PARTE 2
La niña que reconoció a su padre
Cinco años después, Vanessa intentó vender a Abril.
No usó esa palabra.
Las familias cobardes nunca usan palabras honestas.
Dijo:
—Es una oportunidad.
Dijo:
—Octavio Rizzo puede perdonar nuestras deudas.
Dijo:
—Un hombre viejo también puede cuidar de una mujer usada.
Abril estaba de pie en la cocina, con el uniforme de camarera todavía puesto y Nina escondida detrás de sus piernas.
—Rizzo tiene casi setenta años —dijo Abril.
Vanessa encendió un cigarro.
—Y tú tienes una hija sin padre. No estás en posición de elegir.
Su padrastro, Tomás, evitaba mirarla.
Eso dolía más que los insultos.
—Papá —dijo Abril—. ¿De verdad vas a dejar que me lleven?
Tomás murmuró:
—Es por el bien de todos.
Nina salió de detrás de su madre.
—¡No se lleven a mi mamá!
Vanessa se agachó con una sonrisa falsa.
—Calla, mocosa. Tu mamá no puede mantenerte para siempre.
Nina alzó la barbilla.
—Yo tengo papá.
Vanessa se rió.
—Claro. Un papá imaginario.
Aquella tarde, dos hombres de Rizzo llegaron para llevar a Abril a una “cena formal”.
Ella forcejeó.
Nina gritó.
Y entonces una voz masculina cortó el aire:
—Suéltenla.
El hombre que entró no parecía policía.
Tampoco parecía cliente.
Llevaba un traje negro sencillo, pero caro. El rostro era sereno, duro, demasiado atractivo para un lugar tan miserable. Sus ojos recorrieron la escena y se detuvieron en Abril como si algo en ella le resultara familiar.
—¿Quién demonios eres? —preguntó Vanessa.
—Alguien con menos paciencia que ustedes.
Uno de los hombres de Rizzo intentó acercarse.
Dante lo derribó en menos de tres segundos.
Abril abrazó a Nina.
—No queremos problemas.
Dante la miró.
La voz.
Algo en esa voz le golpeó la memoria.
Calor.
Suite.
Agua fría.
Una mujer diciendo que no cerrara los ojos.
Nina lo miró fascinada.
Luego salió corriendo hacia él.
—¡Papá!
Abril palideció.
—Nina, no.
La niña tomó la manga de Dante y la subió con inocencia brutal.
Allí estaba.
La misma marca de luna.
Dante miró el brazo de la niña.
Luego el suyo.
Luego a Abril.
El mundo se quedó quieto.
—Mami —dijo Nina—. Te dije que tenía papá.
Abril sintió que las piernas le fallaban.
—Lo siento. Ella no sabe lo que dice.
Dante se agachó frente a Nina.
—¿Cómo te llamas?
—Nina.
—Bonito nombre.
—¿Tú eres mi papá?
La pregunta le abrió algo en el pecho.
Dante no respondió rápido.
Abril sí.
—No, cariño. El señor solo nos ayudó.
Vanessa volvió al ataque.
—Qué escena tan patética. La niña llama papá a cualquier hombre bien vestido.
Dante se puso de pie.
—¿Cuánto debe esta familia?
Vanessa parpadeó.
—Tres millones.
—Pagados.
Abril abrió los ojos.
—No.
Dante sacó el teléfono.
—Ethan. Cancela la deuda con Rizzo. Y dile que si vuelve a acercarse a esta mujer o a la niña, tendrá que negociar conmigo.
Vanessa retrocedió.
—¿Quién eres?
Dante miró a Abril.
—Por ahora, su prometido.
—¿Qué? —dijo Abril.
Nina sonrió.
—¡Lo sabía!
Abril quiso desaparecer.
Dante se inclinó hacia ella y susurró:
—Si digo prometido, Rizzo no puede reclamarte sin insultar a mi familia.
—¿Y qué familia es esa?
Él sostuvo su mirada.
—Una que no conviene insultar.
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