Andrés pensó que Natalia solo iba a llorar… hasta que ella abrió una carpeta negra y mostró cada factura, cada mentira y cada transferencia.
PARTE 1
La puerta del apartamento 1204
—No te vistas, Verónica —dijo Natalia desde la puerta—. Esa blusa también la compré yo.
Andrés se quedó inmóvil junto a la cama, con la camisa abierta y el rostro blanco como si alguien le hubiera arrancado la sangre.
Verónica, envuelta en una sábana, intentó levantarse.
—Nati, por favor…
Natalia levantó una mano.
—No me llames así. Ese nombre era para la mujer que te abría la puerta de su casa, no para la que te encuentra en la cama de su marido.
El apartamento olía a vino, perfume caro y mentira reciente.
En la mesa de noche había dos copas, una bolsa de boutique, una caja de bombones y una ecografía.
Natalia caminó despacio hacia la mesa.
Andrés dio un paso.
—Natalia, espera. Te puedo explicar.
Ella tomó la ecografía.
—¿Esto también?
Verónica cerró los ojos.
Andrés tragó saliva.
—No queríamos que te enteraras así.
Natalia soltó una risa seca.
—Qué delicados. Se acostaban en un apartamento pagado por mi empresa, pero les preocupaba mi comodidad emocional.
Verónica empezó a llorar.
—Yo nunca quise hacerte daño.
Natalia la miró.
—Verónica, dormiste en mi casa después de que perdí a mi bebé. Me abrazaste mientras lloraba. Me dijiste que Andrés sufría en silencio.
La voz de Natalia tembló apenas, pero no se quebró.
—Y ahora descubro que su silencio estaba aquí, contigo.
Andrés se acercó más.
—No culpes solo a Verónica. La culpa es mía.
—Por fin una frase correcta.
Él bajó la mirada.
—Me enamoré de ella.
Natalia se quedó quieta.
Durante un segundo, su rostro pareció recibir el golpe.
Pero luego levantó la barbilla.
—Entonces debiste decírmelo antes de convertir mi duelo en vuestra luna de miel.
Verónica sollozó.
—Estoy embarazada.
Natalia volvió a mirar la ecografía.
—Ya lo sabía.
Andrés abrió los ojos.
—¿Qué?
—Lo sé desde hace semanas.
—¿Desde cuándo?
Natalia abrió la carpeta negra que llevaba bajo el brazo.
—Desde el día que dijiste que no estabas listo para intentar ser padre otra vez… y esa misma noche compraste vitaminas prenatales en una farmacia frente a este edificio.
El silencio cayó sobre la habitación.
Natalia miró los muebles, la lámpara, las cortinas, el sofá.
—También sé que este sofá costó tres mil euros. Que la lámpara fue pagada con la tarjeta corporativa. Que el alquiler está a nombre de Molina & Rivas Interiorismo. Y que la boutique donde compraste esa ropa, Verónica, facturó como “decoración para cliente internacional”.
Verónica dejó de llorar.
Andrés se llevó una mano al rostro.
—Natalia…
—No. Ahora escuchas tú.
Ella cerró la carpeta.
—Hoy vine a confirmar lo que ya sabía. Y sí, lo confirmé.
Miró a Verónica.
—Puedes quedarte con la blusa.
Después miró a Andrés.
—Pero la empresa, la casa y mi silencio… eso no.
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