PARTE 4
La novia blanca
Bianca Orsini odiaba esperar.
Odiaba que Lorenzo no la mirara con deseo.
Odiaba que la familia Valenti la tratara como alianza y no como reina.
Pero lo que más empezó a odiar fue a Alma.
Una costurera.
Una nadie.
Una mujer con uñas sin esmalte, vestidos sencillos y una boca demasiado rápida.
Y Lorenzo la miraba.
No con ternura.
Lorenzo no sabía mirar con ternura.
La miraba con atención.
Para Bianca, eso era peor.
—¿Sabes qué pasa con las mujeres que quieren tocar cosas que no son suyas? —preguntó Bianca, entrando al cuarto de costura.
Alma no levantó la vista.
—Se pinchan.
Bianca se acercó.
—Lorenzo no es un hombre para ti.
—Qué alivio. Yo tampoco estoy en el mercado de jefes de mafia.
Bianca le agarró la muñeca.
Alma soltó un gesto de dolor por las quemaduras.
Bianca sonrió.
—El hilo te está lastimando.
Alma se quedó inmóvil.
—¿Lo sabía?
Bianca se inclinó hacia ella.
—Yo sé muchas cosas.
—¿Y mi hermano?
—Vivo. Por ahora.
Alma sintió que la rabia le subía por la garganta.
—Si le haces daño…
Bianca la abofeteó.
No fue fuerte.
Fue humillante.
—Tú no amenazas aquí.
Alma giró la cara lentamente.
La mejilla le ardía.
—Tiene razón.
Bianca sonrió.
Error.
Alma tomó una tijera de bordado y cortó un mechón perfecto del velo de Bianca.
La novia gritó.
Los guardias entraron.
Lorenzo también.
Vio a Bianca furiosa.
Vio a Alma con la mejilla roja.
Vio la tijera en su mano.
—¿Qué pasó?
Bianca gritó:
—¡Está loca! ¡Arruinó mi velo!
Alma sostuvo la mirada de Lorenzo.
Podía decirlo.
Podía contar lo del hilo.
Lo del veneno.
Lo de Mateo.
Pero dos guardias de Bianca estaban en la puerta.
Uno de ellos tocó su teléfono y le mostró una imagen.
Mateo.
Atado.
Alma tragó sangre.
—Fue un accidente —dijo.
Lorenzo no le creyó.
Pero tampoco creyó a Bianca.
—Todos fuera —ordenó.
Cuando quedaron solos, Lorenzo se acercó a Alma.
—Mientes mal.
—Usted amenaza bien.
—No te amenacé.
—Todavía.
Él miró su mejilla.
—¿Ella te golpeó?
—Me caí contra su ego.
Lorenzo casi sonrió.
Después tomó su muñeca.
Vio las quemaduras.
Su rostro cambió.
—¿Qué te hizo el hilo?
Alma tiró de la mano.
—Nada.
—Alma.
Era la primera vez que decía su nombre.
Sonó peligroso.
Demasiado íntimo para un hombre que iba a casarse con otra mujer.
—No pregunte si no está dispuesto a creerme —dijo ella.
Lorenzo bajó la voz.
—Prueba.
Alma entendió.
No bastaba salvarlo.
Tenía que demostrarlo sin matar a Mateo.
Y el tiempo se acababa.
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