LA SIRVIENTA QUE RESULTÓ SER LA DUEÑA DEL IMPERIO La humillaron como criada… sin saber que ella había vuelto para destruirlos desde dentro – PARTE 2

PART 2

Los documentos robados

Ricardo Altamirano intentó negar la verdad.

Fue lo primero que hizo.

No preguntó cómo seguía viva.
No pidió explicación.
No mostró sorpresa humana ante una mujer que supuestamente murió tres años atrás.

Solo señaló a Valentina y gritó:

—¡Agárrenla!

Los guardias corrieron hacia ella.

Diego se interpuso.

—¡Esperen!

Ricardo lo miró con furia.

—¡Quítate!

Diego no se movió.

—Padre, ¿qué está pasando?

Valentina soltó una risa baja.

—Por fin haces una buena pregunta.

Isadora apareció detrás de Ricardo, pálida pero intentando mantener su elegancia.

—Esa mujer es una impostora.

Valentina levantó el cuchillo de plata, todavía manchado solo de champán y polvo.

—Llevo meses sirviendo su comida, señora. Si hubiera querido matarlos, ya estarían muertos.

El silencio fue brutal.

Uno de los guardias intentó avanzar.

Valentina tomó una copa rota y la arrojó contra la lámpara del techo. La luz explotó en chispas. El pasillo quedó medio oscuro. Ella aprovechó el caos, golpeó a un guardia con la bandeja, esquivó a otro y corrió hacia la cocina.

Diego la siguió.

—¡Espera!

—¿Ahora quieres hablar?

—Quiero saber quién eres.

Ella giró en seco.

—No. Quieres saber por qué tu padre tiene miedo.

Diego apretó la mandíbula.

—Eso también.

Valentina lo miró. Había arrogancia en él, sí. Pero también confusión real. Quizá Diego era culpable de muchas cosas. Quizá no de todas.

—Los documentos que robaron prueban que tu familia se quedó con el imperio Serrano usando firmas falsas.

Diego palideció.

—Eso es mentira.

—Entonces pregúntale a tu padre por qué reconoció mi cara.

Se escucharon pasos.

Valentina abrió una puerta lateral.

—Si quieres respuestas, deja de correr detrás de mí como heredero ofendido y empieza a pensar como alguien que quizá ha vivido sobre una mentira.

Salió al jardín.

La lluvia había empezado.

Otra vez la lluvia.

Siempre la lluvia cuando una vida se rompía.

Valentina llegó hasta el muro trasero, donde meses antes escondió una cuerda. Subió rápido. Diego apareció bajo ella.

—¡Valentina!

Ella lo miró desde arriba.

—Dile a tu padre que la muerta volvió.

Saltó al otro lado.

Diego se quedó bajo la lluvia, empapado y con la primera duda real de su vida.

Valentina no llegó lejos.

Un auto negro la esperaba en el callejón.

La puerta se abrió.

Dentro estaba Samuel Rojas, el hombre que la salvó del accidente tres años atrás. Antiguo guardaespaldas de su padre. Ahora su única familia.

—Sube —ordenó.

Valentina entró.

El auto arrancó antes de que las luces de la mansión llegaran a la calle.

Samuel la miró.

—La fiesta salió mal.

—Peor. Alguien se llevó los documentos antes que nosotros.

—¿Quién?

—No lo sé.

Samuel apretó el volante.

—Entonces ya no estamos cazando solo a los Altamirano.

Valentina miró por la ventana.

—No. Alguien más quiere la verdad.

—O quiere destruirla.

La respuesta llegó al día siguiente.

Un video enviado a un teléfono que Valentina creía imposible de rastrear.

En la pantalla aparecían los documentos Serrano sobre una mesa metálica. Una voz distorsionada habló:

—Valentina Serrano. Si quieres recuperar lo que tu padre dejó, ven al almacén 17 del puerto. Sola. Si traes a Rojas, quemaremos todo.

Samuel maldijo.

—No irás.

Valentina lo miró.

—Claro que iré.

—Es una trampa.

—Todo en mi vida es una trampa.

—Tu padre me pidió que te protegiera.

—Mi padre me pidió que descubriera la verdad.

Samuel golpeó la mesa.

—¡No a costa de tu vida!

Valentina se acercó.

—Ya intentaron quitarme la vida una vez. Que hagan fila.

Samuel la miró con una mezcla de rabia y orgullo.

—Eres igual que Aurelio.

—Por eso sigo viva.

El almacén 17 estaba en el puerto viejo, rodeado de contenedores oxidados y grúas quietas. Valentina llegó vestida de negro, sin joyas, sin miedo visible. Llevaba un pequeño transmisor oculto en la manga, aunque Samuel estaba demasiado lejos para entrar a tiempo si todo salía mal.

La puerta del almacén se abrió sola.

Dentro había cinco hombres.

Y en el centro, una mujer.

Llevaba un traje blanco, cabello corto y una sonrisa tranquila.

Valentina no la conocía.

—¿Quién eres?

La mujer sonrió.

—Alguien que también fue traicionada por los Altamirano.

—¿Tienes los documentos?

—Tengo parte de ellos.

—¿Qué quieres?

La mujer caminó alrededor de ella.

—Quiero a Ricardo Altamirano destruido. Quiero a Diego de rodillas. Quiero que toda esa familia vea arder su apellido.

Valentina no se movió.

—Yo quiero justicia, no teatro.

La mujer rió.

—Entonces eres más ingenua que tu padre.

Ese fue el primer error.

Valentina lanzó el primer golpe.

La pelea estalló en segundos. Dos hombres intentaron sujetarla, pero Valentina se agachó, golpeó la rodilla del primero y giró contra el segundo. La mujer de blanco retrocedió, sorprendida.

—Interesante.

Uno de los atacantes logró tomar a Valentina por detrás. Ella le dio un cabezazo hacia atrás y se liberó. Corrió hacia la mesa, donde vio una carpeta con el sello Serrano.

La tomó.

Pero antes de salir, las luces se encendieron.

Diego Altamirano estaba en la entrada del almacén.

Valentina se quedó helada.

—¿Me seguiste?

Diego levantó las manos.

—No vine con mi padre.

La mujer de blanco sonrió.

—Perfecto. El heredero también llegó.

Valentina entendió demasiado tarde.

No era una reunión.

Era una jaula.

La puerta del almacén se cerró detrás de Diego.

Y desde los altavoces, la voz de Ricardo Altamirano sonó fría:

—Mátenlos a los dos.


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