Valeria Cruz aceptó casarse con un CEO por contrato para pagar la cirugía de su madre.
Leonardo Santamaría le dio dinero, una mansión y una regla: no enamorarse.
Pero nadie le advirtió que el hombre que parecía hecho de hielo podía romperse cuando ella decidiera irse.
PARTE 1
La florista y el hombre de hielo
Valeria Cruz odiaba los hospitales de noche.
No por el olor a desinfectante.
Ni por las luces blancas.
Ni por el silencio lleno de máquinas.
Los odiaba porque, de noche, las facturas parecían más grandes.
Su madre dormía en una cama estrecha junto a la ventana. El rostro pálido, las manos delgadas, la respiración lenta. Valeria llevaba tres meses escuchando la misma frase de los médicos:
—La cirugía debe hacerse pronto.
Pronto.
Qué palabra tan cruel cuando no tienes dinero.
Valeria trabajaba en una floristería del centro. Preparaba ramos para bodas, aniversarios, disculpas de hombres infieles y cumpleaños de mujeres que fingían sorpresa aunque hubieran elegido ellas mismas las flores.
Su jefe le pagaba poco.
Ella aceptaba horas extra.
A veces también limpiaba oficinas por la noche.
Aun así, no alcanzaba.
Aquella tarde, después de hablar con administración del hospital, Valeria salió al pasillo y se sentó en una silla de plástico. Lloró sin hacer ruido, con la cara entre las manos.
—No debería llorar en público.
La voz masculina la hizo levantar la cabeza.
Frente a ella estaba un hombre alto, impecable, con traje oscuro y mirada fría.
Valeria se limpió la cara rápidamente.
—No debería opinar sobre desconocidas llorando.
Él la observó.
No parecía sorprendido por la respuesta.
—Tiene carácter.
—Tengo deudas. A veces se parecen.
El hombre casi sonrió.
Casi.
—¿Valeria Cruz?
Ella se tensó.
—¿Quién pregunta?
—Leonardo Santamaría.
Valeria conocía ese nombre.
Todo el mundo lo conocía.
CEO del Grupo Santamaría. Empresario del año. Heredero de una familia tan rica que incluso sus escándalos parecían elegantes.
—No vendo flores en hospitales —dijo ella.
—No vengo por flores.
—Entonces se equivocó de persona.
Leonardo miró hacia la habitación de su madre.
—Necesita dinero.
Valeria se puso de pie.
—No sé qué clase de conversación cree que puede tener conmigo, pero no estoy interesada.
—Aún no le hice una propuesta.
—Los hombres como usted no hacen propuestas. Ponen precio.
Ahora sí sonrió.
Pero no con ternura.
Con interés.
—Necesito una esposa.
Valeria parpadeó.
—Perdón, ¿qué?
—Una esposa legal durante un año.
—Está loco.
—Probablemente menos que mi familia.
Ella soltó una risa incrédula.
—¿Y decidió venir a buscar esposa a un hospital?
—Decidí buscar a alguien que necesitara algo tanto como yo.
La rabia le subió al pecho.
—Yo necesito salvar a mi madre. No convertirme en parte de una locura de millonarios.
Leonardo sacó una tarjeta.
—Pagaré la cirugía completa, el tratamiento posterior y una compensación suficiente para que no vuelva a limpiar oficinas de noche.
Valeria miró la tarjeta como si pudiera quemarla.
—¿A cambio de qué?
—Doce meses de matrimonio. Apariciones públicas. Discreción. Habitaciones separadas. Nada de intimidad obligatoria. Nada de preguntas personales.
—¿Y por qué yo?
—Porque no pertenece a mi mundo.
—Eso no responde.
—Precisamente por eso. No tiene alianzas con mi familia. No busca poder. No tiene ambición social.
Valeria se cruzó de brazos.
—Qué forma tan elegante de decir pobre.
—No dije pobre.
—Pero lo pensó.
Leonardo guardó silencio.
Eso fue respuesta suficiente.
Valeria tomó la tarjeta.
No porque aceptara.
Porque su madre, dentro de esa habitación, respiraba con dificultad.
—Si esto es una broma, señor Santamaría, es una muy cruel.
—No hago bromas.
—Qué triste.
Por primera vez, él pareció no saber qué decir.
Valeria miró la tarjeta.
Luego la habitación de su madre.
Luego a él.
—Quiero leer el contrato.
Leonardo asintió.
—Mañana.
—No. Ahora.
Él arqueó una ceja.
—¿Ahora?
—Si voy a vender un año de mi vida, quiero saber el precio exacto.
Leonardo la observó durante unos segundos.
Y quizá fue ahí donde empezó el problema.
Porque Valeria no lo miraba como todos los demás.
No con miedo.
No con admiración.
No con deseo calculado.
Lo miraba como si fuera una puerta peligrosa, sí, pero también como si estuviera dispuesta a cerrarla en su cara si intentaba humillarla.
Leonardo Santamaría necesitaba una esposa falsa.
Lo que no sabía era que acababa de elegir a la única mujer que no iba a obedecerlo como si su dinero fuera una corona.
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