PART 3
La alianza con el enemigo
Diego Altamirano nunca había peleado por su vida.
Había entrenado boxeo en gimnasios privados. Había hecho esgrima en clubes elegantes. Había ganado torneos donde todos aplaudían al heredero antes de empezar. Pero eso no era pelear.
Pelear era esto.
Un almacén cerrado.
Cinco hombres avanzando.
Una mujer desconocida sonriendo.
Y la voz de su propio padre ordenando su muerte.
—¿Tu padre siempre es tan cariñoso? —preguntó Valentina.
Diego tragó saliva.
—No sabía que haría esto.
—Qué sorpresa. El príncipe descubrió que el castillo tiene sótano.
Uno de los hombres atacó.
Valentina lo esquivó y lo golpeó con el codo. Diego reaccionó tarde pero logró empujar a otro contra una pila de cajas. El almacén se llenó de golpes, madera rompiéndose y pasos sobre metal.
Valentina peleaba mejor.
Diego lo admitió de inmediato.
Ella no desperdiciaba energía. No gritaba. No presumía. Se movía como alguien que ya había sobrevivido a cosas peores.
—¡Agáchate! —gritó ella.
Diego obedeció justo cuando una barra metálica pasó sobre su cabeza.
Valentina desarmó al atacante y lanzó la barra a Diego.
—¡Úsala!
—¿Contra ellos?
—No, para decorar.
Diego golpeó al hombre que venía hacia él. Torpe, pero efectivo.
La mujer de blanco observaba desde el fondo.
—Basta.
Los atacantes se detuvieron.
Valentina respiraba fuerte.
—¿Quién eres?
La mujer se acercó.
—Mi nombre es Camila Voss.
Diego palideció.
—Voss…
Valentina lo miró.
—¿La conoces?
—Mi padre dijo que esa familia quebró por culpa de Serrano.
Camila sonrió.
—Tu padre miente con mucho talento.
Sacó una pistola pequeña, pero no apuntó.
—Ricardo Altamirano destruyó a mi familia para entrar al negocio de Aurelio Serrano. Luego destruyó a Serrano para quedarse con todo. Tu padre no es un empresario, Diego. Es un parásito elegante.
Diego parecía perder color con cada palabra.
Valentina no bajó la guardia.
—Si odias a Ricardo, ¿por qué intentas matarme?
—Porque los herederos siempre arruinan las venganzas. Quieren justicia limpia. Yo quiero que sufran.
Valentina sostuvo su mirada.
—Entonces no somos iguales.
Camila levantó el arma.
—No. Tú todavía tienes límites.
Antes de que disparara, una camioneta rompió la puerta lateral del almacén.
Samuel.
El vehículo embistió una pila de cajas. Dos hombres de Camila cayeron al suelo. Samuel bajó con una pistola en mano y una furia vieja en el rostro.
—¡Valentina!
—¡Te dije que no entraras!
—Y yo decidí ignorarte para que siguieras viva.
El caos volvió.
Camila escapó por una puerta trasera.
Valentina corrió detrás, pero Diego la detuvo.
—¡Los documentos!
La carpeta Serrano estaba sobre la mesa, cerca de unas llamas que empezaban a extenderse tras el choque.
Valentina dudó.
Camila o los documentos.
La venganza o la verdad.
Eligió la verdad.
Tomó la carpeta justo antes de que el fuego alcanzara la mesa.
Samuel los sacó del almacén.
Afuera, el puerto olía a gasolina, humo y lluvia.
Diego se dobló, respirando con dificultad.
—Mi padre ordenó matarme.
Valentina lo miró.
—Bienvenido al mundo real.
Él levantó la vista.
—No soy tu enemigo.
—Eres Altamirano.
—Y tú eres Serrano. Parece que ambos heredamos apellidos podridos por decisiones ajenas.
Valentina no respondió.
Samuel se acercó.
—No podemos confiar en él.
Diego soltó una risa amarga.
—Mi padre acaba de intentar matarme. Créame, ahora mismo tampoco confío mucho en mí.
Valentina abrió la carpeta.
Dentro había documentos parciales. Transferencias. Firmas. Contratos. Pero faltaba la página principal: el nombre del traidor interno que ayudó a Ricardo.
En su lugar había una nota.
“Si quieres el nombre, trae al heredero Altamirano al lugar donde murió tu padre.”
Valentina apretó el papel.
Diego leyó por encima.
—¿Dónde murió tu padre?
Ella lo miró.
—En la torre Serrano.
Diego respiró hondo.
—Entonces vamos.
Samuel se interpuso.
—No.
Valentina levantó la mirada.
—Sí.
—Es otra trampa.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué?
Valentina miró a Diego.
—Porque esta vez no entramos solos.
La torre Serrano había sido abandonada después de la muerte de Aurelio. Ricardo Altamirano nunca se atrevió a demolerla. Superstición, tal vez. Culpa, quizá. Miedo, seguramente.
Esa noche, Valentina, Samuel y Diego entraron por el estacionamiento subterráneo.
El edificio estaba oscuro.
Pero no vacío.
Los esperaba Camila Voss.
Y esta vez no estaba sola.
A su lado estaba Isadora Altamirano.
La madre de Diego.
Diego se quedó inmóvil.
—Mamá…
Isadora sonrió con frialdad.
—Lo siento, hijo. Tu padre siempre fue demasiado lento para terminar los problemas.
Valentina entendió entonces.
Ricardo había robado el imperio.
Pero Isadora había diseñado la traición.
Y Camila Voss no era la única que quería ver arder a los Altamirano.
Isadora estaba dispuesta a quemar a su propio hijo para quedarse con todo.
💥 La madre del heredero acaba de mostrar su verdadero rostro…
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