PARTE 2
El jefe Valenti
La mansión Valenti no parecía casa.
Parecía tribunal.
Estaba levantada sobre una colina que miraba al puerto. Paredes de piedra clara, ventanas altas, jardines oscuros, fuentes silenciosas y hombres vestidos de negro en cada entrada.
Alma llegó con una bolsa de herramientas, el carrete dorado escondido en el fondo y las manos sudorosas.
En la puerta, un guardia la revisó.
—Nombre.
—Alma Serrano.
El guardia miró una lista.
—Costurera.
La palabra sonó pequeña.
Ella entró.
El salón principal estaba lleno de flores negras.
Rosas negras.
Lirios blancos.
Velas.
Elegancia fúnebre.
Como si la boda ya supiera que iba a oler a muerte.
La recibió Bianca Orsini.
Alta, perfecta, con labios rojos y una mirada que parecía cortada en vidrio.
—Tú eres la costurera.
—Sí.
—Necesito que el traje de Lorenzo tenga este bordado.
Bianca le mostró un diseño: una línea dorada siguiendo el cuello interior, los puños y el borde del pecho.
Lugares donde la tela tocaría piel.
Alma sintió que el estómago se le cerraba.
—Es un bordado extraño para un traje masculino.
Bianca sonrió.
—Mi prometido puede llevar lo que yo decida.
—Creí que los jefes de mafia no obedecían novias.
La sonrisa de Bianca murió un segundo.
Después volvió.
—Ten cuidado, costurera. La gente pobre confunde sinceridad con permiso.
Alma bajó la mirada.
No por miedo.
Para ocultar la rabia.
Entonces él entró.
Lorenzo Valenti.
No hubo anuncio.
No hizo falta.
El aire cambió igual que en las historias.
Lorenzo vestía camisa negra, pantalón de traje, reloj discreto y una calma que parecía más peligrosa que cualquier grito. Era joven para llevar tanto peso sobre los hombros, pero sus ojos no tenían juventud. Tenían cálculo. Memoria. Heridas cerradas sin perdón.
Y sí.
Era guapo.
Demasiado.
De una forma que a Alma le pareció casi injusta.
El tipo de belleza que una mujer sensata debería mirar una vez y olvidar por supervivencia.
—¿Ella hará el bordado? —preguntó él.
Bianca caminó hacia él.
—Es recomendada.
Lorenzo miró a Alma.
No como hombre mirando mujer.
Como jefe mirando riesgo.
—¿Tus manos tiemblan siempre?
Alma apretó la bolsa.
—Solo cuando me rodean hombres que creen que pueden decidir si respiro.
Un guardia giró hacia ella.
Bianca abrió los ojos.
Lorenzo no se movió.
Luego, lentamente, su boca se curvó apenas.
No era sonrisa completa.
Pero bastó para cambiar la temperatura del salón.
—Déjenla trabajar.
Bianca se tensó.
—Lorenzo…
—Dije que la dejen.
Alma entendió dos cosas.
La primera: Lorenzo Valenti no necesitaba levantar la voz.
La segunda: si quería vivir, debía terminar ese traje.
Pero si quería seguir siendo humana, debía descubrir qué estaba cosiendo.
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