PARTE 4
La sala de arte de Clara
La habitación que le dieron a Alma era más grande que su apartamento.
Eso la molestó.
No por envidia.
Por desproporción.
Un baño enorme.
Toallas suaves.
Un vestido seco color crema que probablemente costaba más que su alquiler.
Un espejo donde apenas se reconoció sin maquillaje corrido.
Quiso irse apenas se secó el cabello.
Pero Clara esperaba junto a la puerta con su cuaderno.
—¿Puedes ver mis dibujos?
Alma dudó.
La niña la miraba con esos ojos grandes, llenos de ansiedad y esperanza.
—Un rato —dijo Alma.
La sala de arte de Clara estaba en el segundo piso.
Pinturas, lápices, papeles, acuarelas, arcilla, libros ilustrados. Todo ordenado de una forma que parecía más terapia que juego.
Clara se sentó frente a ella y abrió el cuaderno.
Alma reconoció los dibujos de sus clases.
Casas sin ventanas.
Mujeres de espaldas.
Un hombre de traje sin rostro.
Pero ahora había algo nuevo.
Una puerta abierta.
—Este es de ayer —dijo Clara.
Alma sonrió.
—Me gusta la puerta.
—Todavía no sé qué hay afuera.
—No tienes que saberlo antes de abrir.
Clara pensó.
Santiago estaba en la puerta.
No entraba.
No interrumpía.
Solo miraba.
Alma lo notó.
—Puede pasar. No muerdo.
Santiago entró lentamente.
—No quería invadir.
—Está aprendiendo rápido.
Clara miró a su hermano.
—Ella me enseñó a decir cuando algo me duele.
Santiago bajó la mirada hacia su hermana.
—Lo sé.
—No lo sabías.
La frase fue simple.
Dura.
Santiago la aceptó.
—Tienes razón.
Clara siguió:
—Tú siempre estabas trabajando.
Beatriz habría intervenido. Marco habría hecho una broma. Violeta habría dicho algo cruel.
Santiago no.
Se sentó frente a Clara.
—Pensé que si trabajaba más, podía protegerte mejor.
La niña tocó su lápiz azul.
—La casa seguía sonando.
Alma guardó silencio.
No era su momento.
Santiago respiró con dificultad.
—Lo siento.
Clara no dijo que lo perdonaba.
Solo empujó un dibujo hacia él.
En la hoja había tres figuras.
Clara.
Santiago.
Y una mujer con vestido verde.
Alma tragó saliva.
—Ese vestido quedó destruido, por cierto.
Clara sonrió.
—Puedes tener otro.
—No me gustan los vestidos que vienen con piscinas incluidas.
Santiago casi rió.
Alma se puso de pie.
—Tengo que irme.
Clara se tensó.
—¿Vas a dejar mis clases?
—No.
—¿Promesa?
Alma se agachó.
—Promesa.
Santiago caminó con ella hasta el pasillo.
—Quiero pagarle mejor por las clases de Clara.
Alma lo miró.
—No empiece.
—No es caridad.
—Todavía no terminé de decidir si quiero seguir trabajando para una familia que me vio caer al agua y esperó a que usted saltara.
La frase lo golpeó.
—Tiene razón.
—Otra vez.
—Parece que ocurre mucho con usted.
Alma no sonrió.
—Santiago, yo no quiero ser parte de una guerra entre Violeta, Marco y su madre. No quiero que Clara se encariñe conmigo si luego su familia decide que soy una vergüenza. Y no quiero que usted me mire como si de pronto yo fuera importante porque su hermana dijo mi nombre.
—No es de pronto.
Ella se detuvo.
—¿Qué?
Santiago buscó las palabras.
No era bueno con ellas.
—Cuando la vi responderle a Violeta, pensé que tenía más valor que muchas personas sentadas en esa sala. Cuando cayó al agua, no pensé. Cuando Clara la llamó Miss A, entendí algo que quizá ya estaba viendo.
Alma bajó la mirada.
—No diga cosas bonitas después de una noche horrible.
—No sé decir cosas bonitas.
—Entonces peor. Puede que le crea.
El silencio entre ambos se volvió demasiado intenso.
Alma retrocedió.
—Buenas noches, señor Laredo.
—Santiago.
—Eso no lo hace menos peligroso.
Ella se fue.
Santiago se quedó en el pasillo, empapado ya no de agua sino de una certeza incómoda:
Alma Reyes no había llegado a su casa por accidente.
Había llegado a mostrarle todo lo que en esa familia estaba podrido.
Y todo lo que aún podía salvarse.
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