PARTE 4
La madre de Álvaro
La madre de Álvaro, Teresa Salcedo, apareció en Casa Lirio tres semanas antes de la boda.
Marina estaba revisando el plano de mesas.
Teresa entró como siempre: perfume caro, bolso rígido, rostro de mujer que jamás pedía permiso porque el mundo se acostumbró a abrírselo.
—Marina.
—Teresa.
La suegra miró la oficina.
—Qué bonito te quedó todo. Siempre fuiste buena organizando cosas.
—Gracias.
—Por eso quiero pedirte algo.
Marina levantó la mirada.
—Dime.
Teresa dejó una carpeta sobre la mesa.
—Álvaro necesita que firmes unos documentos de separación patrimonial. Nada dramático. Solo orden.
Marina miró la carpeta sin tocarla.
—¿Separación patrimonial?
—No seas ingenua. Sabes que el matrimonio no está bien.
—¿Álvaro te pidió que vinieras?
Teresa suspiró.
—Álvaro está intentando no hacerte daño.
Marina casi rió.
—Curioso método.
Teresa apretó los labios.
—Camila está embarazada.
Marina sintió el golpe.
No porque no lo sospechara.
Porque escucharlo en la boca de Teresa lo hacía más sucio.
—¿Y eso qué tiene que ver con mi firma?
—Mi nieto no nacerá en medio de un escándalo.
—¿Tu nieto?
—Sí.
—Yo también iba a darte un nieto.
Teresa apartó la mirada.
Marina continuó:
—O una nieta. Nunca lo supimos.
—Marina, no mezcles tragedias.
La frase rompió algo.
Marina se puso de pie.
—No mezcle tragedias, dice la mujer que viene a pedirme que firme papeles para que su hijo pueda casarse con otra sin escándalo.
Teresa bajó la voz.
—No puedes retener a un hombre que ya no te ama.
—No quiero retenerlo.
—Entonces firma.
—No.
Teresa la miró con desprecio.
—Vas a quedar como una esposa amarga.
Marina sonrió.
—Y ustedes como una familia que intentó falsificar un divorcio antes de una boda. Veremos qué titular pesa más.
Teresa palideció apenas.
—No sé de qué hablas.
—Claro.
Marina empujó la carpeta de vuelta.
—Dile a Álvaro que me entregue él mismo los papeles. Si tiene valor para casarse dos veces, quizá pueda mirarme una.
Teresa tomó la carpeta.
Antes de salir, dijo:
—Camila le dará la familia que tú no pudiste.
Durante un segundo, Marina sintió que la frase la atravesaba.
Luego levantó la barbilla.
—No confundas fertilidad con lealtad, Teresa. Tu hijo ya demostró que puede fallar en ambas.
Teresa salió furiosa.
Marina cerró la puerta.
Respiró hondo.
Después llamó a su abogada.
—Necesito que vengas mañana. Trae todo lo necesario para proteger la empresa, la casa y mis cuentas.
La abogada preguntó:
—¿Vas a pedir el divorcio?
Marina miró el plano de la boda.
—Sí.
Pausa.
—Pero todavía no.
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