PARTE 2
La prima que robó una noche ajena
Valeria Salazar no tardó en entender que la suerte, a veces, necesita manos rápidas.
Había esperado toda la noche al cliente que debía ocupar la habitación 203. Un hombre rico, desagradable y dispuesto a pagar por una chica “fresca de pueblo”. Pero el cliente apareció furioso al amanecer.
—¿Se están burlando de mí? —gritó—. Esperé toda la noche y vi a la chica saliendo de la habitación de al lado.
Valeria sintió que el suelo se movía.
—¿Al lado?
—La 202.
La habitación 202 no era de un cliente cualquiera.
Era de Sebastián Rivas.
El dueño de medio distrito financiero.
El hombre al que ningún club se atrevía a molestar.
El CEO que jamás llevaba mujeres a su casa y jamás repetía compañía.
Valeria corrió al pasillo.
Encontró la puerta entreabierta.
Y en el suelo, junto a la alfombra, el collar que le había prestado a Inés.
Por un segundo, pensó en devolverlo.
Solo un segundo.
Después pensó en la deuda, en el apartamento miserable, en las recepcionistas que la miraban por encima del hombro, en los vestidos que no podía comprar, en la vida que la ciudad le prometía a otras mujeres pero nunca a ella.
Inés siempre había tenido algo que irritaba a Valeria.
No dinero.
No elegancia.
No estudios.
Pero sí una fuerza limpia, absurda, de esas que hacen que la gente buena quiera protegerte y la gente mala quiera romperte.
Valeria cerró la mano alrededor del collar.
—Perdóname, primita —susurró—. Tú ni siquiera sabrías qué hacer con un hombre así.
Ese mismo día, Sebastián ordenó a su asistente, Bruno Herrera, encontrar a la dueña del collar.
Bruno investigó la joyería. El collar había sido comprado a nombre de Valeria Salazar.
Cuando Valeria recibió la llamada, ya estaba preparada.
Entró en la oficina privada de Sebastián con el vestido más caro que pudo alquilar, perfume intenso y una sonrisa que practicó durante horas.
—Señor Rivas —dijo suavemente—. Creo que busca esto.
Sebastián la observó.
El collar era el mismo.
Pero algo no encajaba.
La mujer frente a él era demasiado calculada.
Demasiado perfumada.
Demasiado débil en el lugar equivocado.
La mujer de aquella noche tenía manos fuertes. Olor a hierbas frescas. Un acento leve de pueblo. Y, sobre todo, una forma de mirarlo como si no supiera quién era ni le importara demasiado.
Valeria bajó la vista.
—No quería molestarlo. Pero aquella noche… fue consensual.
Sebastián no respondió enseguida.
No era un hombre sentimental.
Pero tampoco era irresponsable.
—Tiene dos opciones —dijo al final—. Diez millones como compensación y no volvemos a vernos. O entra a la residencia Rivas con protección y estatus oficial hasta que yo decida cómo asumir esto.
Valeria casi gritó de alegría.
Diez millones podían cambiar su vida.
Pero la residencia Rivas podía cambiar su apellido.
—Elijo la segunda opción —dijo.
Sebastián la miró.
—No confunda responsabilidad con afecto.
—No lo haré.
Mentía.
La recibió la mansión como si fuera futura señora.
El ama de llaves, Maribel, la llamó “señora” desde el primer día. Valeria se miró en los espejos enormes y pensó:
“Por fin.”
Mientras tanto, Inés lloraba en un baño público, llamando a su madre y fingiendo que todo iba bien.
No le dijo nada a Valeria.
No quería ser juzgada.
No quería volver al club.
No quería recordar la habitación 202.
Al día siguiente, encontró un anuncio:
Rivas Group busca personal de seguridad.
Inés leyó la cifra del salario.
Y pensó en las facturas de su madre.
—Solo será un trabajo —se dijo.
No sabía que estaba a punto de entrar al edificio del hombre que intentaba encontrarla.
👉 [Haz clic aquí para leer la siguiente parte] 👈