PARTE 11
Rosetti ataca primero
Vittorio Rosetti no esperó a que el consejo Santoro decidiera.
Atacó esa misma noche.
La villa estaba en reorganización. Hombres leales a Salvatore estaban siendo desarmados. Los capitanes dudosos eran vigilados. Adriano estaba encerrado en una habitación con dos guardias. Salvatore permanecía bajo custodia médica.
Valentina apenas había dormido veinte minutos cuando empezó el fuego.
Primero explotó la puerta del garaje.
Luego entraron los disparos.
Rosetti envió diez coches y casi cincuenta hombres, suficientes para convertir la villa en un mensaje.
El mensaje era claro:
sin Salvatore, los Santoro sangran.
Valentina despertó con el sonido de cristales rompiéndose.
Elías apareció en la puerta antes de que ella pudiera levantarse.
—Rosetti.
—¿Cuántos?
—Demasiados para una visita.
Ella tomó su arma.
—Perfecto. Necesito desahogarme.
Bajaron al vestíbulo entre humo y alarmas. Los hombres de Rosetti ya habían entrado por el ala este. Uno de los capitanes Santoro yacía en el suelo con sangre en el pecho. Otros respondían desde las escaleras.
Valentina vio a un atacante sujetar a una empleada del cabello.
Disparó sin dudar.
El hombre cayó.
La mujer corrió.
Elías la miró.
—Buen tiro.
—Mal día para tocar mujeres en mi casa.
La pelea se extendió por los pasillos.
Valentina no se quedó atrás. Disparó, golpeó, se cubrió tras columnas, rompió una botella contra la cara de un hombre que intentó agarrarla y usó un candelabro pesado para derribar a otro.
La herida del costado se abrió de nuevo.
Sintió la sangre bajar bajo la venda.
No se detuvo.
En el salón principal, se encontró cara a cara con Vittorio Rosetti.
Era más joven de lo que esperaba, rubio oscuro, elegante, con una cicatriz vertical en el cuello. Sonreía como si todo aquello fuera un juego privado.
—La hija viva —dijo—. Qué molesta.
Valentina apuntó.
—El comprador de tumbas.
Vittorio se rio.
—Tu padre era más razonable.
—Mi padre está sangrando en una silla.
—Eso pasa cuando las hijas olvidan obedecer.
Elías apareció a la izquierda, apuntando también.
Vittorio levantó las manos.
—Morel. Siempre recogiendo mujeres peligrosas.
Elías respondió:
—No la recogí. La seguí para ver a quién iba a matar.
Vittorio sonrió.
—Entonces disfruta.
Sacó un detonador.
Valentina entendió demasiado tarde.
—¡Abajo!
La explosión vino del ala de la capilla.
El fuego subió por las ventanas.
El libro rojo.
Valentina corrió.
Elías intentó detenerla, pero ella se soltó.
—¡El libro!
Atravesó el pasillo lleno de humo. Dos hombres de Rosetti intentaron bloquearla. Uno recibió un disparo de Elías. El otro se lanzó sobre Valentina. Ella lo golpeó con el arma, lo pateó contra la pared y siguió corriendo.
La capilla ardía parcialmente.
No todo.
El sótano estaba cerrado.
Pero la puerta empezaba a ceder por el calor.
Valentina bajó entre humo, tosiendo. Tomó el libro rojo y varias cajas de documentos. El humo le quemaba los ojos. La sangre de su costado se mezclaba con sudor y ceniza.
Cuando subió, una viga cayó cerca.
Elías entró en la capilla.
—¡Valentina!
—¡Aquí!
Él llegó hasta ella, la tomó por la cintura y la sacó justo cuando parte del techo se derrumbó.
Cayeron sobre el césped mojado.
Valentina abrazaba el libro contra el pecho.
Elías respiraba con dificultad, cubierto de hollín.
—Estás loca.
Ella tosió.
—Está intacto.
—Tú no.
—Pero sigo viva.
A lo lejos, Vittorio Rosetti subía a un coche.
Valentina lo vio marcharse entre humo y disparos.
No había terminado.
Rosetti acababa de declarar guerra abierta.
Y Valentina, con el libro de su madre en brazos, supo que ya no bastaba con limpiar la casa Santoro.
Tendría que incendiar la de Rosetti también.
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