EL DOCTOR QUE DESCUBRIÓ EL SECRETO DE SU ESPOSA Creyó que ella era una mujer frágil… hasta que la vio pelear contra los hombres que intentaron matarlo – PARTE 4

PART 4

El precio de la verdad

Natalia quiso entregarse.

Gabriel lo supo antes de que ella lo dijera.

La encontró en el apartamento seguro, guardando municiones, documentos y una pequeña memoria cifrada dentro de una chaqueta negra.

—No vas a hacerlo —dijo él desde la puerta.

Ella no se giró.

—No pregunté.

—No hacía falta.

—Gabriel.

—Claudia quiere que te entregues porque eres lo único que puede probar la conexión entre la unidad y la red.

—Exacto. Si me entrego, Elena puede rastrear su ubicación.

—Y si algo sale mal, te matan.

Natalia se volvió.

—Esto no empezó contigo.

—Pero ahora estoy dentro.

—Porque yo te metí.

—No. Me metí cuando encontré el quirófano B.

—Porque yo no fui capaz de cerrar el caso antes.

Gabriel la miró.

—¿Eso es culpa o estrategia?

Natalia cerró los ojos.

—Ambas.

Él se acercó.

—Durante meses pensé que me engañabas.

—Lo sé.

—Luego descubrí que me investigaste.

—Lo sé.

—Ahora quieres sacrificarte para no tener que enfrentar lo que queda de nosotros.

Eso la golpeó.

—No es justo.

—Probablemente. Pero dime que es mentira.

Natalia no respondió.

Elena interrumpió desde la sala:

—Odio arruinar discusiones matrimoniales, pero hay una tercera opción.

Gabriel y Natalia salieron.

En la pantalla aparecía el plano de un hotel abandonado en las afueras.

—Claudia usa este lugar para intercambios privados. Si cree que Natalia irá sola, bajará la guardia. Pero no entregaremos a Natalia. Entregaremos una versión de lo que quiere.

Natalia entendió.

—Un señuelo.

Elena asintió.

—Y una transmisión en vivo a tres servidores externos con todas las pruebas.

Gabriel preguntó:

—¿Dónde entro yo?

Natalia respondió de inmediato:

—No entras.

Él la miró.

—Qué graciosa.

—No eres agente.

—No, soy el hombre al que intentan incriminar y el médico que puede identificar a las víctimas de sus registros.

Elena sonrió.

—Me cae bien cuando deja de parecer mártir.

Natalia suspiró.

—Esto es una operación.

Gabriel sostuvo su mirada.

—Entonces deja de tratarme como paciente.

La operación se ejecutó esa noche.

Natalia llegó al hotel abandonado con las manos visibles, una memoria falsa y un micrófono oculto. Gabriel y Elena estaban en una furgoneta a dos calles. Dos aliados de Elena cubrían las salidas.

Claudia apareció en el vestíbulo del hotel, elegante incluso entre paredes rotas.

—Natalia Salas. Siempre tan dramática.

—Claudia.

—¿Dónde está el doctor?

—Lejos.

Claudia sonrió.

—Mientes peor cuando amas.

Natalia no respondió.

—Dame la memoria.

Natalia se la lanzó.

Claudia la tomó, pero no se acercó demasiado.

—¿Crees que no sé que es falsa?

El mundo se congeló.

En la furgoneta, Elena maldijo.

—Nos quemó.

Hombres salieron de las habitaciones laterales.

Natalia quedó rodeada.

Claudia habló hacia una cámara oculta.

—Doctor Rivas, si estás escuchando, tu esposa acaba de volver a mentirte.

Gabriel no esperó.

Abrió la puerta de la furgoneta.

Elena gritó:

—¡Rivas!

Él corrió hacia el hotel.

Natalia, dentro, se movió antes de que la sujetaran. Derribó al primer hombre con una patada baja, tomó su arma y la lanzó lejos para evitar disparos. El segundo la golpeó contra una columna. Ella cayó, pero se levantó.

Claudia observaba.

—Siempre fuiste buena. Pero emocionalmente estúpida.

Gabriel entró por la puerta lateral.

Uno de los hombres lo atacó. Gabriel usó un tubo de metal para bloquear el golpe. No era elegante, pero estaba furioso y aprendía rápido. Lo derribó contra una pared.

Natalia lo vio.

—¡Te dije que no vinieras!

—Y yo te dije que no soy paciente.

Claudia retrocedió hacia las escaleras.

Elena activó la transmisión. Las pruebas empezaron a cargarse.

Pero Claudia tenía otro seguro.

—Si suben esos archivos, muere la enfermera.

En una pantalla apareció la joven enfermera que ayudó a salvar a Samuel. Estaba retenida en otra habitación del hotel.

Gabriel sintió que el estómago se le cerraba.

—¿Dónde está?

Claudia sonrió.

—Elijan. Pruebas o vida.

Natalia miró a Gabriel.

No había tiempo.

—Ve por ella —dijo Gabriel.

—No voy a dejarte.

—Soy médico. Déjame salvar a alguien.

Natalia lo miró un segundo.

Luego corrió hacia las escaleras.

Gabriel quedó en el vestíbulo con Elena entrando por la puerta principal y Claudia intentando escapar.

La pelea final del hotel se dividió en dos.

Arriba, Natalia atravesó un pasillo estrecho enfrentando a dos hombres. Uno la empujó contra una puerta. Ella usó el marco para girar y lo derribó. El otro intentó sujetarla por detrás, pero la enfermera, atada en una silla, logró patear una mesa contra sus piernas. Natalia aprovechó y lo redujo.

—Buena patada —dijo.

La enfermera lloró.

—Vi demasiadas películas.

Abajo, Gabriel siguió a Claudia hasta la cocina abandonada.

Ella tenía un cuchillo.

—Doctor, tú salvas vidas. No sabes terminar problemas.

Gabriel tomó una sartén oxidada de una mesa.

—Hoy improviso.

Claudia atacó primero.

Gabriel bloqueó con la sartén. El golpe resonó en la cocina. Ella era rápida, pero él estaba cansado de correr. La desarmó golpeando su muñeca contra la mesa y la inmovilizó contra la pared.

—Esto termina aquí —dijo.

Claudia rió.

—No. Yo soy solo la contadora. La cabeza real está en tu unidad, Natalia.

Natalia llegó justo a tiempo para escucharlo.

Su rostro cambió.

—¿Quién?

Claudia sonrió.

—Elena Márquez.

Silencio.

Gabriel y Natalia giraron al mismo tiempo.

Elena estaba en la puerta.

Apuntándoles.

—Lo siento —dijo Elena—. De verdad quería que no llegaran tan lejos.

Natalia sintió que el mundo se partía.

La mujer que la entrenó.

La que la salvó.

La que parecía su única aliada.

Era la cabeza de la red.

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