antiguo de oro oscuro, con una piedra azul profunda y un escudo grabado en el interior.

Elena reconoció el trabajo artesanal.

No era una joya barata.

Ni siquiera era “cara”.

Era de familia antigua.

Demasiado antigua.

—Damián…

—Te queda grande, lo sé. Lo arreglaré.

—¿De dónde sacaste esto?

—Te dije. Heredado.

Ella no insistió.

No quería descubrir que se había casado con un ladrón elegante.

O peor: con alguien tan rico que le había mentido desde el primer minuto.

Después de Nicolás, su tolerancia para identidades falsas estaba agotada.

—Tengo que ir a la conferencia de licitación —dijo ella.

Damián levantó una ceja.

—¿La misma donde te humillaron?

—La misma donde yo puse el contrato sobre la mesa sin que Nicolás lo supiera.

—Entonces vas a cancelarlo.

—Voy a mirar a los ojos al hombre que creyó que podía usarme y luego escupirme.

—Eso suena mejor.

—No vengas.

—Voy.

—No.

—Soy tu marido.

—Desde ayer.

—Los matrimonios jóvenes necesitan actividades juntos.

—No convertiré mi venganza en cita.

—Demasiado tarde.

Elena suspiró.

No tenía energía para discutir con un vagabundo guapo, terco y sospechosamente educado.

La conferencia se celebraba en el Hotel Imperial Norte, uno de los edificios más importantes del distrito financiero. Oficialmente pertenecía a un grupo neutral. En realidad, era propiedad de un fondo conectado a la familia Marqués.

Elena lo sabía.

Damián también.

Pero ninguno sabía que el otro lo sabía.

Al llegar, el personal de entrada detuvo a Elena.

—Invitación.

—Soy la organizadora del proceso.

El guardia la miró de arriba abajo.

—Claro. Y yo soy dueño del hotel.

Damián sonrió a su lado.

—Interesante. Yo también lo he dicho alguna vez.

Elena le dio un codazo.

En ese momento apareció Nicolás, impecable con un traje azul, Marina Luján a su lado.

—Elena —dijo con falsa paciencia—. No sigas avergonzándote.

Marina miró el anillo de Elena.

—Qué joya tan… teatral. ¿Viene con el disfraz de matrimonio?

Nicolás rió.

—¿De verdad trajiste a tu vagabundo?

Damián inclinó la cabeza.

—Prefiero esposo improvisado.

—Seguridad —ordenó Nicolás—. Saquen a estos dos. Huelen a calle.

Damián metió la mano en el bolsillo y sacó unas mentas.

Se las ofreció a Nicolás.

—Para tu boca. El problema no parece ser la calle.

Marina soltó un grito indignado.

Los guardias avanzaron.

Elena estaba a punto de llamar a Bruno cuando Damián levantó la mano con el anillo.

El jefe de protocolo lo vio.

Su rostro cambió.

—Ese sello…

Nicolás se burló.

—¿Ahora también van a fingir que es nobleza?

El jefe de protocolo tragó saliva.

—Es el sello de la familia Costa.

El silencio cayó.

Damián cerró la mano.

—Solo es un anillo.

Pero el daño estaba hecho.

Marina frunció el ceño.

—Costa como… ¿Costa Global?

Nicolás negó rápidamente.

—Imposible. El CEO de Costa Global no aparece en público. Y no sería este tipo.

Damián sonrió.

—Buena lógica.

El jefe de protocolo se inclinó ligeramente.

—Señor, disculpe. No sabíamos…

Damián lo interrumpió.

—Entonces aprendan rápido.

Elena lo miró.

—¿Qué fue eso?

—El anillo abre puertas.

—¿Qué puertas?

—Las molestas.

Ella entrecerró los ojos.

—Damián.

—Luego.

—Esa palabra siempre esconde problemas.

—Muchos.

Antes de que pudiera exigir respuestas, Nicolás volvió a atacar.

—Aunque entren, no podrán participar. Esta conferencia requiere verificación financiera. No basta con traer un anillo falso y una historia ridícula.

Elena sonrió.

Fría.

Por fin.

—Perfecto.

Miró a Damián.

—Entremos.

Porque si Nicolás quería verificación financiera, Elena estaba a punto de darle el espectáculo más caro de su vida.

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