EL DOCTOR QUE DESCUBRIÓ EL SECRETO DE SU ESPOSA Creyó que ella era una mujer frágil… hasta que la vio pelear contra los hombres que intentaron matarlo – PARTE 3

PART 3

El regreso al hospital

Volver al hospital fue la peor idea posible.

Por eso Molina no esperaba que lo hicieran.

A las tres de la mañana, Natalia, Gabriel y Elena entraron por el acceso de lavandería. Gabriel llevaba ropa de camillero, una gorra baja y el rostro tenso. Natalia vestía uniforme quirúrgico oscuro. Elena iba detrás, conectada a un auricular.

—Tienen doce minutos antes de que cambien las rondas —dijo Elena.

—Doce minutos no alcanzan —murmuró Gabriel.

Natalia lo miró.

—Entonces muévete como si sí.

El niño se llamaba Samuel Ortega. Ocho años. Problemas cardíacos. Sin familia cercana. Un paciente perfecto para desaparecer sin demasiadas preguntas.

Gabriel llegó a pediatría con el corazón golpeándole el pecho.

Lo encontró dormido.

Una enfermera joven estaba junto a la cama.

Al ver a Gabriel, se puso pálida.

—Doctor Rivas…

Él levantó una mano.

—No voy a hacerte daño.

La enfermera miró hacia la cámara.

Natalia ya la había apagado.

—Van a llevárselo —dijo Gabriel—. Necesito sacarlo.

La enfermera empezó a llorar.

—Yo no quería ayudarles.

Natalia se acercó.

—¿A quién?

—Molina dijo que si hablaba, mi hermano aparecería en la lista.

Gabriel cerró los ojos.

La red no solo compraba personas.

Las rompía.

La enfermera les dio acceso a una salida de servicio. Gabriel cargó al niño con cuidado. Samuel despertó apenas.

—Doctor…

—Shh. Te vamos a cambiar de habitación.

—¿Otra operación?

Gabriel tragó saliva.

—No si puedo evitarlo.

Todo habría salido bien si no fuera por el ascensor.

Las puertas se abrieron en el piso equivocado.

Tres hombres de seguridad los esperaban.

Natalia empujó a Gabriel y al niño hacia atrás.

—¡Escaleras!

El primer hombre se lanzó contra ella. Natalia lo esquivó, golpeó su garganta con el antebrazo y le quitó la radio. El segundo llegó por la izquierda. Gabriel, con Samuel en brazos, no podía pelear. La enfermera tomó una bandeja metálica y se la estrelló al atacante en la cabeza.

—Perdón —susurró, temblando.

Natalia gritó:

—¡No te disculpes por sobrevivir!

Corrieron por la escalera.

Molina apareció en el sistema de altavoces.

—Doctor Rivas, entregue al paciente. Está cometiendo un secuestro.

Gabriel apretó al niño contra su pecho.

—Qué descarado.

Natalia respondió mientras bajaban:

—Los criminales con bata siempre son los peores.

Llegaron al estacionamiento de ambulancias.

Elena esperaba con una furgoneta.

Pero Molina también.

Estaba junto a dos hombres y una mujer elegante de traje azul. No parecía doctora. Parecía alguien más peligrosa.

—Gabriel —dijo Molina—. Todavía puedes salvar tu carrera.

Gabriel miró al niño.

—Mi carrera no necesita que entregue pacientes.

La mujer de traje azul sonrió.

—Qué noble. Qué inútil.

Natalia la reconoció.

—Claudia Varela.

Elena maldijo.

Gabriel preguntó:

—¿Quién es?

Natalia respondió:

—La cabeza financiera de la red.

Claudia aplaudió lentamente.

—La agente Salas y el doctor inocente. Una pareja muy tierna. Lástima que ambos terminarán muertos o culpables antes del amanecer.

Molina levantó un arma.

Natalia empujó a Gabriel detrás de la ambulancia.

La pelea estalló.

Elena disparó contra los neumáticos de uno de los autos. Natalia se enfrentó a dos hombres cerca de las camillas. Gabriel dejó al niño dentro de la furgoneta y regresó.

Natalia lo vio.

—¡Te dije que te fueras!

—Soy malo siguiendo órdenes de mi esposa mentirosa.

—¡Ahora no!

Un hombre atacó a Gabriel. Él no peleaba como agente, pero conocía anatomía. Golpeó puntos exactos: muñeca, costado, rodilla. El atacante cayó, sorprendido de que un cirujano supiera dónde dolía más.

Natalia lo miró.

—¿Anatomía aplicada?

—Educación médica.

Molina intentó huir hacia el interior.

Gabriel fue tras él.

Lo alcanzó en un pasillo quirúrgico.

—¿Cuántos pacientes? —preguntó Gabriel.

Molina respiraba fuerte.

—No seas ingenuo.

—¿Cuántos?

—Los suficientes para que hombres como tú siguieran teniendo presupuesto, tecnología, prestigio. ¿O creías que los hospitales funcionan solo con vocación?

Gabriel lo golpeó.

No fue un golpe elegante.

Fue rabia.

Molina cayó contra la pared.

—Eso fue poco ético, doctor.

Gabriel lo sujetó del cuello de la bata.

—Lo ético habría sido denunciarte antes de que mataras pacientes.

Natalia llegó.

—Gabriel, basta.

Él respiraba con furia.

—Este hombre usó mi hospital.

—Y va a caer. Pero no por tus manos.

Gabriel lo soltó.

Molina sonrió con sangre en el labio.

—Ella tiene razón. Todavía piensa como agente. Tú piensas como esposo traicionado. Eso te hará torpe.

Natalia lo esposó.

—Y tú hablas demasiado.

Pero Claudia Varela escapó.

Peor aún: se llevó una copia de la lista completa de testigos.

Incluido el nombre de la enfermera.

Incluido el de Elena.

Incluido el de Gabriel.

Esa mañana, la noticia explotó:

Doctor Gabriel Rivas acusado de secuestro de paciente y ataque armado en hospital.

Su rostro apareció en televisión.

Natalia apagó la pantalla.

Gabriel estaba en silencio.

—Te advertí que esto podía pasar —dijo ella.

Él la miró.

—No me arrepiento de salvar al niño.

—Yo tampoco.

—Pero ahora no solo soy sospechoso.

Natalia bajó la mirada.

—Ahora eres objetivo.

Elena entró con un teléfono.

—Claudia envió un mensaje.

Lo leyó en voz alta:

“Si quieren limpiar el nombre del doctor, entreguen a Natalia. Ella fue la primera mentira.”

Gabriel miró a su esposa.

La traición, la misión, el amor y la guerra acababan de chocar.

Y Claudia sabía exactamente dónde golpear.

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