PARTE 3
La mansión Santamaría
La mansión Santamaría era demasiado grande para una pareja falsa.
Valeria lo pensó la primera noche al entrar.
Pasillos amplios.
Escaleras de mármol.
Ventanas enormes.
Habitaciones que olían a flores frescas, madera cara y distancia emocional.
Una empleada la llevó a su cuarto.
—La habitación del señor Santamaría está al otro lado del pasillo.
Valeria miró la puerta.
—Perfecto.
Leonardo apareció detrás.
—¿Necesita algo?
—Sí.
—¿Qué?
—Un mapa para no perderme y una campana por si me ataca una alfombra cara.
La empleada bajó la mirada, intentando no reír.
Leonardo la observó.
—La casa no muerde.
—Las casas no. Las familias sí.
Él no respondió.
Al día siguiente, Valeria conoció a la familia.
El abuelo Don Arturo, quien había impuesto la condición matrimonial en el testamento.
La tía Mercedes, experta en sonrisas que parecían cortes.
Y Isabela Ríos.
La mujer que todos esperaban que Leonardo eligiera.
Isabela era hermosa, elegante, impecable.
Vestido claro.
Labios rojos.
Mirada de mujer que nunca había tenido que pedir permiso para entrar en ningún sitio.
Cuando vio a Valeria, su sonrisa fue perfecta.
—Así que tú eres la esposa.
Valeria tomó una copa de agua.
—Eso dice el registro civil.
Mercedes soltó una risa fina.
—Leonardo siempre fue impredecible, pero admito que esto nos sorprendió.
—A mí también —respondió Valeria—. Ayer todavía sabía dónde estaba mi cafetera.
Isabela la miró de arriba abajo.
—¿A qué te dedicabas antes de casarte?
—Trabajo en una floristería.
Mercedes levantó las cejas.
—Qué… encantador.
Valeria sonrió.
—Sí. Las flores tienen una ventaja: cuando huelen mal, no intentan disimularlo con apellido.
El silencio cayó sobre la mesa.
Leonardo, sentado a su lado, se llevó la copa a los labios para ocultar algo parecido a una sonrisa.
Isabela lo notó.
Y la odió desde ese segundo.
Durante semanas, Valeria intentó adaptarse.
Aprendió qué cubierto usar.
Qué eventos importaban.
Qué personas saludaban con dos besos aunque quisieran morder.
Qué periodistas hacían preguntas disfrazadas de cumplidos.
Leonardo cumplía el contrato.
Siempre.
La avisaba con tiempo.
La protegía de comentarios directos.
Pagaba el tratamiento de su madre sin hacerlo notar.
No entraba jamás en su habitación.
Pero había detalles que no estaban en ninguna cláusula.
Como la noche en que Valeria volvió tarde del hospital y encontró una bandeja de comida caliente frente a su puerta.
O el día que su madre dijo:
—Leonardo llamó al médico para pedir una segunda opinión. Qué hombre tan atento.
Valeria enfrentó a Leonardo en el despacho.
—No tenía que hacer eso.
—¿Pedir una segunda opinión?
—Sí.
—El primer médico no me convencía.
—No es su madre.
Leonardo levantó la vista.
—Es importante para usted.
La frase la desarmó más de lo que quería admitir.
—No haga cosas amables si después va a decir que todo es contrato.
Él se quedó quieto.
—¿Eso le molesta?
—Me confunde.
—Entonces lo haré menos.
Valeria sintió una punzada inesperada.
—No dije eso.
Leonardo la miró.
—Valeria.
Era la primera vez que decía su nombre sin distancia.
Ella retrocedió un paso.
—Buenas noches, señor Santamaría.
Él no la corrigió.
Pero esa noche, Valeria tardó demasiado en dormir.
Y Leonardo, al otro lado del pasillo, también.
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