PART 4
El casino donde empezó la guerra
El casino viejo de San Telmo llevaba años cerrado.
Desde fuera parecía un edificio muerto: puertas oxidadas, ventanas cubiertas con tablones, un letrero de neón roto colgando sobre la entrada principal. Pero Dante no entró por la puerta principal.
Entró por abajo.
Un túnel de servicio que olía a humedad, tabaco viejo y electricidad quemada.
Ariana caminaba detrás de él, con el medallón escondido bajo el vestido y una rabia nueva sosteniéndola de pie.
—¿Siempre entras a los lugares por túneles oscuros? —susurró.
—Solo cuando espero una emboscada.
—Qué vida tan cómoda.
Dante la miró de reojo.
—Tú elegiste venir.
—No. Mi padre me vendió, tu tío me persigue y mi collar abre una caja que puede destruir media ciudad. No confundas elección con falta de opciones.
Dante no respondió.
Porque tenía razón.
Llegaron al antiguo salón de juegos. Las mesas estaban cubiertas de polvo. Las lámparas colgaban como cadáveres de cristal. Sobre la alfombra roja había marcas de pisadas recientes.
Ariana lo vio.
—No estamos solos.
Dante asintió.
—Nunca lo estamos.
La caja fuerte estaba detrás de una pared falsa en la oficina principal. Ariana colocó el medallón en la ranura. El mecanismo hizo un clic.
Luego apareció un panel con letras.
Dante la miró.
—La frase.
Ariana tragó saliva.
—La luna guarda lo que el sol no debe ver.
La caja se abrió.
Dentro había una carpeta negra, una memoria metálica y una fotografía.
Ariana tomó la foto.
Su madre, Elisa.
El padre de Dante, Lorenzo Moretti.
Rosa.
Y otro hombre.
Esteban Vega.
Todos jóvenes. Todos sonrientes.
Antes de la traición.
Ariana sintió que algo dentro de ella se doblaba.
Dante tomó la memoria.
—Tenemos que irnos.
Una voz aplaudió desde la puerta.
—Siempre tan rápido, sobrino.
Massimo Moretti entró con varios hombres.
Era mayor que Dante, elegante de una forma venenosa. Tenía el rostro de alguien que había sonreído en demasiados funerales.
A su lado estaba Rafael Vega.
El hermano de Ariana.
Ella sintió que la furia le quemaba el pecho.
—Tú.
Rafael levantó las manos.
—No me mires así, hermana. Yo también estoy intentando sobrevivir.
—Vendiste a tu propia sangre.
—La sangre no paga deudas.
Dante apuntó hacia Massimo.
—Déjala fuera.
Massimo sonrió.
—Todavía no entiendes. Ella nunca estuvo fuera. La chica es la caja. La clave. El seguro que Elisa escondió bajo tu nariz durante años.
Ariana dio un paso.
—Mi madre murió por culpa de ustedes.
Massimo inclinó la cabeza.
—Tu madre murió porque eligió mal sus lealtades.
—No. Murió porque hombres cobardes temían a una mujer con pruebas.
El rostro de Massimo se endureció.
—Esa lengua te va a costar caro.
Dante se puso delante de ella.
Ariana lo tomó del brazo.
—No.
Él la miró.
—Ariana.
—No vuelvas a ponerme detrás.
Dante sostuvo su mirada un segundo.
Luego dio medio paso a un lado.
Juntos.
Massimo soltó una risa.
—Qué conmovedor.
La pelea comenzó cuando Rafael intentó tomar la memoria.
Dante chocó contra dos hombres al mismo tiempo. Ariana empujó una mesa de cartas contra Rafael, obligándolo a retroceder. Las fichas viejas volaron por el aire. Una lámpara cayó y el salón quedó iluminado por destellos intermitentes.
No hubo tiempo para pensar.
Un atacante sujetó a Ariana por la cintura. Ella le clavó el tacón en el pie y le golpeó el rostro con una ficha metálica. Dante vio el movimiento y casi sonrió.
Rafael sacó un arma.
—¡Basta!
Ariana se quedó quieta.
Rafael apuntaba a Dante.
—Dame la memoria.
Dante respiraba fuerte, pero no bajó la mirada.
—Dispara y nunca sabrás dónde está la copia.
Rafael dudó.
Massimo lo miró con desprecio.
—Idiota.
Fue suficiente.
Massimo disparó contra el techo. La lámpara principal cayó entre chispas y polvo. El salón se llenó de gritos. Ariana perdió de vista a Dante durante segundos.
Cuando el polvo bajó, Massimo ya no estaba.
Rafael tampoco.
Y la memoria había desaparecido.
Ariana se tocó el cuello.
El medallón seguía allí.
Pero alguien había dejado una nota sobre la mesa.
“Si quieres recuperar la memoria, ven al puerto. Trae a la chica. O mataremos a Esteban Vega antes de que pueda confesar.”
Ariana leyó el nombre de su padre y sintió una rabia amarga.
—¿Ahora quieren que lo salve?
Dante guardó su arma.
—Quieren que vayas.
—Pues no soy tan tonta.
—Bien.
Ella lo miró.
—Pero necesito que confiese.
—Eso no es lo mismo que salvarlo.
Ariana sostuvo la nota.
—Exacto.
Antes de salir, encontró algo bajo una mesa rota: el anillo de su madre. No el del medallón. Otro. Uno que Ariana recordaba haber visto en su mano la noche antes de morir.
Dentro había una inscripción:
“No temas al fuego.”
Ariana cerró el puño.
—Mi madre sabía que esto pasaría.
Dante la miró.
—Entonces terminemos lo que ella empezó.
Afuera, la lluvia volvía a caer.
Pero esta vez Ariana no se sentía como carnada.
Se sentía como una trampa esperando cerrarse.
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